LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (y V)

Se sucedieron meses de golpes y contragolpes en una guerra de bandas que traía en vilo a la policía de Kemal. A cada intento del barón por hacerse con el tesoro de la Feodorovna, le seguía una réplica doblemente virulenta por parte del equipo contrario. Uno tras otro, fueron cayendo los soldados de Wrangel bajo las balas de Max y los suyos. La peculiar contienda llegó a su fin cuando un atentado con bomba acabó con la vida del último lugarteniente de Wrangel y casi con la suya propia. Al día siguiente, el orgulloso militar preparó su equipaje y emprendió nuevo viaje de huida en dirección a Túnez. Acabaría falleciendo pocos años después en Bruselas. La posible participación de Max Rezhov en la prematura muerte del barón sigue, a día de hoy, estando en entredicho.

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Como resultado de su triunfo sobre las huestes de la figura más notoria de la contrarrevolución, Wyrubov se vislumbró a sí mismo como el recién nacido líder de una conjura profética que iba tomando forma tras una sombra de silencio. Nunca volvería a tantear alianzas que conllevaran el encumbramiento de supuestos elegidos. El mismo, siempre secundado por el brazo de Max, se bastaría para encabezar el largo proceso que culminaría, indefectiblemente, en la liberación de Rusia.

Así fue como el antiguo guripa del Moscovite proporcionó a Wyrubov el pilar fuerza sobre el que asentar su nuevo poder. El otro pilar, la riqueza, vendría a garantizársela su asociación con Víctor Stranski. Había dado cobijo al antiguo funcionario por lástima y, también, porque le conmovió la beoda cantinela de soflamas monárquicas que le oyó pronunciar, borracho de raki, desde la barra de un bar. Stranski superó la barrera de su aparente insignificancia y supo hacerse imprescindible dentro de la organización de Wyrubov. Primero como honesto administrador de sus bienes, después como hábil gestor de operaciones bancarias y, por último, como emprendedor hombre de negocios.

Fue el pequeño Víctor, claro está, quien animó a Sergei a hacerse con el control de una minúscula compañía tabaquera que rebautizó, como no podía ser de otro modo, con el nombre de Yildiz (estrella en turco). La hábil conducción empresarial de Víctor y la falta de escrúpulos de Max a la hora de tratar con la competencia convirtieron a la firma Yildiz en la más próspera y rentable del país. Y todo sin necesidad de echar mano al más diminuto de los diamantes de la Reina.

Un imperio el de Bogatir que se había consolidado a lo largo de una década sin que el nombre de Wyrubov alcanzara una indeseable notoriedad. Un imperio que, circunscrito a las leyes básicas del mercado, adquirió la solidez del acero. Un imperio que, puesto finalmente al servicio de sus principios fundacionales, se precipitaría directamente hacia el abismo en cuanto Charles Waugham asomase la nariz.

Tal era el destino que aguardaba al poseedor de la Estrella de Samarcanda.

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LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (IV)

Poco le duró el trabajo a Max. Su descomunal físico, agraciado también por su natural simpatía, le hacían gozar de gran popularidad entre sus compañeras. Nada hubiera sucedido de no ser porque la principal atracción del establecimiento, la cantante Fedora, se enamoró locamente de él. Max nunca llegó a corresponderla pero no quiso privarse del goce que le proporcionaba en la cama. Añádase a este hecho la poderosa afición de la rusa al vodka y se comprenderá la merma que sufrieron sus actuaciones.

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A los desentones iniciales les siguieron las primeras lloreras, hasta que sufrió un súbito desmayo mientras se esforzaba inútilmente en alcanzar la nota más alta en su estridente versión de “Granada”. A la calle fueron, pues, la amante beoda y su objeto del deseo. Músculo barato y belleza sin talento sobraban en la ciudad. Unidos por la común desdicha, buscaron alojamiento compartido en un tugurio de Bebek. En menos de una semana, Max ya la estaba chuleando para poder llegar a fin de mes.

Fue en ese momento cuando Sergei Wyrubov entró en su vida. El anciano caballero, en agradecimiento y en vista de que Wrangel estaba dispuesto a todo con tal de hacerse con el tesoro, ofreció al ucraniano el puesto de guardaespaldas. Éste no sólo aceptó sino que convenció a Sergei de la necesidad de constituir un cuerpo de seguridad en derredor de su persona y la de Silvie a fin de salvaguardarles de cualquier peligro. La tarea no revistió excesiva dificultad para un Max que se conocía al dedillo los entresijos de los bajos fondos de Estambul. Su dinamismo y capacidad de liderazgo entusiasmaron a Wyrubov quien, en breve plazo, se vio dirigiendo los destinos de un pequeño regimiento de mercenarios afectos a su causa, capitaneados diligentemente por Max Rezhov.

Las previsiones del ucraniano se probaron certeras cuando Wrangel lanzó un segundo ataque – tras una serie de veladas advertencias telefónicas – contra Sergei, y que fue igualmente rechazado por Max y sus hombres. Ni que decir tiene que el nuevo escolta de Bogatir no pudo disimular su curiosidad por más tiempo e inquirió a su patrón acerca de las razones del interés del viejo Piotr por su persona. Wyrubov hubo de confesarle la verdad y, ceremonial como siempre, le confió la existencia del tesoro previo juramento de lealtad. Max se conjuró delante de un icono representando a Nuestra Señora de Yaroslavl, y en nombre de todos los santos habidos y por haber, a defender con su vida el secreto de la Estrella hasta llegada la hora del levantamiento final.

Continuará…

LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (III)

Wrangel requirió con excesiva ansia a Wyrubov que le hiciera entrega de la Estrella de Samarcanda y sus hermanas menores. El viejo, convencido de que el enérgico militar le relegaría al olvido una vez en posesión del tesoro, se arrepintió de haber hecho partícipe del secreto de la Estrella a un hombre que, iluminado por la perspectiva del oro fácil, enseñaba su verdadero rostro de caudillo. Dilató, pues, su respuesta. Tanto que el barón – que adolecía de la clásica impaciencia prusiana – acabó por perder los estribos y amenazó a Wyrubov con el uso de la fuerza si su demanda no era satisfecha.

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Como general en jefe del ejército zarista (o de lo que quedaba de él) se decía representante máximo de la legitimidad imperial y, por tanto, verdadero custodio de cualesquiera fueran sus riquezas. Por supuesto, el no menos obcecado Bogatir no era del mismo parecer y no estaba dispuesto a dejarse avasallar por un soldadote de tres al cuarto. Wrangel pasó a la acción y Wyrubov sufrió un conato de secuestro, oportunamente abortado por la decidida intervención de Max Rezhov que, por lo visto, pasaba por ahí.

El gigantesco ucraniano repelió a los agresores con la sola fuerza intimidatoria de su pecho descubierto, acompañada de amenazantes aspavientos y toda clase de improperios en ruso. La bravura de Max se vio reforzada por un cada vez mayor número de curiosos atraídos por el incidente, lo que acabó por convencer a los hombres de Wrangel de no usar sus armas.

Sergei era hombre que se preciaba de saber ser agradecido, máxime cuando se trataba de su propia vida. Acogió a Rezhov sin reservas, ofreciéndole amistad incondicional y el amparo económico necesario para sacarlo de la situación de miseria en la que se encontraba. En efecto, Max Rezhov era uno más del ejército de desgraciados eslavos que inundaba la urbe por aquel entonces. Su curriculum no era ni mucho menos sorprendente para una época convulsa en la que lo llamativo era llevar una vida de oficinista pequeño burgués de nueve a seis en cualquier ciudad de provincias.

Rezhov se proclamaba oficial de carrera y se vanagloriaba de haber formado parte del Estado Mayor del ejército de Kolchak en el frente siberiano. Dijo haber sido nombrado oficial de enlace en la caballería de von Ungern-Sternberg, acabó por desertar justo antes de que el barón loco tomara Urga como cabeza de puente para su sueño de crear un nuevo imperio asiático del que él sería nuevo Khan.

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Tras su defección, apuntó, en lugar de elegir el más razonable y sencillo camino a Oriente, tomó la decisión de dirigirse hacia Occidente a fin de unirse a la resistencia blanca en Ucrania. Le llevó semanas de ardua marcha completar el viaje, a tiempo para embarcarse en uno de los cascarones fletados para la gran evacuación a Estambul. Desde su llegada, se había ganado la vida como conductor de carruajes, vendedor de periódicos, ladrón ocasional, hasta que su corpulencia disuasoria le ganó una plaza como vigilante de seguridad en Le Grand Cercle Moscovite, uno de los muchos restaurantes rusos que, como el Petrograd patisserie o The Black Rose, ganaron la batalla de la competencia a los establecimientos locales con la introducción de un nuevo aliciente desconocido hasta entonces para el cliente turco: las camareras.

Encantadoras, misteriosas, pálidas y voluptuosas beldades eslavas que se decían todas pertenecientes a la nobleza. No en vano las del Moscovite eran conocidas como las “duquesas”. El libidinoso caballero otomano perdía los nervios ante aquella suntuosa carne femenina ligeramente cubierta por las chaquetas blancas caucasianas, altas botas negras y una gran dosis de maquillaje. Poco a poco, las rusas se fueron ganando una sólida fama de busconas, corruptoras de los jóvenes e influenciables turcos.

Y es que, en muy poco tiempo, los refugiados de la vieja Rusia acabaron por dominar los espectáculos de la ciudad hasta el punto de que la tonada más popular en los cabarés de Pera era la de “Los bateleros del Volga”. La noche bizantina vibraba a ritmo de charlestón y fox-trot, y se llenaba de color con el rubio, negro y rojo de las melenas de las muchachas rusas.

Continuará…

LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (II)

No era, desde luego, la primera vez que departían. Durante la campaña ucraniana y, más concretamente, durante los últimos meses de resistencia desesperada en Crimea, Wyrubov había gozado con cierta frecuencia de la compañía del militar. Su conducta ejemplar en la lucha contra el ejército negro makhnovista y contra los propios bolcheviques le había hecho digno merecedor del oficioso título de líder de la contrarrevolución blanca que ostentaba.

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Fiel monárquico irredento; incorruptible por naturaleza; leal al viejo orden; paladín, en definitiva, del añejo sentido de la justicia ligado al honor y el temor a Dios. Cualidades todas éstas más que suficientes para que Wyrubov le hubiese revelado los detalles de la misión que le había encomendado su reina.

Más de una vez estuvo tentado de hacerlo durante las asfixiantes noches a la orilla del Mar Negro, con una Silvie Sven manteniendo un reverente silencio mientras ambos hombres rememoraban días mejores, tiempos en los que a la amargura de la derrota de 1905 o de las catástrofes de la Gran Guerra no le seguía la destrucción del statu quo.

Pero cuando Wyrubov desviaba la conversación hacia los avatares de la presente contienda, insinuando su deseo de participación activa en la defensa, el barón se mostraba reservado. Incluso manteniendo el debido respeto hacia el viejo, acababa saliendo del paso con algún gesto consolador o alguna frase condescendiente que irritaba sobremanera al Bogatir.

Wyrubov acabó hastiado de verse relegado a un papel de comparsa en la retaguardia y decidió pagar la falta de confianza de Wrangel con la misma moneda. Ser tratado como un vulgar chiquillo al que se aparta de los asuntos de los mayores debió herir profundamente su orgullo pero justo es reconocer que el espíritu de Sergei albergaba un sentimiento mucho más primario sobre el que cimentar su animadversión hacia el barón: la envidia.

Lo que el Bogatir encontraba verdaderamente insoportable eran las mismas cualidades del noble que él tanto admiraba. Envidia sentía por la popularidad de la que gozaba entre sus hombres, por la notoriedad pública que le deparaba el liderazgo pero, sobre todo, por que aquel caballerete lechuguino le había usurpado un protagonismo en el combate contra el diablo rojo que sólo a él correspondía. Así lo había querido María su reina pero, claro está, Wrangel no estuvo presente en el reparto de cometidos de la Feodorovna.

De nuevo cara a cara en la habitación del hotel de Pera en el que se refugiaba el antiguo comandante del Ejército del Cáucaso, Sergei sintió la misma envidia hacia aquella marcial figura de dos metros de altura que había profesado en suelo ruso. Wrangel le brindó una bienvenida altivamente cordial, escuchó con atención la historia del anciano y, superada la incredulidad inicial, prorrumpió en un alarde de entusiasmo militarista. En breves minutos, ya había ideado un plan de reconquista tan ambicioso y audaz como el que desplegara Napoleón tras su salida de Elba. Movía su bigotillo espasmódicamente al tiempo que imaginaba su particular vuelo del águila, soñando con hollar el Kremlin incluso en menos de cien días.

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Tal vez en otras circunstancias, Wyrubov se hubiera contagiado del fervor y la ilusión que había despertado en su interlocutor pero, en realidad, no podía sentir sino alarma por el conspicuo personalismo del barón. Tomó té tras té sin poder disimular el absceso de profética egolatría producido por la renovada esperanza que entrañaba la fortuna que Sergei decía poseer. En unos instantes, Piotr Wrangel se había encaramado al estatus de libertador de todas las Rusias y el destello de sus ojillos grises venía a decir que se reservaba la corona de nuevo zar para sí mismo.

Continuará…

LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (I)

Silvie Sven y Sergei Wyrubov se encontraran por vez primera en el andén de las estación de Sevastopol. A ese primer encuentro le siguieron casi tres años de cabalgada a lomos de la guerra. Meses de ilusión, de impaciencia, de expectación. Tragedia, después. El desmorone de la esperanza que supuso el asesinato de la familia imperial. La determinación de la venganza, postergada por la frustración ante la certeza de la derrota.

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Y, por fin, la huida. La vergonzante evacuación de Crimea junto al séquito del general Wrangel. 126 barcos transportando a 150.000 exiliados. Con ellos viajaba, o al menos así lo oyó, el semental imperial del zar. Un caballo sin jinete acompañando a un pueblo que había perdido su patria.

De joven llegó a aspirar, como tantos rusos de su época, en retomar Constantinopla para la cristiandad, blandiendo la enseña de la Rusia eterna en las puertas de una rebautizada “Zarigrado”. Nunca hubiera imaginado, desde luego, que desembarcaría de ese modo en Estambul, en medio de un ejército de desarrapados y miserables refugiados. Algunos tan famélicos que llegaban a descolgar desde los ojos de buey, atados con una cuerda, sus anillos de boda y otras alhajas hasta los botes de los comerciantes griegos, como pago por un trozo de pan y algo de agua.

Resultó desolador ser testigo de la disolución de aquel inmenso contingente en la vastedad de la urbe. Cada cual se buscó la vida como mejor supo o pudo, cobijándose muchos en los establos de los palacetes o en prostíbulos de mala muerte o, los más afortunados, en los hoteluchos del puerto de Gálata. Sergei y Silvie pasaron aquellos meses en el Pera Palace, observando el mundo desmoronarse antes sus ojos.

Miles de veteranos del ejército blanco pululaban por las calles, pareciendo otro cuerpo de ocupación más, entre británicos, franceses e italianos. Desnutridos y demacrados, faltos de mando y rumbo, llegaron a amenazar con tomar la ciudad. Meses después, algunos contribuyeron a la coronación de Reza Kan, el primer Pahlavi, como máxima autoridad en Irán. Pero los más acabaron siendo acuartelados en campamentos del ejército francés en Lemnos, Catalca y los Dardanelos.

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Poco podía esperar Wyrubov de esos hombres desmoralizados, caídos en el desorden en la vorágine de la espantada. Menos aún se fio del constituido Consejo Ruso, un gobierno en el exilio que nació muerto a pesar de mantener durante un tiempo una ilusoria administración desde la embajada de la Grande Rue. Demasiada corrupción, demasiado caos.

Varias veces intentó elevar su voz ante ese pretendido Gobierno de juguete. Un ejecutivo inoperante de antiguos burócratas desdeñosos, arribistas de postín y criminales encorbatados. Las sugerencias, más tarde ruegos, del viejo Bogatir chocaban contra el muro de indiferencia alzado por la camarilla de corruptos. La firme determinación de Wyrubov, verbalizando con vehemencia una convicción en la victoria final que se negaba a justificar con argumentos, se interpretaba en el Consejo como el griterío exaltado de un demente iluminado, senilmente incapaz de afrontar la realidad de la derrota.

Tildado de loco, denostado por su bando, languidecía un Wyrubov más aislado que nunca. Guardián de un fabuloso tesoro del que, paradójicamente, no podía gozar y mucho menos emplear en la finalidad para la que le había sido confiado. Pues, ¿a quién podía hacer partícipe de su existencia sin correr el riesgo de ser traicionado?

Si una desconfianza instintiva lo había aconsejado a guardar el secreto en Crimea, mayor suspicacia sentía ahora que reinaba la máxima del “sálvese quien pueda”. Se encontraba inmovilizado, víctima de una disyuntiva imposible. Hubo de ser Silvie quien, tras un respetuoso circunloquio, suplicase al viejo caballero la búsqueda de alianzas antes de que su mente sucumbiera a un ostracismo paranoide. Sergei consintió, no había alternativa, y buscó la aquiescencia del único hombre que se había probado leal a la causa con su misma fervorosa entrega: el combatiente báltico Piotr Wrangel.

Continuará…

SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (y V)

La noche anterior a la llegada del destronado Nicolás a su hogar, ella durmió cerca de la Sala Malva. Los criados se habían afanado en decorar los ventanales con los últimos ramos de lilas que aún preservaban un ápice de frescura. Hacía días que se había cortado el suministro de flores frescas y, al amanecer, las flores moribundas parecieron exhalar su último aliento perfumado. La fragancia de la primavera abandonó el boudoir para dar paso al gélido invierno, que traía consigo el corrompido hedor de la chusma.

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Tal vez acabara su historia con la última conversación que mantuvo con Alejandra Feodorovna el mismo día que le reclamó un último servicio al Estado. Omitiría, claro está, toda alusión al paquete que su reina le pidió transportar hasta el sur, más allá de su añorada Revovka. Silvie había rogado, compungida por el dolor, que no la pidiera alejarse de la familia real ahora.

No podía concebir un futuro que no caminase por la misma senda que el de su amiga. En última instancia, constataba con rabia que el Palacio y los habitantes que moraban allí constituían todo su mundo. La emperatriz zanjó el asunto con un ademán autoritario, ordenando a Sven que se reportara. Cuando aceptó su nuevo cometido, la reina dulcificó el rostro y la besó en ambas mejillas.

Silvie, ma petite Silvie. Tu sais bien que I’homme propose et Dieu dispose.

-Pero, mi señora, ¿qué será de vos? ¿Y las niñas? ¿Y el zarevitch? Sois todo cuanto tengo. No podré vivir pensando que os dejo aquí a merced de los revolucionarios.

-Es a través del sufrimiento que somos purificados para entrar en el cielo. Esta despedida, mi querida amiga, significa bien poco ante mi convencimiento de que, muy pronto, nos encontraremos en otro mundo.

Silvie acogió el críptico mensaje de la emperatriz con un confuso temor. Hasta ese momento, no había albergado la menor duda de que el nuevo orden surgido al calor de los acontecimientos de febrero tenía sus días contados y, por consiguiente, de que cualquier separación de la corte sería meramente coyuntural.

Sin embargo, cuando dirigió su última y triste mirada hacia la familia cautiva que había salido de Palacio a despedirla, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Una voz que no pudo alejar de su interior le dijo que jamás volvería a verlos. Así, portadora de un tesoro digno de reyes, emprendió el camino hacia Beletskovka y, de ahí, a Odessa donde una nueva vida le aguardaba. Una vida de exilio y secretismo forzado por la palabra dada a una muerta. En cualquier caso, Silvie Sven jamás aceptaría la derrota mientras siguiera en vigor el juramento de lealtad que la ataba a sus fantasmas.

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El cielo sobre Budapest adquirió un tono morado al tiempo que se compactaba como una masa de ganga opalescente. Afortunadamente, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer en el mismo momento en que el coche se detuvo frente a las puertas de acceso a Nyugati. Silvie aguardó sentada, protegida por el toldo del vehículo, a que el conductor llegara acompañado por un mozo que se hiciera cargo del equipaje. Luego, le pagó generosamente y se adentró en la atmósfera guateada de la estación, a tiempo de librarse de la tormenta que se desencadenó en el exterior.

El Orient Express llevaba unos minutos descansando su recalentado engranaje, atracado junto a uno de los andenes. Justo a tiempo. Pasó por los trámites de rigor y, por fin, escaló esforzadamente los tres peldaños del alto estribo, lista para emprender un nuevo viaje.

SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (IV)

Aquella jornada, Cupido la atravesó con dos flechas pues encontró un marido y una amiga a quienes amar. Curiosamente, desde el primer momento sintió una halo de tragedia envolviendo a estas dos personas, alrededor de cuyo eje orbitarían sus próximos años. Fue éste un presentimiento que caló muy hondo en la joven Silvie y habría de probarse certero, pues ambos encontrarían una muerte violenta y temprana.

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En su condición de Guardia Personal del emperador, Karl Sven y su recién estrenada esposa hubieron de mudarse a Tsarkoe Selo con lo que Silvie entraba, de facto, a compartir la vida en la corte. Allí cimentaría su amistad con la familia real y, muy especialmente, con la zarina.

Fueron los años más felices de su vida. Tardes de ballet y noches en el Theatre Français. Fastuosas cenas en el restaurante Cuba o en L’ours, donde la orquesta rumana amenizaba las horas de asueto. Vida mundana en los bazares de caridad que se organizaban en la Assemblee de la Noblesse, donde se subastaban las baratijas sobrantes de los sang azur en beneficio de los pobres. Largas horas de shopping en Druce’s para abastecerse de vestidos, perfumes y jabones ingleses. Todo lo británico era bueno e, incluso, se puso de moda contratar institutrices inglesas en lugar de las habituales alemanas. En la corte, se oía hablar ya tanto inglés como francés. Todo por influencia de su amiga Alejandra Feodorovna. ¿Cómo pudieron, pues, los sembradores de cizaña acusarla de pro-germanismo una vez entraron en guerra?

Aún le enervaban las absurdas calumnias que hubo de soportar su reina tanto en vida como incluso muerta. Aquellos delirantes rumores de orgiásticas bacanales orquestadas por Rasputín, los habladurías sobre Tsarkoe Selo convertido en un nido de espías alemanes. Patrañas y embustes que ahora decoraban los libros de historia. Cuánta inquina hubo de soportar su reina mártir. Y, sin embargo, durante sus años en Palacio ella sólo fue testigo del devenir de una mujer amante de sus hijos y de su esposo. Temerosa de Dios, sobria, tímida, estoica, conservadora, detestaba el esnobismo que aparejaba la modernidad y los excesos de la alta nobleza peterburguesa. Cuánto hubiera deseado Silvie desmitificar públicamente la imagen de su amiga. Tal vez estaba a tiempo de hacerlo.

Podía contar la sencillez de aquella vida en famille, de sus tardes de té al calor del hogar, de las partidas de Halma que jugaba con la emperatriz, de su mal perder en el juego, de su gusto por tocar el piano para ella, del emperador jugando al dominó, de las gran duquesas atareadas alrededor de un puzzle, de los correteos y jugarretas del zarevitch. Recordaría las charlas cómplices de dos buenas amigas en el boudoir de la emperatriz. Las horas de dicha simplemente sentadas en las sillas Heppelwaite del Cabinet Mauve, rodeadas de la fragancia de ramos y ramos de lirios de los valles, traídos especialmente de la Riviera. Y, por fin, como un lobo acechando en la noche llegó la guerra. Y, con ella, la destrucción de todos los pilares sobre los que había edificado su vida.

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Estaba moralmente obligada a restituir la dignidad de la mujer que la consoló tras la muerte de su esposo en combate, sirviendo a la flota de Essen. Y, sobre todo, debía contar las agónicas horas vividas en Palacio tras el estallido de la revolución. La impía degradación que corroyó la mente del pueblo ruso. El petulante trato recibido por los monarcas que tanto amor profesaron por sus súbditos. Las lágrimas vertidas el día en que el gran duque Pablo informó a la zarina de la abdicación de su esposo. Las palabras que salieron de sus trémulos labios cuando la hizo partícipe de la infausta noticia. Qué hombre, de considerarse cristiano, no absolvería ante la Historia a una mujer que temblaba por el destino de su marido, que moría de preocupación por la seguridad de sus hijos.

Abdique! – sollozó ante Silvie –. Le Pauvre… tout seul la bas… et passe… oh, mon Dieu, par quoi il a passe! Et je ne puis pas etre pres de lui pour le consoler.

Madame, tres chere Madame – la acarició su amiga, que ya sabía lo que significaba perder a su compañero – il faut avoir du courage.

Mon Dieu – repetía la zarina, una y otra vez –, que c’est penible… Tout seul la bas!

Silvie lloró con ella, dejándose estrechar por los brazos de la corpulenta mujer. Y, al pensar en su querido Karl, se armó de valor para decir: Mais Madame – au nom de Dieu – il vit!!

-Sí – respondió la emperatriz –. Él vive.

Continuará…