SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (II)

Mercader exitosa, intrigante política o traficante de drogas. Verdaderamente, Silvie Sven no concedía especial relevancia a los títulos. Había renegado de tantos… y hecho ostentación de tantos otros. Ahora, ubicada por el azar y la iniquidad de la historia en el centro de una rocambolesca espiral de confusión, tan sólo podía aferrarse con la totalidad de sus fuerzas al sueño imposible de un chiquillo, a la esperanza de un loco. ¿De qué otra manera podía afrontar, si no, el otoño de una vida que había comenzado con la materialización de sus peores pesadillas? Si aún encontraba un atisbo de ilusión en su existencia, se encontraba precisamente en el cumplimiento ciego del voto de obediencia que prestara en aquella lejana primavera de 1917.

Cuando el reloj se aproximaba a anunciar el mediodía, se levantó del bureau habiendo dejado listo el siempre incómodo papeleo, asió la maleta que tenía preparada desde la víspera y abandonó la casa sin despedirse del escaso personal que pululaba en la planta baja. Un coche de caballos la esperaba en el exterior. Había calculado certeramente que disponía de tiempo suficiente para un cómodo paseo antes de tomar su tren. Anhelaba mecerse, ausente de prisas, al son de los cascos de los caballos. Acurrucada en el cuero manoseado, enfiló la pendiente empedrada hasta el puente de las Cadenas.

Fog Bridge, Budapest, Hungary

Cruzó el río agazapada tras la idea de que tan imposible resultaba congelar el tiempo como detener el infinito fluir del Danubio. Su corriente arrastraría siempre con insultante desdén el producto de la barbarie y la sinrazón, a sabiendas de que la constante renovación de sus aguas lo haría salir incólume de las locuras pasajeras de los hombres. Su inquieto verdor siempre estaría allí, bien como testigo bien como involuntario protagonista del devenir de la Historia.

El conductor anunció con voz grave y automática la entrada en Andrássy út, ignorante de que su pasajera no era una turista primeriza y de que por sus venas corría orgullosa sangre magyar. Ella estaba más que familiarizada con el Art Nouveau de aquellas calles, la tan característica arquitectura de Secesión que jalonaba los hermosos bulevares de Pest. De niña había recorrido una y otra vez sus curvas sinuosas, advertido sus formas asimétricas e impreso sus huellas en los coloridos azulejos. En los atardeceres de primavera, estos destellaban como estrellas nacaradas en medio de un cielo de refinamiento y elegancia barroca. Contemplaba desde la nostalgia la ecléctica distribución de edificios neoclásicos y construcciones tradicionales. Cada uno mostraba a quien quisiera ver alguna escena alegórica de hechos pasados o algún motivo popular de significado arcano. El ojo entrenado podía detenerse en tal cerámica Zsolnay y, con suerte, dejarse trasladar a una decimonónica velada real, entre libreas, vestidos imperio, chismorreos y uniformes de gala.

Una suerte de detonación eléctrica en su interior la condujo, inevitablemente, a sus días de infancia en las tierras que la emperatriz Petrovna cedió a su antepasado húngaro, el coronel Horvat, en pago a su tarea de colonización del Dnieper. Del vasto territorio de la Pequeña Rusia que una vez fuera propiedad de su familia, quedaban únicamente, al nacimiento de Silvie, el chateau de Revovka y unos cientos de hectáreas alrededor. En ellas venían incluidas, desde luego, los lugareños que, en calidad de siervos, moraban en ellas.

En las brumas de su maltrecha memoria, recordaba Revovka como una preciosa casona de cuento de hadas a la que se accedía por una avenida surcada de limoneros. Si su olfato aún retenía su dulce fragancia, en sus oídos todavía resonaba el cantar de los ruiseñores. Aquellos fueron días felices de juego y despertar a una vida de comodidades y prosperidad exclusiva de su clase. Muy cerca, a pocos centenares metros, se encontraba el pueblo de Revovka, conformado por una iglesia donde reposaban sus ancestros y una decena de calles floreadas, salpicadas de humildes casitas de campo, con sus techados de junco y paja, que los abnegados mujiks se afanaban en enjalbegar cada día.

mujik

La vida en Revovka transcurría con la placidez y seguridad que confieren el saberse dueño del tiempo. Un tiempo que su familia, como nobles señores de aquellas tierras, había congelado en un idílico medioevo. Protectores y condescendientes para con sus vasallos que, en retribución, se deslomaban agradecidos en las labores del campo. Tal era el orden natural de las cosas.

En su adolescencia, Silvie pronto descubrió en sí una particular querencia hacia las tradiciones rurales de aquellas simples gentes. La devoción religiosa, rayana en el misticismo más irracional, que manifestaban en sus ceremonias era objeto de su maternal aprobación. Gustaba de asistir a aquellas celebraciones – siempre como testigo desde la prudente distancia – atraída también por el latente paganismo que salía a relucir cuando tal o cual festejo se desmadraba en razón de la noche y el alcohol. Entonces sentía una mezcla de pavor y excitación sexual, a los que cerraba la puerta retornando asustadiza al regazo de su madre.

Continuará…

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