SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (III)

Pero también había tiempo para la participación activa, al abrigo la luz del sol en fechas señaladas. Como el peregrinaje anual al convento de Tchigrin, a unas 25 millas de Revovka. La tradición mandaba que la parada se hiciera a pie pero siempre les acababa acompañando un carruaje para aligerar la pesadez del camino. El convento albergaba a una virgen que fue secuestrada por los turcos cuando estos devastaron la región. Los lugareños aseguraban que, cierto día, una joven encontró a la virgen flotando en el río. Fue devuelta a lugar sagrado y, desde entonces, toda clase de maravillosos milagros tuvieron lugar en el país. Sortilegios y fábulas que despertaron la imaginación de las buenas gentes de Tchilgrin.

monasterio

Pobres campesinos ignorantes, de mentes obtusas y cerradas a la educación. Cuán dependientes serían siempre de la tutela y cuidado de sus señores. Cuánto amor mutuo se profesaban los unos a los otros. Un amor espiritual, que no carnal, semejante al que siente el sacerdote hacia Dios. Aquel acepta y preconiza, como servidor, la ley de éste en base a un contrato sellado con amor incondicional. Mientras el fuego de la fe sea alimentado, el siervo servirá y la deidad  tendrá justificada su existencia – pensaba Silvie.

Sin embargo, esta simple ecuación que ella creía inalterable demostró su fragilidad en el momento en que unos vieron resquebrajada su fe con la llegada de una nueva religión que les reveló la letra pequeña del contrato. El nuevo credo voló hacia la plebe, como no podía ser de otra manera, con las alas de la revolución. Jamás olvidaría las vacaciones que pasó en la casa de su tio de Livadia en el verano de 1905. Respondiendo a la llamada de la aventura, se lanzó junto con sus primos a explorar las ruinas abandonas del castillo de Orianda, que fuera propiedad del duque Constantino. Se dejaron engullir por los crípticos pasadizos subterráneos en busca del gran misterio. Superado el miedo inicial a la oscuridad, se adentraron más y más en el laberíntico entramado de túneles hasta que apercibieron una luz tenue desde la que partían voces de ultratumba. Convencidos de que se encontraban en la antesala del infierno, retrocedieron despavoridos.

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Silvie decidió confesar la diablura a su tío quien, intrigado por el relato de los críos, puso sobre aviso a las autoridades. Cuál fue la sorpresa de los agentes al descubrir en las entrañas del castillo la imprenta que empleaban los revolucionarios para generar su diabólica propaganda. A pesar de la amonestación que recibió, Silvie se vio también recompensada por un guiño aprobatorio por parte del capitán de policía de Odessa. Ella sola había abortado la conspiración revolucionaria. Aunque jamás hubiera podido imaginar que aquella anécdota de juventud habría de repetirse, a una escala bien diferente, en un futuro no tan lejano. Crimea había contemplado el nacimiento de una vocación.

Pero antes había de hacerse mujer y confrontar su destino. Para ello, partió hacia la corte de Petrogrado. Allí debía contraer matrimonio con el capitán Sven, un veterano oficial de ascendencia sueca que había ganado cierta notoriedad en la guerra de los Boxers destripando asiáticos en beneficio de la presencia europea en China. A su regreso a la capital, el emperador lo nombró oficial de Standard, su yate privado. El joven y apuesto militar la recibió en la estación de Peterjov. El iba engalanado como un húsar de permiso, ella resplandecía en su vestido blanco de Bressac’s. Fueron en carruaje hasta el Jardín de Invierno del Palacio Alejandro, donde el príncipe Golitzin les hizo de anfitrión y condujo, finalmente, ante la emperatriz.

Continuará…

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SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (II)

Mercader exitosa, intrigante política o traficante de drogas. Verdaderamente, Silvie Sven no concedía especial relevancia a los títulos. Había renegado de tantos… y hecho ostentación de tantos otros. Ahora, ubicada por el azar y la iniquidad de la historia en el centro de una rocambolesca espiral de confusión, tan sólo podía aferrarse con la totalidad de sus fuerzas al sueño imposible de un chiquillo, a la esperanza de un loco. ¿De qué otra manera podía afrontar, si no, el otoño de una vida que había comenzado con la materialización de sus peores pesadillas? Si aún encontraba un atisbo de ilusión en su existencia, se encontraba precisamente en el cumplimiento ciego del voto de obediencia que prestara en aquella lejana primavera de 1917.

Cuando el reloj se aproximaba a anunciar el mediodía, se levantó del bureau habiendo dejado listo el siempre incómodo papeleo, asió la maleta que tenía preparada desde la víspera y abandonó la casa sin despedirse del escaso personal que pululaba en la planta baja. Un coche de caballos la esperaba en el exterior. Había calculado certeramente que disponía de tiempo suficiente para un cómodo paseo antes de tomar su tren. Anhelaba mecerse, ausente de prisas, al son de los cascos de los caballos. Acurrucada en el cuero manoseado, enfiló la pendiente empedrada hasta el puente de las Cadenas.

Fog Bridge, Budapest, Hungary

Cruzó el río agazapada tras la idea de que tan imposible resultaba congelar el tiempo como detener el infinito fluir del Danubio. Su corriente arrastraría siempre con insultante desdén el producto de la barbarie y la sinrazón, a sabiendas de que la constante renovación de sus aguas lo haría salir incólume de las locuras pasajeras de los hombres. Su inquieto verdor siempre estaría allí, bien como testigo bien como involuntario protagonista del devenir de la Historia.

El conductor anunció con voz grave y automática la entrada en Andrássy út, ignorante de que su pasajera no era una turista primeriza y de que por sus venas corría orgullosa sangre magyar. Ella estaba más que familiarizada con el Art Nouveau de aquellas calles, la tan característica arquitectura de Secesión que jalonaba los hermosos bulevares de Pest. De niña había recorrido una y otra vez sus curvas sinuosas, advertido sus formas asimétricas e impreso sus huellas en los coloridos azulejos. En los atardeceres de primavera, estos destellaban como estrellas nacaradas en medio de un cielo de refinamiento y elegancia barroca. Contemplaba desde la nostalgia la ecléctica distribución de edificios neoclásicos y construcciones tradicionales. Cada uno mostraba a quien quisiera ver alguna escena alegórica de hechos pasados o algún motivo popular de significado arcano. El ojo entrenado podía detenerse en tal cerámica Zsolnay y, con suerte, dejarse trasladar a una decimonónica velada real, entre libreas, vestidos imperio, chismorreos y uniformes de gala.

Una suerte de detonación eléctrica en su interior la condujo, inevitablemente, a sus días de infancia en las tierras que la emperatriz Petrovna cedió a su antepasado húngaro, el coronel Horvat, en pago a su tarea de colonización del Dnieper. Del vasto territorio de la Pequeña Rusia que una vez fuera propiedad de su familia, quedaban únicamente, al nacimiento de Silvie, el chateau de Revovka y unos cientos de hectáreas alrededor. En ellas venían incluidas, desde luego, los lugareños que, en calidad de siervos, moraban en ellas.

En las brumas de su maltrecha memoria, recordaba Revovka como una preciosa casona de cuento de hadas a la que se accedía por una avenida surcada de limoneros. Si su olfato aún retenía su dulce fragancia, en sus oídos todavía resonaba el cantar de los ruiseñores. Aquellos fueron días felices de juego y despertar a una vida de comodidades y prosperidad exclusiva de su clase. Muy cerca, a pocos centenares metros, se encontraba el pueblo de Revovka, conformado por una iglesia donde reposaban sus ancestros y una decena de calles floreadas, salpicadas de humildes casitas de campo, con sus techados de junco y paja, que los abnegados mujiks se afanaban en enjalbegar cada día.

mujik

La vida en Revovka transcurría con la placidez y seguridad que confieren el saberse dueño del tiempo. Un tiempo que su familia, como nobles señores de aquellas tierras, había congelado en un idílico medioevo. Protectores y condescendientes para con sus vasallos que, en retribución, se deslomaban agradecidos en las labores del campo. Tal era el orden natural de las cosas.

En su adolescencia, Silvie pronto descubrió en sí una particular querencia hacia las tradiciones rurales de aquellas simples gentes. La devoción religiosa, rayana en el misticismo más irracional, que manifestaban en sus ceremonias era objeto de su maternal aprobación. Gustaba de asistir a aquellas celebraciones – siempre como testigo desde la prudente distancia – atraída también por el latente paganismo que salía a relucir cuando tal o cual festejo se desmadraba en razón de la noche y el alcohol. Entonces sentía una mezcla de pavor y excitación sexual, a los que cerraba la puerta retornando asustadiza al regazo de su madre.

Continuará…