LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (y V)

Se sucedieron meses de golpes y contragolpes en una guerra de bandas que traía en vilo a la policía de Kemal. A cada intento del barón por hacerse con el tesoro de la Feodorovna, le seguía una réplica doblemente virulenta por parte del equipo contrario. Uno tras otro, fueron cayendo los soldados de Wrangel bajo las balas de Max y los suyos. La peculiar contienda llegó a su fin cuando un atentado con bomba acabó con la vida del último lugarteniente de Wrangel y casi con la suya propia. Al día siguiente, el orgulloso militar preparó su equipaje y emprendió nuevo viaje de huida en dirección a Túnez. Acabaría falleciendo pocos años después en Bruselas. La posible participación de Max Rezhov en la prematura muerte del barón sigue, a día de hoy, estando en entredicho.

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Como resultado de su triunfo sobre las huestes de la figura más notoria de la contrarrevolución, Wyrubov se vislumbró a sí mismo como el recién nacido líder de una conjura profética que iba tomando forma tras una sombra de silencio. Nunca volvería a tantear alianzas que conllevaran el encumbramiento de supuestos elegidos. El mismo, siempre secundado por el brazo de Max, se bastaría para encabezar el largo proceso que culminaría, indefectiblemente, en la liberación de Rusia.

Así fue como el antiguo guripa del Moscovite proporcionó a Wyrubov el pilar fuerza sobre el que asentar su nuevo poder. El otro pilar, la riqueza, vendría a garantizársela su asociación con Víctor Stranski. Había dado cobijo al antiguo funcionario por lástima y, también, porque le conmovió la beoda cantinela de soflamas monárquicas que le oyó pronunciar, borracho de raki, desde la barra de un bar. Stranski superó la barrera de su aparente insignificancia y supo hacerse imprescindible dentro de la organización de Wyrubov. Primero como honesto administrador de sus bienes, después como hábil gestor de operaciones bancarias y, por último, como emprendedor hombre de negocios.

Fue el pequeño Víctor, claro está, quien animó a Sergei a hacerse con el control de una minúscula compañía tabaquera que rebautizó, como no podía ser de otro modo, con el nombre de Yildiz (estrella en turco). La hábil conducción empresarial de Víctor y la falta de escrúpulos de Max a la hora de tratar con la competencia convirtieron a la firma Yildiz en la más próspera y rentable del país. Y todo sin necesidad de echar mano al más diminuto de los diamantes de la Reina.

Un imperio el de Bogatir que se había consolidado a lo largo de una década sin que el nombre de Wyrubov alcanzara una indeseable notoriedad. Un imperio que, circunscrito a las leyes básicas del mercado, adquirió la solidez del acero. Un imperio que, puesto finalmente al servicio de sus principios fundacionales, se precipitaría directamente hacia el abismo en cuanto Charles Waugham asomase la nariz.

Tal era el destino que aguardaba al poseedor de la Estrella de Samarcanda.

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LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (IV)

Poco le duró el trabajo a Max. Su descomunal físico, agraciado también por su natural simpatía, le hacían gozar de gran popularidad entre sus compañeras. Nada hubiera sucedido de no ser porque la principal atracción del establecimiento, la cantante Fedora, se enamoró locamente de él. Max nunca llegó a corresponderla pero no quiso privarse del goce que le proporcionaba en la cama. Añádase a este hecho la poderosa afición de la rusa al vodka y se comprenderá la merma que sufrieron sus actuaciones.

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A los desentones iniciales les siguieron las primeras lloreras, hasta que sufrió un súbito desmayo mientras se esforzaba inútilmente en alcanzar la nota más alta en su estridente versión de “Granada”. A la calle fueron, pues, la amante beoda y su objeto del deseo. Músculo barato y belleza sin talento sobraban en la ciudad. Unidos por la común desdicha, buscaron alojamiento compartido en un tugurio de Bebek. En menos de una semana, Max ya la estaba chuleando para poder llegar a fin de mes.

Fue en ese momento cuando Sergei Wyrubov entró en su vida. El anciano caballero, en agradecimiento y en vista de que Wrangel estaba dispuesto a todo con tal de hacerse con el tesoro, ofreció al ucraniano el puesto de guardaespaldas. Éste no sólo aceptó sino que convenció a Sergei de la necesidad de constituir un cuerpo de seguridad en derredor de su persona y la de Silvie a fin de salvaguardarles de cualquier peligro. La tarea no revistió excesiva dificultad para un Max que se conocía al dedillo los entresijos de los bajos fondos de Estambul. Su dinamismo y capacidad de liderazgo entusiasmaron a Wyrubov quien, en breve plazo, se vio dirigiendo los destinos de un pequeño regimiento de mercenarios afectos a su causa, capitaneados diligentemente por Max Rezhov.

Las previsiones del ucraniano se probaron certeras cuando Wrangel lanzó un segundo ataque – tras una serie de veladas advertencias telefónicas – contra Sergei, y que fue igualmente rechazado por Max y sus hombres. Ni que decir tiene que el nuevo escolta de Bogatir no pudo disimular su curiosidad por más tiempo e inquirió a su patrón acerca de las razones del interés del viejo Piotr por su persona. Wyrubov hubo de confesarle la verdad y, ceremonial como siempre, le confió la existencia del tesoro previo juramento de lealtad. Max se conjuró delante de un icono representando a Nuestra Señora de Yaroslavl, y en nombre de todos los santos habidos y por haber, a defender con su vida el secreto de la Estrella hasta llegada la hora del levantamiento final.

Continuará…