LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (I)

Silvie Sven y Sergei Wyrubov se encontraran por vez primera en el andén de las estación de Sevastopol. A ese primer encuentro le siguieron casi tres años de cabalgada a lomos de la guerra. Meses de ilusión, de impaciencia, de expectación. Tragedia, después. El desmorone de la esperanza que supuso el asesinato de la familia imperial. La determinación de la venganza, postergada por la frustración ante la certeza de la derrota.

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Y, por fin, la huida. La vergonzante evacuación de Crimea junto al séquito del general Wrangel. 126 barcos transportando a 150.000 exiliados. Con ellos viajaba, o al menos así lo oyó, el semental imperial del zar. Un caballo sin jinete acompañando a un pueblo que había perdido su patria.

De joven llegó a aspirar, como tantos rusos de su época, en retomar Constantinopla para la cristiandad, blandiendo la enseña de la Rusia eterna en las puertas de una rebautizada “Zarigrado”. Nunca hubiera imaginado, desde luego, que desembarcaría de ese modo en Estambul, en medio de un ejército de desarrapados y miserables refugiados. Algunos tan famélicos que llegaban a descolgar desde los ojos de buey, atados con una cuerda, sus anillos de boda y otras alhajas hasta los botes de los comerciantes griegos, como pago por un trozo de pan y algo de agua.

Resultó desolador ser testigo de la disolución de aquel inmenso contingente en la vastedad de la urbe. Cada cual se buscó la vida como mejor supo o pudo, cobijándose muchos en los establos de los palacetes o en prostíbulos de mala muerte o, los más afortunados, en los hoteluchos del puerto de Gálata. Sergei y Silvie pasaron aquellos meses en el Pera Palace, observando el mundo desmoronarse antes sus ojos.

Miles de veteranos del ejército blanco pululaban por las calles, pareciendo otro cuerpo de ocupación más, entre británicos, franceses e italianos. Desnutridos y demacrados, faltos de mando y rumbo, llegaron a amenazar con tomar la ciudad. Meses después, algunos contribuyeron a la coronación de Reza Kan, el primer Pahlavi, como máxima autoridad en Irán. Pero los más acabaron siendo acuartelados en campamentos del ejército francés en Lemnos, Catalca y los Dardanelos.

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Poco podía esperar Wyrubov de esos hombres desmoralizados, caídos en el desorden en la vorágine de la espantada. Menos aún se fio del constituido Consejo Ruso, un gobierno en el exilio que nació muerto a pesar de mantener durante un tiempo una ilusoria administración desde la embajada de la Grande Rue. Demasiada corrupción, demasiado caos.

Varias veces intentó elevar su voz ante ese pretendido Gobierno de juguete. Un ejecutivo inoperante de antiguos burócratas desdeñosos, arribistas de postín y criminales encorbatados. Las sugerencias, más tarde ruegos, del viejo Bogatir chocaban contra el muro de indiferencia alzado por la camarilla de corruptos. La firme determinación de Wyrubov, verbalizando con vehemencia una convicción en la victoria final que se negaba a justificar con argumentos, se interpretaba en el Consejo como el griterío exaltado de un demente iluminado, senilmente incapaz de afrontar la realidad de la derrota.

Tildado de loco, denostado por su bando, languidecía un Wyrubov más aislado que nunca. Guardián de un fabuloso tesoro del que, paradójicamente, no podía gozar y mucho menos emplear en la finalidad para la que le había sido confiado. Pues, ¿a quién podía hacer partícipe de su existencia sin correr el riesgo de ser traicionado?

Si una desconfianza instintiva lo había aconsejado a guardar el secreto en Crimea, mayor suspicacia sentía ahora que reinaba la máxima del “sálvese quien pueda”. Se encontraba inmovilizado, víctima de una disyuntiva imposible. Hubo de ser Silvie quien, tras un respetuoso circunloquio, suplicase al viejo caballero la búsqueda de alianzas antes de que su mente sucumbiera a un ostracismo paranoide. Sergei consintió, no había alternativa, y buscó la aquiescencia del único hombre que se había probado leal a la causa con su misma fervorosa entrega: el combatiente báltico Piotr Wrangel.

Continuará…

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