CHARLES WAUGHAM, LA HISTORIA NO CONTADA (y IV)

Con estos precedentes, cualquiera le hubiese augurado a Waugham un futuro posbélico de lo más negro. Sin embargo, la luz le llegó de la fuente más inesperada. Todo se lo debió a un tío suyo que, siendo Charlie niño, esquivaba el hambre con toda clase de trapicheos, generalmente ilegales, por el Shambles de Manchester.

El viejo Joe – que así se llamaba – era un sinvergüenza del tipo entrañable, siempre poniendo de los nervios a la sufrida madre de Charlie con tanto chanchullo. Ella no paraba de gritarle y arrojarle vasos a su cabezota pero, en el fondo, sentía por él un indisimulado afecto. Al fin y al cabo, no dejaba de ser su hermano menor, el díscolo de la familia que agitaba y conmovía su corazón a partes iguales.

Charlie también quería al tío Joe, pero por un motivo bien distinto: cada domingo le llevaba al parque siguiendo un trayecto que, invariablemente, desembocaba en algún pub donde se dedicaba a beber con sus amigos y el joven a gastar su asignación cariándose los dientes con dulces y chucherías. Luego, les observaba jugar a los dardos y, de vez en cuando, hasta le reservaban alguna tirada.

Justo antes de la guerra, Joey tuvo la primera idea brillante en toda su maldita vida. Forzada, en todo caso. A fin de evitar el más que posible reclutamiento, hizo las maletas, se despidió de la familia con un “hasta la vista” y se embarcó desde Liverpool para el Nuevo Mundo. Días después, pondría su pie en Ellis Island y, tras pasar el chequeo de rutina, desapareció en aquella tierra de promisión.

Es de suponer que el muy granuja se integraría a la perfección entre la muchedumbre de pequeños delincuentes y macarras que se apelotonaban entre Mulberry y Canal Street. Varios años después de la muerte de su madre y hermana, Charlie recibió la fabulosa noticia en forma de carta remitida desde Chicago. Su tío había amasado una considerable fortuna transportando melaza desde Canadá hasta el otro lado de la frontera, para allí transformarla en el matarratas con el que se emborrachaban los yanquis durante la prohibición.

En su respuesta, el sobrino le puso al día de las bajas que había sufrido la familia, su paso por el frente y todo lo demás. Todo aquello debió conmoverlo porque, poco después, sus cartas comenzaron a llegar con más frecuencia y, casi siempre, incluyendo recortes del Chicago Tribune o algún otro periódico en los que se leía su nombre asociado al de un tal Bugs Moran, envueltos ambos en la guerra de bandas por el control de la ciudad. Charlie coleccionaba con avidez aquellos pedazos de papel y se deleitaba con las fotos que mostraban el cadáver fresco de algún tipo agujereado a base de Thomson.

Pasaron los años hasta que, al final, sucedió lo que suele ser inevitable en estos casos. Coincidiendo con el fin de la prohibición, el tío Joe pasó a igualmente a mejor vida. Lo acribillaron a balazos en el transcurso de un enfrentamiento con pistoleros de una facción rival. Afortunadamente, había dejado sus asuntos en orden, incluyendo el testamento que aseguró el futuro de su sobrino. El viejo irlandés le legaba una renta anual vitalicia por valor de 2.000 libras, nada más y nada menos.

Su albacea le hizo llegar todo el papeleo, debidamente sellado y legalizado, así como las últimas palabras de su tío, escritas en el hospital donde apuró sus últimas horas entre estertores. “Charlie, hijo mío – le decía –, eres lo único que me queda de mi hermana. Estoy a punto de dar el último salto, el que me llevará al otro mundo. He vivido la vida como me ha dado la real gana y no puedo decir que me arrepienta de cosa alguna. Ahora tengo que rendir cuentas con el mandamás de allá arriba y tengo entendido que es incluso más carcamal que los de aquí abajo. Y si no me da su bendición, no importa, le invitaré a un trago y ya nos las arreglaremos. Sé que tú y yo no hemos llegado a conocernos muy bien pero quiero decirte algo, Charlie: vive, goza de la vida hasta las últimas consecuencias, exprímela y mándalos a todos al carajo. Es la única lección que puedo darte. Eres lo más parecido a un hijo que he tenido nunca así que quiero dejarte algún dinero para que puedas llevar esta simple teoría a la práctica. Aprovéchalo.”

Desde entonces, Waugham pasaría cada primero de mes por una oficina del Lloyd´s a cobrar su herencia, de la que siempre apartaba algunas guineas destinadas a proveer de cerveza a su padre. Viéndose rico de la noche a la mañana, ya nada le ataba a una Inglaterra en la que se sentía como un auténtico extranjero. Necesitaba escapar de ahí tanto como un pez liberado del anzuelo necesita volver al agua. Se decidió por un lugar conocido y lo suficientemente cercano en caso de arrepentimiento. Tomó el expreso para Calais y voilá.

Sí, voilá. Así fue como, por segunda vez en su vida, Charles Waugham se echó el petate al hombro, exclamó un “Hooray pour la France! Farewell, Angleterre!” y se dejó caer en el ciudad de la generación perdida donde quiso encontrarse más a gusto, más barato, y pasar a la posteridad como otro de esos excéntricos ingleses que inundan las bibliotecas con novelas paridas lejos de sus casas. Pero París lo acogió con la natural frialdad que depara hacia los extraños.

Armado de su pensión, se refugió en un agujero de Montmartre, demasiado lejos de una bohemia que, por inexistente, ya se resistía a acogerlo en su seno. Pobre literato frustrado, cuya vida social se reducía a los esporádicos encuentros con borrachos de barra, obreros amargados, fulanas desgastadas y perdidas de toda clase y condición a la caza de un convite. Amistades licuadas sobre el serrín del embaldosado, tan perecederas como los cigarrillos que se extinguían amontonados en los ceniceros.

Inglés condenado al eterno papel de turista en una permanente visita autoguiada, anclado en la rutina fácil de la mediocridad, el paseo mañanero, la comida rápida de tugurio, las primeras copas vespertinas y el cada vez más arduo esfuerzo de hurgar en el tiempo a fin de encontrar el momento propicio para emborronar alguna página con palabras difusas destinadas a nadie. Hundido en la inercia, ¿qué esperaba Charles Waugham de la vida?, ¿qué podía él ofrecer más allá de una novela caduca de relevancia en un tiempo que demandaba letras de sangre?

Podéis encontrar la respuesta a estas y otras preguntas sumergiéndoos en la lectura de La Estrella de Samarcanda o, si sois lo suficientemente temerarios, acercándoos a la barra de alguna de las tabernas de la calle Lévisse. En ellas aún puede percibirse el aliento áspero del bueno de Charlie.

Anuncios

CHARLES WAUGHAM, LA HISTORIA NO CONTADA (III)

A un año vista del final de la guerra, encontrándose su división a la altura de Ypres, su compañero Simons sufrió un ataque de pánico. No debía ser el primero por cuanto era el más psicológicamente inestable de la pareja. Si en el momento de conocerse ya mostraba un comportamiento desequilibrado e influenciable, su carácter se había ido agriando a lo largo de aquellos dos años de lucha. No soportaba a su lado más presencia que la de Waugham y, con frecuencia, se veía envuelto en peleas de las que no acostumbraba salir muy bien librado. Charlie sacaba al indefenso Billy del lío y luego se fumaban juntos un cigarrillo.

Los alemanes estaban batiendo la zona en la que se encontraban con un fuego regular. Los ingleses esperaban adheridos a la pared de la trinchera el momento del ataque. Fue entonces cuando, aparentemente, Simons perdió el juicio, prorrumpió en gritos, se rasgó la guerrera, arrojó el casco y, sin tiempo para la reacción, saltó fuera de la trinchera y corrió hacia la tierra de nadie.
FILM: Battle of the Somme (1916)DVD is a Network and StrikeforcA los pocos pasos, un schrapnel lanzado a bocajarro lo partió por la mitad. Waugham, que se había asomado en un desesperado intento por sostener a aquel maníaco, recibió como un escupitajo en la frente el impacto de una porción de los sesos de su amigo, al tiempo que veía los restos de éste, compuestos tan sólo por torso, brazos y cabeza, contonearse durante un instante como una marioneta antes de quedar finalmente inmóvil.

Mientras caía al fondo de la trinchera, Waugham pensó estúpidamente en su niñez, cuando cada miércoles que daba inicio a la Cuaresma, el padre Gradey – el seboso cura de su parroquia que tal parecía un globo Montgolfier de lo inflado que estaba – untaba su frente con ceniza – ego te absolvo pecatis tuis – en un ritual de confuso misticismo. Sus amigos del barrio sugerían maliciosamente que esa ceniza era en realidad la transmutación del semen de Cristo, una semilla con milagrosos poderes curativos y fertilizantes.

El joven Charlie decía no tragarse semejante bulo pero, de todos modos, se cuidaba mucho de mantener esa ceniza pegada a su piel durante el mayor tiempo posible. Así ungido, se consideraba inmaculadamente intocable, rodeado por un halo protector que alejaba de su cuerpo todos los males de este mundo. Aunque, inevitablemente, la ceniza acababa siempre por desvanecerse en el viento, abandonándolo al albur de las potencias oscuras.

Cuando sus compañeros fueron a socorrerle, Waugham reaccionó violentamente sacudiéndose la presencia de quienes querían incorporarlo. Gritaba como un poseso “¡¡¡JESUCRISTO, JESUCRISTO!!!” mientras se esparcía por la cara la materia gris del camarada muerto. Se necesitaron seis tipos para reducirle, temerosos todos de que este nuevo loco siguiera los pasos del anterior.

Tras una investigación rutinaria destinada a arrojar un manto de oscuridad sobre el inexplicable suceso, Waugham fue recluido durante dos semanas bajo observación en un hospital de campaña. El ejército, que no entiende de psicología, necesitaba a todos los hombres aptos para el combate. En consecuencia, los médicos concluyeron que el paciente había superado el trauma con una gran serenidad de espíritu y recomendaron su reincorporación a filas.

Pasaban inadvertidos para el miope ojo clínico de los galenos los espasmos que le sobrevenían esporádicamente, las terribles pesadillas o sus derrumbes anímicos. Claro que la posibilidad de acabar internado en un manicomio de la época resultaba casi tan peligrosa como volver al frente.

La contribución de Charles Waugham a la victoria final llegó a su fin en el último verano antes del armisticio, cuando los alemanes echaban el resto en el Marne reforzados con adolescentes famélicos y ancianos que apenas podían sostener un fusil. Aquel modelo de maquinaria bélica admirado en el mundo entero había quedado reducido a un exhausto guiñapo que habría hecho enrojecer de indignación al mismísimo Bismarck.
nla_mus-an12885134-s1-vSin embargo, aún tuvieron oportunidad de horadar un boquete en la piel de Waugham, una herida que le valió el pasaporte de vuelta a casa. No fue para él un “long way to Tipperary” sino más bien un retorno avinagrado por la incertidumbre del “qué diablos hago yo ahora”. No había ninguna Molly O´ esperándole y, desde luego, no se veía con ánimo de despedir a Piccadilly, el Strand y Leicester Square antes de tomar el tren de vuelta al Lancashire.

De todos modos, nunca le atrajeron las mofas británicas hacia la campestre simplicidad irlandesa. En cambio, Manchester lo recibió del mismo modo en que lo despidió. Su padre, un poco más borracho de lo que estaba dos años antes, lo paseó de nuevo por los mismos pubs y su madre abrazó al mismo niño al que tanto había llorado. Nadie parecía notar que el adolescente se había hecho hombre, que había madurado del modo más imperfecto y artificial.

Como tantos otros chicos de su generación, había acudido a la guerra con la inconsciencia de la juventud y la mente lista para atiborrarse de experiencias nuevas y excitantes. Como muchos veteranos de su edad, regresó como una cáscara hueca incapaz de asumir lo que había vivido, enterrados los recuerdos en lo más profundo de su ser. Lo habían armado para enfrentarse a las balas y los obuses pero ninguna instrucción había recibido para retomar con solvencia una vida desgarrada por la muerte y la violencia.

Incapaz de adaptarse, temeroso de tomar las riendas de la vida en sociedad, se enclaustró en el mismo cuarto que lo vio crecer, abrió las mismas libretas que había garabateado hacía siglos e inició los bosquejos de lo que yo ahora tenía entre manos.

La señora Waugham urgió a su hijo a reencontrarse con Dios, y Éste retribuyó a la solícita madre inoculándole involuntariamente la gripe que en pocos días acabó con su vida y la de su hija. El Altísimo debía haber estado ausente de escena los últimos cuatro años porque no se le ocurrió otra cosa que enviar la epidemia “española” para compensar a los caídos en el frente con un número todavía mayor de bajas civiles.

(Finaliza en la próxima entrada)

CHARLES WAUGHAM, LA HISTORIA NO CONTADA (II)

Por fin amainó la tormenta y llegó el amanecer del 1 de julio. El silencio se hacía insoportable ante la espera, de un modo tal que animaba a gritar expulsando la angustia contenida. Sin embargo, todos aguardaban expectantes el momento del ataque, electrizados de un modo casi sexual, paralizados en sus puestos, rumiando el pavor ante lo desconocido. A su lado, Waugham pudo ver la cara contraída de Simons. Los ojos de éste, agazapados en las cuencas, buscaban la complicidad del amigo con un aire de aprensión. Inclinó la barbilla en dirección a sus pantalones y la volvió a alzar. Se había orinado encima. Waugham intentó un gesto fallido de disculpa ofreciéndole una sonrisa sardónica y, antes de que cualquiera de los dos pudiera articular palabra, se oyó el estallido de una mina. Era la señal.The_Battle_of_the_Somme_film_image1Silbaron los pitos y los hombres empezaron a trepar las escalas hacia el exterior de la trinchera. Pusieron pie en tierra y se dispusieron a avanzar con una irreal parsimonia. Eran las 7:30 de la mañana y el sol apenas asomaba en el horizonte. Mirada al frente, los componentes de la Fuerza Expedicionaria Británica ofrecían a sus ocultos espectadores germanos una inusitada coreografía de movimientos lentos y acompasados. Todo el mundo en la compañía preveía una exigua audiencia por parte alemana. La intensa lluvia de proyectiles que precedió a la excursión los debía haber hecho pedazos. Y, sin embargo, el paseo por la tierra de nadie apenas duró unos minutos, los justos para que las ametralladoras del otro lado encontraran la distancia adecuada para escupir sus salvas de muerte.

Los atacantes respondieron al inesperado traqueteo apretando el paso mientras caían uno tras otro como bolos de una bolera. Súbitamente, arreció una lluvia de balas que convirtió lo que había sido un ataque ordenado en una desbandada. El confundido ejército de cascos planos era incapaz de distinguir el silbido de los proyectiles de los silbatos de sus sargentos. ¿Cómo era posible semejante resistencia al otro lado? ¿En qué profundo agujero se habían escondido los hunos durante los últimos días? Tantas toneladas de metal arrojado sin encontrar la carne receptora del enemigo.

Waugham sintió un ardiente pellizco en la cara y Simons se escoró hacia él con una mueca de dolor. Al primero, una bala le había acariciado la mejilla derecha, mientras a su compañero otro proyectil le había atravesado la nalga izquierda. Ambos se abrazaron y dieron media vuelta en busca de la salvación. Corrieron, cojearon o gatearon en medio de la debacle, tropezando continuamente con el reguero de compañeros caídos. Tras una carrera que se hizo eterna lograron alcanzar la acogedora trinchera que les había visto partir. Gradualmente, el sonido de las balas dio paso a un ensordecedor griterío. Un coro de lamentos se alzaba intentando en vano alcanzar el cielo. Muecas de dolor, rictus de muerte, cuerpos contraídos ofrecían pinceladas de lo que alguien llamó el efecto purgador de la guerra.

Minutos antes, un surtido de representantes de la juventud británica aguardaba su paso a la gloria frente al campo del honor. Instantes después, ni el mismísimo John Bull hubiera sido capaz de pronunciar un “God Save the King” ante la visión sanguinolenta de 50.000 de sus compatriotas desparramados a lo largo de unos cientos de metros de tierra extranjera. La peor masacre jamás sufrida por el ejército británico en toda su historia. Una descolorida y desgarrada Union Jack saludaba a los caídos por el rey. Entre ellos, se encontraba casuísticamente la totalidad de los amigos de Waugham, salvo un Simons embarazosamente herido.

Raras son las ocasiones en medio de un conflicto bélico en las que una amistad tan sólida y tempranamente forjada se rompe de un modo tan repentino con la desaparición de la práctica totalidad de sus componentes. Aquel primero de julio marcaría uno de los dos puntos de inflexión en la vida de Waugham. Pocos días después y con varios puntos de sutura en el rostro, se reencontraría en el lugar del delito con un Simons de culo parcheado pero andar intacto. Como únicos supervivientes de la efímera cuadrilla, desarrollaron un vínculo que se iría fortaleciendo a medida que se sucedían los días de frente. Unos lazos que se forjaban ante el desamparo provocado por lo desconocido. Una complicidad silenciosa rubricada por la magnitud de una tragedia que los desbordaba.
707d6f1e95027111340084c5ea4c25e9Y es que, lejos de amilanarse por el desastre sufrido, los galones confortablemente instalados en sus mansiones de Neully y las afueras de París se obstinaron en prologar la ofensiva durante meses. Matones de la talla de Haig, Neville o Petain siguieron conspirando para vaciar sus patrias de cunas. Para ellos, todo eran decisiones tomadas en comandita y acompañadas por un buen brandy o un scotch con soda. Para miles de chavales casi imberbes y todavía púberes, las firmas estampadas bien al abrigo de los obuses significaban su paso seguro al paraíso de los mártires anónimos.

Los dos camaradas se curtieron entre ataque y contraataque, ahogados en el barro, soportando las inclemencias del tiempo, devorados por los piojos y amenazados por el tifus. Para cuando acabó el año, los dos veteranos habían desarrollado una de esas amistades tan típicamente anglosajonas, rayana en la dependencia mutua. Era una relación fundamentada en la conciencia compartida de saberse afortunados y que, justa o injustamente, de entre todos los posibles candidatos, el destino los había seleccionado a ellos para mantenerles con vida. Así pues, su conexión era fruto de sus ansias de supervivencia. En los momentos de descanso, cuando el frente no era más que un rumor lejano aunque siempre presente, se deslizaban por las suaves pendientes de la ebriedad hasta el lecho de olvido y descanso que sólo el alcohol es capaz de proporcionar; tanto como de arrebatar, vicio caprichoso.

Continuará…

CHARLES WAUGHAM, LA HISTORIA NO CONTADA (I)

Son muchos los lectores que se han interesado acerca de la azarosa vida y escasa obra del verdadero protagonista de la Estrella de Samarcanda, Charles Waugham. Y es que resulta difícil no simpatizar con el bueno de Charlie tras seguir sus andanzas por media Europa en busca de unos quiméricos diamantes. Averigüemos, pues, algo más acerca del pasado de este veterano de la Gran Guerra, exiliado borrachín en París y eterno aspirante a escritor.
imagesCA78O39ICharles Patrick Waugham nació en el seno de una familia católica de Manchester. El padre, protestante de nacimiento aunque convertido a la fe papista por una mezcla de amor y resignación, era un acomodado capataz de la construcción que usó su desmedida pasión por la cerveza y la ginebra como sabotaje contra cualquier posibilidad de ascenso en el escalafón social. Su madre, ferviente devota irlandesa, atendía rosario en mano a los clientes de la tienda de cosméticos en la que se desempeñaba como dependienta. Los frecuentes deslices etílicos del sr. Waugham en horas de trabajo lo condenaron a una inestabilidad laboral que trajo como consecuencia directa el abandono de su confortable casa en la céntrica Oxford Street por un sucedáneo de hogar en el suburbio de Saint Peter´s Fields. Gracias a esta obligada mudanza y la consiguiente readecuación de su clase social, el joven Charles y su hermana menor tuvieron la oportunidad de convivir con otros jóvenes correligionarios, verdaderos hijos de la plebe.

Por su parte, la señora Waugham – Mary Ann Mullway de soltera – se limitaba a mantener el tipo ante los desaguisados que provocaban los disolutos hábitos de su marido. Entre esquivar bofetadas a destiempo y desvivirse por pagar puntualmente el alquiler, instruía a sus hijos en la verdadera fe, convencida de que el calvario en vida cotizaba al alza en el reino de los cielos. Por lo demás, la infancia y juventud de Charles habían transcurrido del modo más anodino. Cursó la educación secundaria en un colegio javeriano sin pena ni gloria. Fue, precisamente, en la biblioteca del centro donde se despertaron sus primeras inquietudes literarias. Noches de insomnio frente a la libreta pariendo obras de teatro que jamás atravesarían las paredes de su habitación, lápices desgastados de tanto retocar versos inspirados en el deseo del cuerpo de la mujer, alguna que otra incursión prosística sin verdadera línea argumental, sin punto de partida ni final.

En enero de 1916, con los 18 años recién cumplidos, su virginal e inofensiva adolescencia se vio truncada por la llamada a filas. El imperio necesitaba movilizar a toda la carne de cañón disponible en su lucha por mantener al Kaiser alejado de la tentación de meter sus teutónicas narices en las colonias regentadas por el buen rey Jorge. Con todo, resultaba complicado para el joven Charles entender los motivos por los cuales las monarquías europeas se habían enzarzado en un baile de muerte que duraba ya dos años. Por mucho que la Casa Real Británica hubiera adoptado el nombre de Windsor, el actual inquilino de Buckingham no dejaba de ser descendiente de boches. La madre del mismísimo Guillermo II, máxima encarnación de la malignidad prusiana, estaba emparentada con la zarina rusa, alemana de nacimiento ella misma, y con el fallecido Eduardo VII. Y a pesar de tanta consanguinidad entre los altos dignatarios, el continente seguía en danza al son de los cañones. Tal vez la política internacional no era sino el reflejo de las relaciones de familia en la vida ordinaria, pensaba él. Ejemplos de ello los tenía en su propia casa, donde se andaba a la greña día sí y día también. Validaba esta teoría el hecho de que, en medio de la rabieta, todos se acusaban mutuamente de haber iniciado las hostilidades al tiempo que manifestaban su firme voluntad de paz.

Pero tal vez existían motivos que se mantenían ocultos de la propaganda oficial por razones poderosas: la conspiración internacional judía, el cáncer socialista, los inescrutables designios de Dios… Acaso reyes, emperadores, zares, sultanes y hasta presidentes de repúblicas no eran sino meros comparsas en un juego que se decidía en las sombras. Serían las sombras que parían los humos de las fábricas de la Krupp en la cuenca del Ruhr, de la Schneider o Renault francesas, del conglomerado industrial que se extendía desde Birmingham hasta Newcastle. De la Bolsa de Londres, la Compañía de las Indias y el deseo de todo europeo de que el globo terráqueo girara en torno a su bolsillo en lugar de alrededor del sol. Valedores del progreso humano a través de la acumulación de capital.

En cualquiera de los casos, acabó luciendo el uniforme y gorra caquis de soldado de primera. La visión del vástago alzado en armas atrajo por primera vez la orgullosa mirada del padre. Borracho de vanidad y Beefeater (la ocasión lo merecía) dedicó varios días a pasear a su hijo por el barrio y presentarlo a sus colegas del pub, mientras le hacían trasegar cerveza tras cerveza. Por el contrario, la mentalidad irlandesa materna no veía con agrado el hacerse matar en nombre del anglicanismo. La guerra era un asunto entre protestantes heréticos, un saco en el que incluía igualmente a los franceses, quienes ya habían renegado de Dios hacía siglo y medio. No, señor, nada se le había perdido a su chiquillo en aquella contienda. Pero el torbellino engullía a todo hombre apto para la lucha sin distinción, sin misericordia para la llorosa madre que, sentada en el diván, contemplaba resignada la foto en sepia del fruto de sus entrañas vestido con la ropa que marca “producto exclusivo del Estado”.

Llegó así al frente occidental, durante una primavera a caballo entre sectores tranquilos y la retaguardia, cultivando esa anómala relación forzosa entre los hombres que sólo se da en tiempos de guerra, la camaradería. Dentro de su batallón, hizo piña con un grupo de chicos de Manchaster y el Lancaster, entre los que se encontraba un viejo compañero de colegio, Billy Simons. Aquellos fueron meses de asueto bélico, de iniciación al vino tinto ante la falta de una cerveza gala aceptable. Pero ya en los despachos de burócratas y sedes de almirantazgos y generalatos se tramaba el modo de activar el espíritu de la tropa. Los franceses se estaban partiendo el pecho ante los alemanes en Verdún, punto simbólico de resistencia del gallo ante cualquier afán de profanar su corral. Así pues, para aliviar el esfuerzo de sus aliados, el carnicero Joffre envió al IV ejército a echarles una mano por el norte.

El verano comenzaba a insinuarse y los campos que rodeaban Arras hasta el río Somme se veían inundados por un sol de justicia que había conferido a la tierra un tono pardusco. Desde el camión que los transportaba al matadero, Waugham y sus camaradas contemplaban con anhelo el manto de hierba que los acompañaba, interminable como una cinta corredora. El ardor púber que se agitaba en ellos los urgía a fundirse en aquel verde eterno más que a jugar a la guerra. Pero si algo es de aprendizaje obligatorio en el ejército es la premisa básica de que el soldado no puede disponer de su propia vida bajo ninguna circunstancia. Sus deseos quedan presos de los designios de una voluntad más alta, alejada de los dictados de un sentido común que decía que aquel cúmulo de hormonas en movimiento se encontraría mejor dando rienda suelta a sus instintos más básicos que actuando de meros comparsas en una obra de destrucción que en muy poco les concernía.

Supieron que el viaje llegaba a su término cuando el verde se tornó gris. El espectáculo estaba servido. Decenas de miles de soldaditos de plomo (literales a tenor de las 25 libras de material que cargaba cada uno a sus espaldas) tomaron posición en un entramado de trincheras que se extendía como un dédalo de surcos en la arrugada piel de un anciano. Un ensordecedor estruendo dio paso a ocho días de preparación artillera antes del lanzamiento de la gran ofensiva. Fue una semana de locura auditiva. Si el infierno tiene sonido debía parecerse mucho al que atormentó a los congregados en el Somme aquel mes de junio de 1916. El ruido de los cañones a sus espaldas aturdía sus conciencias y hacía hervir la tierra como un volcán en erupción. Los jodidos alemanes las debían estar pasando canutas.

Continuará…

Y LA ESTRELLA SIGUE BRILLANDO

corte Tras un largo letargo, el Despertar despierta de nuevo con renovado ánimo y el propósito de dar un nuevo impulso a esa pequeña joyita de la literatura llamada “La Estrella de Samarcanda”, obra de este vuestro humilde servidor. Y es que a medio año de su lanzamiento por parte de la editorial Al Revés, la novela continúa cosechando críticas unánimemente positivas.

Las primeras reseñas fueron igualmente prometedoras. Adjunto algunas webs y blogs especializados que tuvieron la amabilidad de dar sus impresiones:

www.abrirunlibro.com/2013/06/la-estrella-de-samarcanda/ crucesdecaminos.blogspot.com.es/2013/06/la-estrella-de-samarcanda-de-santi.html universolamaga.com/blog/estrella-de-samarcanda

Lamentablemente, la competencia es dura y el mercado editorial lo más parecido al infierno en la tierra que he llegado a conocer, especialmente para un autor primerizo y desconocido para el gran público.

De ahí la necesidad de recurrir a cualquier herramienta que pueda servir como plataforma para promocionar el libro.

Y qué mejor que este blog para empezar. Así pues, el Despertar se congratula en anunciar la periódica publicación, a partir de hoy, de nuevas entradas relacionadas con el universo de la Estrella.

Solo me queda invitaros a todos a su lectura y, si así lo deseáis, a dejar vuestros comentarios.

Muchas gracias a todos y adelante, las puertas están abiertas.