LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (III)

Wrangel requirió con excesiva ansia a Wyrubov que le hiciera entrega de la Estrella de Samarcanda y sus hermanas menores. El viejo, convencido de que el enérgico militar le relegaría al olvido una vez en posesión del tesoro, se arrepintió de haber hecho partícipe del secreto de la Estrella a un hombre que, iluminado por la perspectiva del oro fácil, enseñaba su verdadero rostro de caudillo. Dilató, pues, su respuesta. Tanto que el barón – que adolecía de la clásica impaciencia prusiana – acabó por perder los estribos y amenazó a Wyrubov con el uso de la fuerza si su demanda no era satisfecha.

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Como general en jefe del ejército zarista (o de lo que quedaba de él) se decía representante máximo de la legitimidad imperial y, por tanto, verdadero custodio de cualesquiera fueran sus riquezas. Por supuesto, el no menos obcecado Bogatir no era del mismo parecer y no estaba dispuesto a dejarse avasallar por un soldadote de tres al cuarto. Wrangel pasó a la acción y Wyrubov sufrió un conato de secuestro, oportunamente abortado por la decidida intervención de Max Rezhov que, por lo visto, pasaba por ahí.

El gigantesco ucraniano repelió a los agresores con la sola fuerza intimidatoria de su pecho descubierto, acompañada de amenazantes aspavientos y toda clase de improperios en ruso. La bravura de Max se vio reforzada por un cada vez mayor número de curiosos atraídos por el incidente, lo que acabó por convencer a los hombres de Wrangel de no usar sus armas.

Sergei era hombre que se preciaba de saber ser agradecido, máxime cuando se trataba de su propia vida. Acogió a Rezhov sin reservas, ofreciéndole amistad incondicional y el amparo económico necesario para sacarlo de la situación de miseria en la que se encontraba. En efecto, Max Rezhov era uno más del ejército de desgraciados eslavos que inundaba la urbe por aquel entonces. Su curriculum no era ni mucho menos sorprendente para una época convulsa en la que lo llamativo era llevar una vida de oficinista pequeño burgués de nueve a seis en cualquier ciudad de provincias.

Rezhov se proclamaba oficial de carrera y se vanagloriaba de haber formado parte del Estado Mayor del ejército de Kolchak en el frente siberiano. Dijo haber sido nombrado oficial de enlace en la caballería de von Ungern-Sternberg, acabó por desertar justo antes de que el barón loco tomara Urga como cabeza de puente para su sueño de crear un nuevo imperio asiático del que él sería nuevo Khan.

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Tras su defección, apuntó, en lugar de elegir el más razonable y sencillo camino a Oriente, tomó la decisión de dirigirse hacia Occidente a fin de unirse a la resistencia blanca en Ucrania. Le llevó semanas de ardua marcha completar el viaje, a tiempo para embarcarse en uno de los cascarones fletados para la gran evacuación a Estambul. Desde su llegada, se había ganado la vida como conductor de carruajes, vendedor de periódicos, ladrón ocasional, hasta que su corpulencia disuasoria le ganó una plaza como vigilante de seguridad en Le Grand Cercle Moscovite, uno de los muchos restaurantes rusos que, como el Petrograd patisserie o The Black Rose, ganaron la batalla de la competencia a los establecimientos locales con la introducción de un nuevo aliciente desconocido hasta entonces para el cliente turco: las camareras.

Encantadoras, misteriosas, pálidas y voluptuosas beldades eslavas que se decían todas pertenecientes a la nobleza. No en vano las del Moscovite eran conocidas como las “duquesas”. El libidinoso caballero otomano perdía los nervios ante aquella suntuosa carne femenina ligeramente cubierta por las chaquetas blancas caucasianas, altas botas negras y una gran dosis de maquillaje. Poco a poco, las rusas se fueron ganando una sólida fama de busconas, corruptoras de los jóvenes e influenciables turcos.

Y es que, en muy poco tiempo, los refugiados de la vieja Rusia acabaron por dominar los espectáculos de la ciudad hasta el punto de que la tonada más popular en los cabarés de Pera era la de “Los bateleros del Volga”. La noche bizantina vibraba a ritmo de charlestón y fox-trot, y se llenaba de color con el rubio, negro y rojo de las melenas de las muchachas rusas.

Continuará…

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LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (II)

No era, desde luego, la primera vez que departían. Durante la campaña ucraniana y, más concretamente, durante los últimos meses de resistencia desesperada en Crimea, Wyrubov había gozado con cierta frecuencia de la compañía del militar. Su conducta ejemplar en la lucha contra el ejército negro makhnovista y contra los propios bolcheviques le había hecho digno merecedor del oficioso título de líder de la contrarrevolución blanca que ostentaba.

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Fiel monárquico irredento; incorruptible por naturaleza; leal al viejo orden; paladín, en definitiva, del añejo sentido de la justicia ligado al honor y el temor a Dios. Cualidades todas éstas más que suficientes para que Wyrubov le hubiese revelado los detalles de la misión que le había encomendado su reina.

Más de una vez estuvo tentado de hacerlo durante las asfixiantes noches a la orilla del Mar Negro, con una Silvie Sven manteniendo un reverente silencio mientras ambos hombres rememoraban días mejores, tiempos en los que a la amargura de la derrota de 1905 o de las catástrofes de la Gran Guerra no le seguía la destrucción del statu quo.

Pero cuando Wyrubov desviaba la conversación hacia los avatares de la presente contienda, insinuando su deseo de participación activa en la defensa, el barón se mostraba reservado. Incluso manteniendo el debido respeto hacia el viejo, acababa saliendo del paso con algún gesto consolador o alguna frase condescendiente que irritaba sobremanera al Bogatir.

Wyrubov acabó hastiado de verse relegado a un papel de comparsa en la retaguardia y decidió pagar la falta de confianza de Wrangel con la misma moneda. Ser tratado como un vulgar chiquillo al que se aparta de los asuntos de los mayores debió herir profundamente su orgullo pero justo es reconocer que el espíritu de Sergei albergaba un sentimiento mucho más primario sobre el que cimentar su animadversión hacia el barón: la envidia.

Lo que el Bogatir encontraba verdaderamente insoportable eran las mismas cualidades del noble que él tanto admiraba. Envidia sentía por la popularidad de la que gozaba entre sus hombres, por la notoriedad pública que le deparaba el liderazgo pero, sobre todo, por que aquel caballerete lechuguino le había usurpado un protagonismo en el combate contra el diablo rojo que sólo a él correspondía. Así lo había querido María su reina pero, claro está, Wrangel no estuvo presente en el reparto de cometidos de la Feodorovna.

De nuevo cara a cara en la habitación del hotel de Pera en el que se refugiaba el antiguo comandante del Ejército del Cáucaso, Sergei sintió la misma envidia hacia aquella marcial figura de dos metros de altura que había profesado en suelo ruso. Wrangel le brindó una bienvenida altivamente cordial, escuchó con atención la historia del anciano y, superada la incredulidad inicial, prorrumpió en un alarde de entusiasmo militarista. En breves minutos, ya había ideado un plan de reconquista tan ambicioso y audaz como el que desplegara Napoleón tras su salida de Elba. Movía su bigotillo espasmódicamente al tiempo que imaginaba su particular vuelo del águila, soñando con hollar el Kremlin incluso en menos de cien días.

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Tal vez en otras circunstancias, Wyrubov se hubiera contagiado del fervor y la ilusión que había despertado en su interlocutor pero, en realidad, no podía sentir sino alarma por el conspicuo personalismo del barón. Tomó té tras té sin poder disimular el absceso de profética egolatría producido por la renovada esperanza que entrañaba la fortuna que Sergei decía poseer. En unos instantes, Piotr Wrangel se había encaramado al estatus de libertador de todas las Rusias y el destello de sus ojillos grises venía a decir que se reservaba la corona de nuevo zar para sí mismo.

Continuará…

LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (I)

Silvie Sven y Sergei Wyrubov se encontraran por vez primera en el andén de las estación de Sevastopol. A ese primer encuentro le siguieron casi tres años de cabalgada a lomos de la guerra. Meses de ilusión, de impaciencia, de expectación. Tragedia, después. El desmorone de la esperanza que supuso el asesinato de la familia imperial. La determinación de la venganza, postergada por la frustración ante la certeza de la derrota.

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Y, por fin, la huida. La vergonzante evacuación de Crimea junto al séquito del general Wrangel. 126 barcos transportando a 150.000 exiliados. Con ellos viajaba, o al menos así lo oyó, el semental imperial del zar. Un caballo sin jinete acompañando a un pueblo que había perdido su patria.

De joven llegó a aspirar, como tantos rusos de su época, en retomar Constantinopla para la cristiandad, blandiendo la enseña de la Rusia eterna en las puertas de una rebautizada “Zarigrado”. Nunca hubiera imaginado, desde luego, que desembarcaría de ese modo en Estambul, en medio de un ejército de desarrapados y miserables refugiados. Algunos tan famélicos que llegaban a descolgar desde los ojos de buey, atados con una cuerda, sus anillos de boda y otras alhajas hasta los botes de los comerciantes griegos, como pago por un trozo de pan y algo de agua.

Resultó desolador ser testigo de la disolución de aquel inmenso contingente en la vastedad de la urbe. Cada cual se buscó la vida como mejor supo o pudo, cobijándose muchos en los establos de los palacetes o en prostíbulos de mala muerte o, los más afortunados, en los hoteluchos del puerto de Gálata. Sergei y Silvie pasaron aquellos meses en el Pera Palace, observando el mundo desmoronarse antes sus ojos.

Miles de veteranos del ejército blanco pululaban por las calles, pareciendo otro cuerpo de ocupación más, entre británicos, franceses e italianos. Desnutridos y demacrados, faltos de mando y rumbo, llegaron a amenazar con tomar la ciudad. Meses después, algunos contribuyeron a la coronación de Reza Kan, el primer Pahlavi, como máxima autoridad en Irán. Pero los más acabaron siendo acuartelados en campamentos del ejército francés en Lemnos, Catalca y los Dardanelos.

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Poco podía esperar Wyrubov de esos hombres desmoralizados, caídos en el desorden en la vorágine de la espantada. Menos aún se fio del constituido Consejo Ruso, un gobierno en el exilio que nació muerto a pesar de mantener durante un tiempo una ilusoria administración desde la embajada de la Grande Rue. Demasiada corrupción, demasiado caos.

Varias veces intentó elevar su voz ante ese pretendido Gobierno de juguete. Un ejecutivo inoperante de antiguos burócratas desdeñosos, arribistas de postín y criminales encorbatados. Las sugerencias, más tarde ruegos, del viejo Bogatir chocaban contra el muro de indiferencia alzado por la camarilla de corruptos. La firme determinación de Wyrubov, verbalizando con vehemencia una convicción en la victoria final que se negaba a justificar con argumentos, se interpretaba en el Consejo como el griterío exaltado de un demente iluminado, senilmente incapaz de afrontar la realidad de la derrota.

Tildado de loco, denostado por su bando, languidecía un Wyrubov más aislado que nunca. Guardián de un fabuloso tesoro del que, paradójicamente, no podía gozar y mucho menos emplear en la finalidad para la que le había sido confiado. Pues, ¿a quién podía hacer partícipe de su existencia sin correr el riesgo de ser traicionado?

Si una desconfianza instintiva lo había aconsejado a guardar el secreto en Crimea, mayor suspicacia sentía ahora que reinaba la máxima del “sálvese quien pueda”. Se encontraba inmovilizado, víctima de una disyuntiva imposible. Hubo de ser Silvie quien, tras un respetuoso circunloquio, suplicase al viejo caballero la búsqueda de alianzas antes de que su mente sucumbiera a un ostracismo paranoide. Sergei consintió, no había alternativa, y buscó la aquiescencia del único hombre que se había probado leal a la causa con su misma fervorosa entrega: el combatiente báltico Piotr Wrangel.

Continuará…