LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (I)

Silvie Sven y Sergei Wyrubov se encontraran por vez primera en el andén de las estación de Sevastopol. A ese primer encuentro le siguieron casi tres años de cabalgada a lomos de la guerra. Meses de ilusión, de impaciencia, de expectación. Tragedia, después. El desmorone de la esperanza que supuso el asesinato de la familia imperial. La determinación de la venganza, postergada por la frustración ante la certeza de la derrota.

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Y, por fin, la huida. La vergonzante evacuación de Crimea junto al séquito del general Wrangel. 126 barcos transportando a 150.000 exiliados. Con ellos viajaba, o al menos así lo oyó, el semental imperial del zar. Un caballo sin jinete acompañando a un pueblo que había perdido su patria.

De joven llegó a aspirar, como tantos rusos de su época, en retomar Constantinopla para la cristiandad, blandiendo la enseña de la Rusia eterna en las puertas de una rebautizada “Zarigrado”. Nunca hubiera imaginado, desde luego, que desembarcaría de ese modo en Estambul, en medio de un ejército de desarrapados y miserables refugiados. Algunos tan famélicos que llegaban a descolgar desde los ojos de buey, atados con una cuerda, sus anillos de boda y otras alhajas hasta los botes de los comerciantes griegos, como pago por un trozo de pan y algo de agua.

Resultó desolador ser testigo de la disolución de aquel inmenso contingente en la vastedad de la urbe. Cada cual se buscó la vida como mejor supo o pudo, cobijándose muchos en los establos de los palacetes o en prostíbulos de mala muerte o, los más afortunados, en los hoteluchos del puerto de Gálata. Sergei y Silvie pasaron aquellos meses en el Pera Palace, observando el mundo desmoronarse antes sus ojos.

Miles de veteranos del ejército blanco pululaban por las calles, pareciendo otro cuerpo de ocupación más, entre británicos, franceses e italianos. Desnutridos y demacrados, faltos de mando y rumbo, llegaron a amenazar con tomar la ciudad. Meses después, algunos contribuyeron a la coronación de Reza Kan, el primer Pahlavi, como máxima autoridad en Irán. Pero los más acabaron siendo acuartelados en campamentos del ejército francés en Lemnos, Catalca y los Dardanelos.

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Poco podía esperar Wyrubov de esos hombres desmoralizados, caídos en el desorden en la vorágine de la espantada. Menos aún se fio del constituido Consejo Ruso, un gobierno en el exilio que nació muerto a pesar de mantener durante un tiempo una ilusoria administración desde la embajada de la Grande Rue. Demasiada corrupción, demasiado caos.

Varias veces intentó elevar su voz ante ese pretendido Gobierno de juguete. Un ejecutivo inoperante de antiguos burócratas desdeñosos, arribistas de postín y criminales encorbatados. Las sugerencias, más tarde ruegos, del viejo Bogatir chocaban contra el muro de indiferencia alzado por la camarilla de corruptos. La firme determinación de Wyrubov, verbalizando con vehemencia una convicción en la victoria final que se negaba a justificar con argumentos, se interpretaba en el Consejo como el griterío exaltado de un demente iluminado, senilmente incapaz de afrontar la realidad de la derrota.

Tildado de loco, denostado por su bando, languidecía un Wyrubov más aislado que nunca. Guardián de un fabuloso tesoro del que, paradójicamente, no podía gozar y mucho menos emplear en la finalidad para la que le había sido confiado. Pues, ¿a quién podía hacer partícipe de su existencia sin correr el riesgo de ser traicionado?

Si una desconfianza instintiva lo había aconsejado a guardar el secreto en Crimea, mayor suspicacia sentía ahora que reinaba la máxima del “sálvese quien pueda”. Se encontraba inmovilizado, víctima de una disyuntiva imposible. Hubo de ser Silvie quien, tras un respetuoso circunloquio, suplicase al viejo caballero la búsqueda de alianzas antes de que su mente sucumbiera a un ostracismo paranoide. Sergei consintió, no había alternativa, y buscó la aquiescencia del único hombre que se había probado leal a la causa con su misma fervorosa entrega: el combatiente báltico Piotr Wrangel.

Continuará…

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SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (y V)

La noche anterior a la llegada del destronado Nicolás a su hogar, ella durmió cerca de la Sala Malva. Los criados se habían afanado en decorar los ventanales con los últimos ramos de lilas que aún preservaban un ápice de frescura. Hacía días que se había cortado el suministro de flores frescas y, al amanecer, las flores moribundas parecieron exhalar su último aliento perfumado. La fragancia de la primavera abandonó el boudoir para dar paso al gélido invierno, que traía consigo el corrompido hedor de la chusma.

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Tal vez acabara su historia con la última conversación que mantuvo con Alejandra Feodorovna el mismo día que le reclamó un último servicio al Estado. Omitiría, claro está, toda alusión al paquete que su reina le pidió transportar hasta el sur, más allá de su añorada Revovka. Silvie había rogado, compungida por el dolor, que no la pidiera alejarse de la familia real ahora.

No podía concebir un futuro que no caminase por la misma senda que el de su amiga. En última instancia, constataba con rabia que el Palacio y los habitantes que moraban allí constituían todo su mundo. La emperatriz zanjó el asunto con un ademán autoritario, ordenando a Sven que se reportara. Cuando aceptó su nuevo cometido, la reina dulcificó el rostro y la besó en ambas mejillas.

Silvie, ma petite Silvie. Tu sais bien que I’homme propose et Dieu dispose.

-Pero, mi señora, ¿qué será de vos? ¿Y las niñas? ¿Y el zarevitch? Sois todo cuanto tengo. No podré vivir pensando que os dejo aquí a merced de los revolucionarios.

-Es a través del sufrimiento que somos purificados para entrar en el cielo. Esta despedida, mi querida amiga, significa bien poco ante mi convencimiento de que, muy pronto, nos encontraremos en otro mundo.

Silvie acogió el críptico mensaje de la emperatriz con un confuso temor. Hasta ese momento, no había albergado la menor duda de que el nuevo orden surgido al calor de los acontecimientos de febrero tenía sus días contados y, por consiguiente, de que cualquier separación de la corte sería meramente coyuntural.

Sin embargo, cuando dirigió su última y triste mirada hacia la familia cautiva que había salido de Palacio a despedirla, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Una voz que no pudo alejar de su interior le dijo que jamás volvería a verlos. Así, portadora de un tesoro digno de reyes, emprendió el camino hacia Beletskovka y, de ahí, a Odessa donde una nueva vida le aguardaba. Una vida de exilio y secretismo forzado por la palabra dada a una muerta. En cualquier caso, Silvie Sven jamás aceptaría la derrota mientras siguiera en vigor el juramento de lealtad que la ataba a sus fantasmas.

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El cielo sobre Budapest adquirió un tono morado al tiempo que se compactaba como una masa de ganga opalescente. Afortunadamente, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer en el mismo momento en que el coche se detuvo frente a las puertas de acceso a Nyugati. Silvie aguardó sentada, protegida por el toldo del vehículo, a que el conductor llegara acompañado por un mozo que se hiciera cargo del equipaje. Luego, le pagó generosamente y se adentró en la atmósfera guateada de la estación, a tiempo de librarse de la tormenta que se desencadenó en el exterior.

El Orient Express llevaba unos minutos descansando su recalentado engranaje, atracado junto a uno de los andenes. Justo a tiempo. Pasó por los trámites de rigor y, por fin, escaló esforzadamente los tres peldaños del alto estribo, lista para emprender un nuevo viaje.

SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (IV)

Aquella jornada, Cupido la atravesó con dos flechas pues encontró un marido y una amiga a quienes amar. Curiosamente, desde el primer momento sintió una halo de tragedia envolviendo a estas dos personas, alrededor de cuyo eje orbitarían sus próximos años. Fue éste un presentimiento que caló muy hondo en la joven Silvie y habría de probarse certero, pues ambos encontrarían una muerte violenta y temprana.

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En su condición de Guardia Personal del emperador, Karl Sven y su recién estrenada esposa hubieron de mudarse a Tsarkoe Selo con lo que Silvie entraba, de facto, a compartir la vida en la corte. Allí cimentaría su amistad con la familia real y, muy especialmente, con la zarina.

Fueron los años más felices de su vida. Tardes de ballet y noches en el Theatre Français. Fastuosas cenas en el restaurante Cuba o en L’ours, donde la orquesta rumana amenizaba las horas de asueto. Vida mundana en los bazares de caridad que se organizaban en la Assemblee de la Noblesse, donde se subastaban las baratijas sobrantes de los sang azur en beneficio de los pobres. Largas horas de shopping en Druce’s para abastecerse de vestidos, perfumes y jabones ingleses. Todo lo británico era bueno e, incluso, se puso de moda contratar institutrices inglesas en lugar de las habituales alemanas. En la corte, se oía hablar ya tanto inglés como francés. Todo por influencia de su amiga Alejandra Feodorovna. ¿Cómo pudieron, pues, los sembradores de cizaña acusarla de pro-germanismo una vez entraron en guerra?

Aún le enervaban las absurdas calumnias que hubo de soportar su reina tanto en vida como incluso muerta. Aquellos delirantes rumores de orgiásticas bacanales orquestadas por Rasputín, los habladurías sobre Tsarkoe Selo convertido en un nido de espías alemanes. Patrañas y embustes que ahora decoraban los libros de historia. Cuánta inquina hubo de soportar su reina mártir. Y, sin embargo, durante sus años en Palacio ella sólo fue testigo del devenir de una mujer amante de sus hijos y de su esposo. Temerosa de Dios, sobria, tímida, estoica, conservadora, detestaba el esnobismo que aparejaba la modernidad y los excesos de la alta nobleza peterburguesa. Cuánto hubiera deseado Silvie desmitificar públicamente la imagen de su amiga. Tal vez estaba a tiempo de hacerlo.

Podía contar la sencillez de aquella vida en famille, de sus tardes de té al calor del hogar, de las partidas de Halma que jugaba con la emperatriz, de su mal perder en el juego, de su gusto por tocar el piano para ella, del emperador jugando al dominó, de las gran duquesas atareadas alrededor de un puzzle, de los correteos y jugarretas del zarevitch. Recordaría las charlas cómplices de dos buenas amigas en el boudoir de la emperatriz. Las horas de dicha simplemente sentadas en las sillas Heppelwaite del Cabinet Mauve, rodeadas de la fragancia de ramos y ramos de lirios de los valles, traídos especialmente de la Riviera. Y, por fin, como un lobo acechando en la noche llegó la guerra. Y, con ella, la destrucción de todos los pilares sobre los que había edificado su vida.

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Estaba moralmente obligada a restituir la dignidad de la mujer que la consoló tras la muerte de su esposo en combate, sirviendo a la flota de Essen. Y, sobre todo, debía contar las agónicas horas vividas en Palacio tras el estallido de la revolución. La impía degradación que corroyó la mente del pueblo ruso. El petulante trato recibido por los monarcas que tanto amor profesaron por sus súbditos. Las lágrimas vertidas el día en que el gran duque Pablo informó a la zarina de la abdicación de su esposo. Las palabras que salieron de sus trémulos labios cuando la hizo partícipe de la infausta noticia. Qué hombre, de considerarse cristiano, no absolvería ante la Historia a una mujer que temblaba por el destino de su marido, que moría de preocupación por la seguridad de sus hijos.

Abdique! – sollozó ante Silvie –. Le Pauvre… tout seul la bas… et passe… oh, mon Dieu, par quoi il a passe! Et je ne puis pas etre pres de lui pour le consoler.

Madame, tres chere Madame – la acarició su amiga, que ya sabía lo que significaba perder a su compañero – il faut avoir du courage.

Mon Dieu – repetía la zarina, una y otra vez –, que c’est penible… Tout seul la bas!

Silvie lloró con ella, dejándose estrechar por los brazos de la corpulenta mujer. Y, al pensar en su querido Karl, se armó de valor para decir: Mais Madame – au nom de Dieu – il vit!!

-Sí – respondió la emperatriz –. Él vive.

Continuará…

SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (III)

Pero también había tiempo para la participación activa, al abrigo la luz del sol en fechas señaladas. Como el peregrinaje anual al convento de Tchigrin, a unas 25 millas de Revovka. La tradición mandaba que la parada se hiciera a pie pero siempre les acababa acompañando un carruaje para aligerar la pesadez del camino. El convento albergaba a una virgen que fue secuestrada por los turcos cuando estos devastaron la región. Los lugareños aseguraban que, cierto día, una joven encontró a la virgen flotando en el río. Fue devuelta a lugar sagrado y, desde entonces, toda clase de maravillosos milagros tuvieron lugar en el país. Sortilegios y fábulas que despertaron la imaginación de las buenas gentes de Tchilgrin.

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Pobres campesinos ignorantes, de mentes obtusas y cerradas a la educación. Cuán dependientes serían siempre de la tutela y cuidado de sus señores. Cuánto amor mutuo se profesaban los unos a los otros. Un amor espiritual, que no carnal, semejante al que siente el sacerdote hacia Dios. Aquel acepta y preconiza, como servidor, la ley de éste en base a un contrato sellado con amor incondicional. Mientras el fuego de la fe sea alimentado, el siervo servirá y la deidad  tendrá justificada su existencia – pensaba Silvie.

Sin embargo, esta simple ecuación que ella creía inalterable demostró su fragilidad en el momento en que unos vieron resquebrajada su fe con la llegada de una nueva religión que les reveló la letra pequeña del contrato. El nuevo credo voló hacia la plebe, como no podía ser de otra manera, con las alas de la revolución. Jamás olvidaría las vacaciones que pasó en la casa de su tio de Livadia en el verano de 1905. Respondiendo a la llamada de la aventura, se lanzó junto con sus primos a explorar las ruinas abandonas del castillo de Orianda, que fuera propiedad del duque Constantino. Se dejaron engullir por los crípticos pasadizos subterráneos en busca del gran misterio. Superado el miedo inicial a la oscuridad, se adentraron más y más en el laberíntico entramado de túneles hasta que apercibieron una luz tenue desde la que partían voces de ultratumba. Convencidos de que se encontraban en la antesala del infierno, retrocedieron despavoridos.

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Silvie decidió confesar la diablura a su tío quien, intrigado por el relato de los críos, puso sobre aviso a las autoridades. Cuál fue la sorpresa de los agentes al descubrir en las entrañas del castillo la imprenta que empleaban los revolucionarios para generar su diabólica propaganda. A pesar de la amonestación que recibió, Silvie se vio también recompensada por un guiño aprobatorio por parte del capitán de policía de Odessa. Ella sola había abortado la conspiración revolucionaria. Aunque jamás hubiera podido imaginar que aquella anécdota de juventud habría de repetirse, a una escala bien diferente, en un futuro no tan lejano. Crimea había contemplado el nacimiento de una vocación.

Pero antes había de hacerse mujer y confrontar su destino. Para ello, partió hacia la corte de Petrogrado. Allí debía contraer matrimonio con el capitán Sven, un veterano oficial de ascendencia sueca que había ganado cierta notoriedad en la guerra de los Boxers destripando asiáticos en beneficio de la presencia europea en China. A su regreso a la capital, el emperador lo nombró oficial de Standard, su yate privado. El joven y apuesto militar la recibió en la estación de Peterjov. El iba engalanado como un húsar de permiso, ella resplandecía en su vestido blanco de Bressac’s. Fueron en carruaje hasta el Jardín de Invierno del Palacio Alejandro, donde el príncipe Golitzin les hizo de anfitrión y condujo, finalmente, ante la emperatriz.

Continuará…

SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (II)

Mercader exitosa, intrigante política o traficante de drogas. Verdaderamente, Silvie Sven no concedía especial relevancia a los títulos. Había renegado de tantos… y hecho ostentación de tantos otros. Ahora, ubicada por el azar y la iniquidad de la historia en el centro de una rocambolesca espiral de confusión, tan sólo podía aferrarse con la totalidad de sus fuerzas al sueño imposible de un chiquillo, a la esperanza de un loco. ¿De qué otra manera podía afrontar, si no, el otoño de una vida que había comenzado con la materialización de sus peores pesadillas? Si aún encontraba un atisbo de ilusión en su existencia, se encontraba precisamente en el cumplimiento ciego del voto de obediencia que prestara en aquella lejana primavera de 1917.

Cuando el reloj se aproximaba a anunciar el mediodía, se levantó del bureau habiendo dejado listo el siempre incómodo papeleo, asió la maleta que tenía preparada desde la víspera y abandonó la casa sin despedirse del escaso personal que pululaba en la planta baja. Un coche de caballos la esperaba en el exterior. Había calculado certeramente que disponía de tiempo suficiente para un cómodo paseo antes de tomar su tren. Anhelaba mecerse, ausente de prisas, al son de los cascos de los caballos. Acurrucada en el cuero manoseado, enfiló la pendiente empedrada hasta el puente de las Cadenas.

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Cruzó el río agazapada tras la idea de que tan imposible resultaba congelar el tiempo como detener el infinito fluir del Danubio. Su corriente arrastraría siempre con insultante desdén el producto de la barbarie y la sinrazón, a sabiendas de que la constante renovación de sus aguas lo haría salir incólume de las locuras pasajeras de los hombres. Su inquieto verdor siempre estaría allí, bien como testigo bien como involuntario protagonista del devenir de la Historia.

El conductor anunció con voz grave y automática la entrada en Andrássy út, ignorante de que su pasajera no era una turista primeriza y de que por sus venas corría orgullosa sangre magyar. Ella estaba más que familiarizada con el Art Nouveau de aquellas calles, la tan característica arquitectura de Secesión que jalonaba los hermosos bulevares de Pest. De niña había recorrido una y otra vez sus curvas sinuosas, advertido sus formas asimétricas e impreso sus huellas en los coloridos azulejos. En los atardeceres de primavera, estos destellaban como estrellas nacaradas en medio de un cielo de refinamiento y elegancia barroca. Contemplaba desde la nostalgia la ecléctica distribución de edificios neoclásicos y construcciones tradicionales. Cada uno mostraba a quien quisiera ver alguna escena alegórica de hechos pasados o algún motivo popular de significado arcano. El ojo entrenado podía detenerse en tal cerámica Zsolnay y, con suerte, dejarse trasladar a una decimonónica velada real, entre libreas, vestidos imperio, chismorreos y uniformes de gala.

Una suerte de detonación eléctrica en su interior la condujo, inevitablemente, a sus días de infancia en las tierras que la emperatriz Petrovna cedió a su antepasado húngaro, el coronel Horvat, en pago a su tarea de colonización del Dnieper. Del vasto territorio de la Pequeña Rusia que una vez fuera propiedad de su familia, quedaban únicamente, al nacimiento de Silvie, el chateau de Revovka y unos cientos de hectáreas alrededor. En ellas venían incluidas, desde luego, los lugareños que, en calidad de siervos, moraban en ellas.

En las brumas de su maltrecha memoria, recordaba Revovka como una preciosa casona de cuento de hadas a la que se accedía por una avenida surcada de limoneros. Si su olfato aún retenía su dulce fragancia, en sus oídos todavía resonaba el cantar de los ruiseñores. Aquellos fueron días felices de juego y despertar a una vida de comodidades y prosperidad exclusiva de su clase. Muy cerca, a pocos centenares metros, se encontraba el pueblo de Revovka, conformado por una iglesia donde reposaban sus ancestros y una decena de calles floreadas, salpicadas de humildes casitas de campo, con sus techados de junco y paja, que los abnegados mujiks se afanaban en enjalbegar cada día.

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La vida en Revovka transcurría con la placidez y seguridad que confieren el saberse dueño del tiempo. Un tiempo que su familia, como nobles señores de aquellas tierras, había congelado en un idílico medioevo. Protectores y condescendientes para con sus vasallos que, en retribución, se deslomaban agradecidos en las labores del campo. Tal era el orden natural de las cosas.

En su adolescencia, Silvie pronto descubrió en sí una particular querencia hacia las tradiciones rurales de aquellas simples gentes. La devoción religiosa, rayana en el misticismo más irracional, que manifestaban en sus ceremonias era objeto de su maternal aprobación. Gustaba de asistir a aquellas celebraciones – siempre como testigo desde la prudente distancia – atraída también por el latente paganismo que salía a relucir cuando tal o cual festejo se desmadraba en razón de la noche y el alcohol. Entonces sentía una mezcla de pavor y excitación sexual, a los que cerraba la puerta retornando asustadiza al regazo de su madre.

Continuará…

SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA

Dentro de su revisitación de los principales actores de La Estrella de Samarcanda, El Despertar se complace en presentar la historia oculta de Silvie Sven, mano derecha de Sergei Wyrubov y, al igual que él, personaje basado en una figura histórica. En este caso, se trata de Lili Dehn, consorte de la última zarina y que, tras el triunfo de la revolución de 1917, dedicó buena parte de su vida a vindicar el (¿buen?) nombre de su emperatriz.

Confieso que, más allá de diferencias ideológicas, siento un cariño especial por esta menuda mujer de inmenso carácter a la que los avatares de la Historia (con mayúscula) empujaron a una vida de aventura y riesgo. He aquí su historia (con minúscula) rememorada por ella misma durante las horas previas a su fatídico embarque en el Orient Express:

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Abrió los ojos poco antes de que amaneciera, tal y como acostumbraba. Por algo llevaba casi veinte años paseándose por la vida como un espectro sonámbulo. No encontraba ya refugio en el sueño, tierra propicia para el despertar de recuerdos dolorosos. Para ella la noche constituía un trámite incómodo pero inevitable, una Via Dolorosa interior que sólo concluía con las primeras luces del alba. Era entonces, en el solaz diurno, cuando podía relegar la contemplación y la soledad de la noche por el método y rigor de las tareas mundanas.

Apartó la manta y las sábanas adamascadas que la cubrían y se levantó de la cama en dos tiempos. Alargó el brazo dolorosamente para encender las luces de la araña de cristal de Bohemia. Se encontraba cansada, muy cansada. Bajo la luz mortecina, contempló la parte de sus pantorrillas que no cubría su mauve peignoir y se compadeció de sí misma. La piel arrugada que recubría su renqueante osamenta parecía una funda gastada a punto de desprenderse. Se echó las manos al lumbar, estirando la columna como si quisiera romperla. El cuerpo exhausto reaccionó con un aullido lacerante pero insonoro. Recordó que una vez fue bella y, el hecho de que aún no hubiera cumplido los cincuenta, no contribuía precisamente a aceptar de buen grado que ya no lo era.

Se calzó los pies y caminó pesadamente hasta la cómoda en busca de sus cigarrillos. Encendió uno, dando una larga bocanada del tabaco turco. Exhaló el humo y tosió arrítmicamente. Más calmada, apartó las pesadas cortinas de rojo organdí y abrió las puertas que daban acceso a la balconada. Recibió con un escalofrío de satisfacción el chorro de aire frío que le brindó el otoño húngaro. Aun así, no se arriesgó a salir al exterior sin antes cubrirse con su salto de cama de moaré. Cruzó el empedrado hasta la balaustrada sobre la que se arrellanó para contemplar el despertar de la ciudad.

Aparentemente, la Budapest que tenía frente a sí no difería mucho de la que conoció años antes, cuando presumía de ser la segunda capital de un imperio bicéfalo. Cierto que, tras la guerra, los bolcheviques de Béla Kun (casualmente, había llegado a sus oídos que el miserable rojo había sido ejecutado por el mismísimo Stalin; un acto de justicia divina, no cabía duda) intentaron reproducir en Hungría la apestosa revolución que con tanto éxito ensayaran en su amada Rusia. Pero, afortunadamente, los soviets magiares fueron borrados del mapa. Los fracasos del comunismo en sus intentonas de extenderse como una voraz mancha de aceite a lo largo del continente encorajinaban el corazón de Silvie Sven. Sabía que Rusia era diferente, una nación de extremos nunca integrada del todo en Europa. Pero mantenía la esperanza de que el cáncer rojo, constreñido en el interior de las fronteras de su añorada patria, acabara extinguiéndose por falta de apoyos.

Era igualmente cierto que la derrota del comunismo en centro Europa no había conllevado la vuelta al antiguo orden. No, la guerra se había encargado de cambiar la faz del continente, de desterrar – ¿para siempre? – las ancestrales monarquías que dirigieran, bajo la tutela de Dios, las vidas de millones de personas. Aquí, Horthy había frenado la marea revolucionaria. Sí, pero a qué precio. Como alguien había dicho o diría más adelante, al precio de instaurar un reino sin rey, gobernado por un regente que no era sino un almirante en un país sin salida al mar.

Sven liberó su mente de elucubraciones y dudas. Tenía una misión que llevar a cabo, una tarea que le encomendara la que fue su amiga y reina. Una mujer a la que había prestado juramento de obediencia eterna, por encima de la vida y de la muerte. Muerte que se la había llevado de la forma más cruel junto a toda su familia en una infame ciudad siberiana. Así lo habían recogido todas las crónicas. Así se anunció la sangrienta ejecución de Alejandra Feodorovna, su esposo Nicolás y todos sus hijos. Se debía en cuerpo y alma a su memoria. Nada ni nadie impediría que cumpliera con obediencia ciega su último encargo.

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Retornó a la habitación, ya inundada por la tenue luz de una mañana brumosa, y se dispuso a organizarse para la marcha. Se preparó ella misma un reconfortante baño caliente, que prolongó hasta que el servicio entró en activo. Eligió vestirse con un discreto traje sastre que se enjaretó con un cinturón a fin de ceñirlo a su anatomía enclenque. Invirtió varios minutos en domar su larga cabellera cana que acabó recogiendo en un moño. Más difícil fue camuflar sus arrugas e imperfecciones faciales tras una capa de maquillaje del que procuraba no abusar.

Para finalizar, se perfumó concienzudamente con White Rose de Atkinson, otro de los usos que tomara prestados de su zarina. Aún recordaba sus palabras al calificar el precioso contenido de la botellita de cristal: “limpio como perfume, infinitamente dulce como eau-de-toillette”. Limpio, dulce, epítetos que ya apenas usaba.

Por fin, relativamente satisfecha con el resultado obtenido, demandó de la cocina un desayuno a la anglaise, a los que también se había acostumbrado en Tsarkoe Selo, una corte anglicanizada en sus hábitos por la emperatriz nieta de la reina Victoria. Pasó el resto de la mañana despachando correspondencia, rellenando toda clase de informes comerciales y firmando facturas. Al fin y al cabo, llevaba una semana hospedada en la lujosa mansión neoclásica que, desde lo alto de la colina del Castillo de Buda, servía de delegación centroeuropea de la firma Yildiz. Todo un emporio comercial dedicado a la exportación de tabaco turco, y puesto en pie – de la noche a la mañana – por un impenetrable grupo de exiliados rusos en Estambul.

Poco se conocía acerca de los propietarios de tan lucrativo negocio. Tan sólo que, a diferencia de la mayor parte de la comunidad ruso-blanca que languidecía en la ciudad sin rumbo ni futuro, estos hacían alarde de una discreción justificada por la rápida acumulación de riqueza y la consiguiente necesidad de mantener este éxito oculto a los ojos de la opinión pública. Mucho menos se sabía de los entresijos de la empresa, camuflados por una opacidad rayana en la paranoia. Las malas lenguas rezaban que la Yildiz no era sino una fachada para el tráfico de opio a gran escala desde el lejano Oriente hasta los puertos del Mediterráneo.

 

SERGEI WYRUBOV, LA HISTORIA YA CONTADA (y V)

Poco podía imaginar entonces que el reducido grupo que le anunciara en su carta Alejandra Feodorovna, congregado a orillas del Mar Negro, se convertiría en el último vestigio de los Romanov. Meses después les llegaron las noticias del traslado de la familia imperial a Ekaterimburgo y, para mayor horror de tan singulares exiliados, el fusilamiento de los prisioneros.
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Finalmente, a los soldados rusos les resultó sencillo alzar sus fusiles para dar muerte a un símbolo que ya no era más que un cadáver del pasado. La reina y el rey habían caído. Y para él, inútil alfil de una partida perdida de antemano, sólo quedaba el recuerdo de la deshecha emulsión de su vida entre la aristocracia y la tarea de llevar a cabo una misión sin objeto.

La guerra civil dio comienzo sin contar con Wyrubov, que sólo veía a los paladines de los ejércitos blancos – los Kolchak, Kornilov y Denikin – como meros usurpadores de la causa monárquica. A pesar de todos los reveses, incluyendo la huida de la Emperatriz Madre y su séquito, permaneció en territorio ruso junto con su ahora inseparable Silvie Sven, a quien abrazaba como a la hija que nunca tuvo. La insólita pareja se mantuvo unida gracias al más poderoso de los vínculos: un diamante del tamaño de un corazón humano, una joya clandestina que bombeaba una risible esperanza de resurrección para un viejo de azul exangüe y una joven prematuramente senil.

Sí apoyaron con vehemencia los últimos esfuerzos de guerra del general Wrangel a quien, sin embargo, ocultaron la existencia de su lucrativo secreto. Por muy blanco que fuera su credo, no dejaba de tratarse de otro militar que, en caso de victoria, a buen seguro juraría mayor lealtad a sus galones y a su ego que a una Casa Real difunta. Difícil hubiera sido, en todo caso, transformar a la Estrella de Samarcanda y sus compañeras en dinero contante y sonante con que financiar al ejército del barón en medio de una Crimea sitiada.

La rapidez con que cayó la avalancha roja sobre este último reducto de resistencia eliminó cualquier duda que pudieran albergar Wyrubov y Sven en cuanto a sus futuros movimientos. La pareja acabó acompañando a los restos de la debacle hasta Constantinopla, donde encontraron acomodo entre la numerosa comunidad de emigrés rusos que dormitaba en la cuna bizantina.
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Como la colada salida de un horno alto, la revolución que había sacudido su patria se fue enfriando hasta tornarse sólida como el acero. Un acero que serviría de apodo a la mano dirigente que comandaría al nuevo régimen durante más de un cuarto de siglo. Al mismo tiempo, se fueron congelando las pasiones que una vez guiaron a Wyrubov aunque, a pesar de todo, soñaba con la fe de un niño en el triunfo de una causa extinta.

Con los años, corrieron rumores de que en la nueva Estambul se escondía un fabuloso tesoro que una vez perteneciera a la zarina de todas las Rusias. Fueron muchos los que dieron crédito a ésta y otras fábulas que generaron la muerte de los Romanov y el consiguiente éxodo de quienes alguna vez compartieron sus vidas con la de la familia que poseyó el más vasto imperio sobre la tierra. Pero nadie podía imaginar que, tras esa leyenda, se encontraba una singular pareja conformada por un reservado viejo ruso de barba y cabellos blancos y una mujer mucho más joven que preservaban su anonimato con igual celo.

Llevaban ambos una vida de acomodada reclusión, gracias a los réditos que les proporcionaba una lucrativa compañía tabaquera que dirigían en la sombra. A su alrededor, orbitaba un pequeño ejército de compatriotas, irredentos monárquicos que funcionaban a modo de guardia de corps. Bajo sus pies, enterrada en vida, aún brillaba una Estrella que aguardaba un destino incierto.