SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (y V)

La noche anterior a la llegada del destronado Nicolás a su hogar, ella durmió cerca de la Sala Malva. Los criados se habían afanado en decorar los ventanales con los últimos ramos de lilas que aún preservaban un ápice de frescura. Hacía días que se había cortado el suministro de flores frescas y, al amanecer, las flores moribundas parecieron exhalar su último aliento perfumado. La fragancia de la primavera abandonó el boudoir para dar paso al gélido invierno, que traía consigo el corrompido hedor de la chusma.

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Tal vez acabara su historia con la última conversación que mantuvo con Alejandra Feodorovna el mismo día que le reclamó un último servicio al Estado. Omitiría, claro está, toda alusión al paquete que su reina le pidió transportar hasta el sur, más allá de su añorada Revovka. Silvie había rogado, compungida por el dolor, que no la pidiera alejarse de la familia real ahora.

No podía concebir un futuro que no caminase por la misma senda que el de su amiga. En última instancia, constataba con rabia que el Palacio y los habitantes que moraban allí constituían todo su mundo. La emperatriz zanjó el asunto con un ademán autoritario, ordenando a Sven que se reportara. Cuando aceptó su nuevo cometido, la reina dulcificó el rostro y la besó en ambas mejillas.

Silvie, ma petite Silvie. Tu sais bien que I’homme propose et Dieu dispose.

-Pero, mi señora, ¿qué será de vos? ¿Y las niñas? ¿Y el zarevitch? Sois todo cuanto tengo. No podré vivir pensando que os dejo aquí a merced de los revolucionarios.

-Es a través del sufrimiento que somos purificados para entrar en el cielo. Esta despedida, mi querida amiga, significa bien poco ante mi convencimiento de que, muy pronto, nos encontraremos en otro mundo.

Silvie acogió el críptico mensaje de la emperatriz con un confuso temor. Hasta ese momento, no había albergado la menor duda de que el nuevo orden surgido al calor de los acontecimientos de febrero tenía sus días contados y, por consiguiente, de que cualquier separación de la corte sería meramente coyuntural.

Sin embargo, cuando dirigió su última y triste mirada hacia la familia cautiva que había salido de Palacio a despedirla, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Una voz que no pudo alejar de su interior le dijo que jamás volvería a verlos. Así, portadora de un tesoro digno de reyes, emprendió el camino hacia Beletskovka y, de ahí, a Odessa donde una nueva vida le aguardaba. Una vida de exilio y secretismo forzado por la palabra dada a una muerta. En cualquier caso, Silvie Sven jamás aceptaría la derrota mientras siguiera en vigor el juramento de lealtad que la ataba a sus fantasmas.

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El cielo sobre Budapest adquirió un tono morado al tiempo que se compactaba como una masa de ganga opalescente. Afortunadamente, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer en el mismo momento en que el coche se detuvo frente a las puertas de acceso a Nyugati. Silvie aguardó sentada, protegida por el toldo del vehículo, a que el conductor llegara acompañado por un mozo que se hiciera cargo del equipaje. Luego, le pagó generosamente y se adentró en la atmósfera guateada de la estación, a tiempo de librarse de la tormenta que se desencadenó en el exterior.

El Orient Express llevaba unos minutos descansando su recalentado engranaje, atracado junto a uno de los andenes. Justo a tiempo. Pasó por los trámites de rigor y, por fin, escaló esforzadamente los tres peldaños del alto estribo, lista para emprender un nuevo viaje.

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SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (IV)

Aquella jornada, Cupido la atravesó con dos flechas pues encontró un marido y una amiga a quienes amar. Curiosamente, desde el primer momento sintió una halo de tragedia envolviendo a estas dos personas, alrededor de cuyo eje orbitarían sus próximos años. Fue éste un presentimiento que caló muy hondo en la joven Silvie y habría de probarse certero, pues ambos encontrarían una muerte violenta y temprana.

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En su condición de Guardia Personal del emperador, Karl Sven y su recién estrenada esposa hubieron de mudarse a Tsarkoe Selo con lo que Silvie entraba, de facto, a compartir la vida en la corte. Allí cimentaría su amistad con la familia real y, muy especialmente, con la zarina.

Fueron los años más felices de su vida. Tardes de ballet y noches en el Theatre Français. Fastuosas cenas en el restaurante Cuba o en L’ours, donde la orquesta rumana amenizaba las horas de asueto. Vida mundana en los bazares de caridad que se organizaban en la Assemblee de la Noblesse, donde se subastaban las baratijas sobrantes de los sang azur en beneficio de los pobres. Largas horas de shopping en Druce’s para abastecerse de vestidos, perfumes y jabones ingleses. Todo lo británico era bueno e, incluso, se puso de moda contratar institutrices inglesas en lugar de las habituales alemanas. En la corte, se oía hablar ya tanto inglés como francés. Todo por influencia de su amiga Alejandra Feodorovna. ¿Cómo pudieron, pues, los sembradores de cizaña acusarla de pro-germanismo una vez entraron en guerra?

Aún le enervaban las absurdas calumnias que hubo de soportar su reina tanto en vida como incluso muerta. Aquellos delirantes rumores de orgiásticas bacanales orquestadas por Rasputín, los habladurías sobre Tsarkoe Selo convertido en un nido de espías alemanes. Patrañas y embustes que ahora decoraban los libros de historia. Cuánta inquina hubo de soportar su reina mártir. Y, sin embargo, durante sus años en Palacio ella sólo fue testigo del devenir de una mujer amante de sus hijos y de su esposo. Temerosa de Dios, sobria, tímida, estoica, conservadora, detestaba el esnobismo que aparejaba la modernidad y los excesos de la alta nobleza peterburguesa. Cuánto hubiera deseado Silvie desmitificar públicamente la imagen de su amiga. Tal vez estaba a tiempo de hacerlo.

Podía contar la sencillez de aquella vida en famille, de sus tardes de té al calor del hogar, de las partidas de Halma que jugaba con la emperatriz, de su mal perder en el juego, de su gusto por tocar el piano para ella, del emperador jugando al dominó, de las gran duquesas atareadas alrededor de un puzzle, de los correteos y jugarretas del zarevitch. Recordaría las charlas cómplices de dos buenas amigas en el boudoir de la emperatriz. Las horas de dicha simplemente sentadas en las sillas Heppelwaite del Cabinet Mauve, rodeadas de la fragancia de ramos y ramos de lirios de los valles, traídos especialmente de la Riviera. Y, por fin, como un lobo acechando en la noche llegó la guerra. Y, con ella, la destrucción de todos los pilares sobre los que había edificado su vida.

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Estaba moralmente obligada a restituir la dignidad de la mujer que la consoló tras la muerte de su esposo en combate, sirviendo a la flota de Essen. Y, sobre todo, debía contar las agónicas horas vividas en Palacio tras el estallido de la revolución. La impía degradación que corroyó la mente del pueblo ruso. El petulante trato recibido por los monarcas que tanto amor profesaron por sus súbditos. Las lágrimas vertidas el día en que el gran duque Pablo informó a la zarina de la abdicación de su esposo. Las palabras que salieron de sus trémulos labios cuando la hizo partícipe de la infausta noticia. Qué hombre, de considerarse cristiano, no absolvería ante la Historia a una mujer que temblaba por el destino de su marido, que moría de preocupación por la seguridad de sus hijos.

Abdique! – sollozó ante Silvie –. Le Pauvre… tout seul la bas… et passe… oh, mon Dieu, par quoi il a passe! Et je ne puis pas etre pres de lui pour le consoler.

Madame, tres chere Madame – la acarició su amiga, que ya sabía lo que significaba perder a su compañero – il faut avoir du courage.

Mon Dieu – repetía la zarina, una y otra vez –, que c’est penible… Tout seul la bas!

Silvie lloró con ella, dejándose estrechar por los brazos de la corpulenta mujer. Y, al pensar en su querido Karl, se armó de valor para decir: Mais Madame – au nom de Dieu – il vit!!

-Sí – respondió la emperatriz –. Él vive.

Continuará…