SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (III)

Pero también había tiempo para la participación activa, al abrigo la luz del sol en fechas señaladas. Como el peregrinaje anual al convento de Tchigrin, a unas 25 millas de Revovka. La tradición mandaba que la parada se hiciera a pie pero siempre les acababa acompañando un carruaje para aligerar la pesadez del camino. El convento albergaba a una virgen que fue secuestrada por los turcos cuando estos devastaron la región. Los lugareños aseguraban que, cierto día, una joven encontró a la virgen flotando en el río. Fue devuelta a lugar sagrado y, desde entonces, toda clase de maravillosos milagros tuvieron lugar en el país. Sortilegios y fábulas que despertaron la imaginación de las buenas gentes de Tchilgrin.

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Pobres campesinos ignorantes, de mentes obtusas y cerradas a la educación. Cuán dependientes serían siempre de la tutela y cuidado de sus señores. Cuánto amor mutuo se profesaban los unos a los otros. Un amor espiritual, que no carnal, semejante al que siente el sacerdote hacia Dios. Aquel acepta y preconiza, como servidor, la ley de éste en base a un contrato sellado con amor incondicional. Mientras el fuego de la fe sea alimentado, el siervo servirá y la deidad  tendrá justificada su existencia – pensaba Silvie.

Sin embargo, esta simple ecuación que ella creía inalterable demostró su fragilidad en el momento en que unos vieron resquebrajada su fe con la llegada de una nueva religión que les reveló la letra pequeña del contrato. El nuevo credo voló hacia la plebe, como no podía ser de otra manera, con las alas de la revolución. Jamás olvidaría las vacaciones que pasó en la casa de su tio de Livadia en el verano de 1905. Respondiendo a la llamada de la aventura, se lanzó junto con sus primos a explorar las ruinas abandonas del castillo de Orianda, que fuera propiedad del duque Constantino. Se dejaron engullir por los crípticos pasadizos subterráneos en busca del gran misterio. Superado el miedo inicial a la oscuridad, se adentraron más y más en el laberíntico entramado de túneles hasta que apercibieron una luz tenue desde la que partían voces de ultratumba. Convencidos de que se encontraban en la antesala del infierno, retrocedieron despavoridos.

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Silvie decidió confesar la diablura a su tío quien, intrigado por el relato de los críos, puso sobre aviso a las autoridades. Cuál fue la sorpresa de los agentes al descubrir en las entrañas del castillo la imprenta que empleaban los revolucionarios para generar su diabólica propaganda. A pesar de la amonestación que recibió, Silvie se vio también recompensada por un guiño aprobatorio por parte del capitán de policía de Odessa. Ella sola había abortado la conspiración revolucionaria. Aunque jamás hubiera podido imaginar que aquella anécdota de juventud habría de repetirse, a una escala bien diferente, en un futuro no tan lejano. Crimea había contemplado el nacimiento de una vocación.

Pero antes había de hacerse mujer y confrontar su destino. Para ello, partió hacia la corte de Petrogrado. Allí debía contraer matrimonio con el capitán Sven, un veterano oficial de ascendencia sueca que había ganado cierta notoriedad en la guerra de los Boxers destripando asiáticos en beneficio de la presencia europea en China. A su regreso a la capital, el emperador lo nombró oficial de Standard, su yate privado. El joven y apuesto militar la recibió en la estación de Peterjov. El iba engalanado como un húsar de permiso, ella resplandecía en su vestido blanco de Bressac’s. Fueron en carruaje hasta el Jardín de Invierno del Palacio Alejandro, donde el príncipe Golitzin les hizo de anfitrión y condujo, finalmente, ante la emperatriz.

Continuará…

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SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA (II)

Mercader exitosa, intrigante política o traficante de drogas. Verdaderamente, Silvie Sven no concedía especial relevancia a los títulos. Había renegado de tantos… y hecho ostentación de tantos otros. Ahora, ubicada por el azar y la iniquidad de la historia en el centro de una rocambolesca espiral de confusión, tan sólo podía aferrarse con la totalidad de sus fuerzas al sueño imposible de un chiquillo, a la esperanza de un loco. ¿De qué otra manera podía afrontar, si no, el otoño de una vida que había comenzado con la materialización de sus peores pesadillas? Si aún encontraba un atisbo de ilusión en su existencia, se encontraba precisamente en el cumplimiento ciego del voto de obediencia que prestara en aquella lejana primavera de 1917.

Cuando el reloj se aproximaba a anunciar el mediodía, se levantó del bureau habiendo dejado listo el siempre incómodo papeleo, asió la maleta que tenía preparada desde la víspera y abandonó la casa sin despedirse del escaso personal que pululaba en la planta baja. Un coche de caballos la esperaba en el exterior. Había calculado certeramente que disponía de tiempo suficiente para un cómodo paseo antes de tomar su tren. Anhelaba mecerse, ausente de prisas, al son de los cascos de los caballos. Acurrucada en el cuero manoseado, enfiló la pendiente empedrada hasta el puente de las Cadenas.

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Cruzó el río agazapada tras la idea de que tan imposible resultaba congelar el tiempo como detener el infinito fluir del Danubio. Su corriente arrastraría siempre con insultante desdén el producto de la barbarie y la sinrazón, a sabiendas de que la constante renovación de sus aguas lo haría salir incólume de las locuras pasajeras de los hombres. Su inquieto verdor siempre estaría allí, bien como testigo bien como involuntario protagonista del devenir de la Historia.

El conductor anunció con voz grave y automática la entrada en Andrássy út, ignorante de que su pasajera no era una turista primeriza y de que por sus venas corría orgullosa sangre magyar. Ella estaba más que familiarizada con el Art Nouveau de aquellas calles, la tan característica arquitectura de Secesión que jalonaba los hermosos bulevares de Pest. De niña había recorrido una y otra vez sus curvas sinuosas, advertido sus formas asimétricas e impreso sus huellas en los coloridos azulejos. En los atardeceres de primavera, estos destellaban como estrellas nacaradas en medio de un cielo de refinamiento y elegancia barroca. Contemplaba desde la nostalgia la ecléctica distribución de edificios neoclásicos y construcciones tradicionales. Cada uno mostraba a quien quisiera ver alguna escena alegórica de hechos pasados o algún motivo popular de significado arcano. El ojo entrenado podía detenerse en tal cerámica Zsolnay y, con suerte, dejarse trasladar a una decimonónica velada real, entre libreas, vestidos imperio, chismorreos y uniformes de gala.

Una suerte de detonación eléctrica en su interior la condujo, inevitablemente, a sus días de infancia en las tierras que la emperatriz Petrovna cedió a su antepasado húngaro, el coronel Horvat, en pago a su tarea de colonización del Dnieper. Del vasto territorio de la Pequeña Rusia que una vez fuera propiedad de su familia, quedaban únicamente, al nacimiento de Silvie, el chateau de Revovka y unos cientos de hectáreas alrededor. En ellas venían incluidas, desde luego, los lugareños que, en calidad de siervos, moraban en ellas.

En las brumas de su maltrecha memoria, recordaba Revovka como una preciosa casona de cuento de hadas a la que se accedía por una avenida surcada de limoneros. Si su olfato aún retenía su dulce fragancia, en sus oídos todavía resonaba el cantar de los ruiseñores. Aquellos fueron días felices de juego y despertar a una vida de comodidades y prosperidad exclusiva de su clase. Muy cerca, a pocos centenares metros, se encontraba el pueblo de Revovka, conformado por una iglesia donde reposaban sus ancestros y una decena de calles floreadas, salpicadas de humildes casitas de campo, con sus techados de junco y paja, que los abnegados mujiks se afanaban en enjalbegar cada día.

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La vida en Revovka transcurría con la placidez y seguridad que confieren el saberse dueño del tiempo. Un tiempo que su familia, como nobles señores de aquellas tierras, había congelado en un idílico medioevo. Protectores y condescendientes para con sus vasallos que, en retribución, se deslomaban agradecidos en las labores del campo. Tal era el orden natural de las cosas.

En su adolescencia, Silvie pronto descubrió en sí una particular querencia hacia las tradiciones rurales de aquellas simples gentes. La devoción religiosa, rayana en el misticismo más irracional, que manifestaban en sus ceremonias era objeto de su maternal aprobación. Gustaba de asistir a aquellas celebraciones – siempre como testigo desde la prudente distancia – atraída también por el latente paganismo que salía a relucir cuando tal o cual festejo se desmadraba en razón de la noche y el alcohol. Entonces sentía una mezcla de pavor y excitación sexual, a los que cerraba la puerta retornando asustadiza al regazo de su madre.

Continuará…

SILVIE SVEN, LA HISTORIA OCULTA

Dentro de su revisitación de los principales actores de La Estrella de Samarcanda, El Despertar se complace en presentar la historia oculta de Silvie Sven, mano derecha de Sergei Wyrubov y, al igual que él, personaje basado en una figura histórica. En este caso, se trata de Lili Dehn, consorte de la última zarina y que, tras el triunfo de la revolución de 1917, dedicó buena parte de su vida a vindicar el (¿buen?) nombre de su emperatriz.

Confieso que, más allá de diferencias ideológicas, siento un cariño especial por esta menuda mujer de inmenso carácter a la que los avatares de la Historia (con mayúscula) empujaron a una vida de aventura y riesgo. He aquí su historia (con minúscula) rememorada por ella misma durante las horas previas a su fatídico embarque en el Orient Express:

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Abrió los ojos poco antes de que amaneciera, tal y como acostumbraba. Por algo llevaba casi veinte años paseándose por la vida como un espectro sonámbulo. No encontraba ya refugio en el sueño, tierra propicia para el despertar de recuerdos dolorosos. Para ella la noche constituía un trámite incómodo pero inevitable, una Via Dolorosa interior que sólo concluía con las primeras luces del alba. Era entonces, en el solaz diurno, cuando podía relegar la contemplación y la soledad de la noche por el método y rigor de las tareas mundanas.

Apartó la manta y las sábanas adamascadas que la cubrían y se levantó de la cama en dos tiempos. Alargó el brazo dolorosamente para encender las luces de la araña de cristal de Bohemia. Se encontraba cansada, muy cansada. Bajo la luz mortecina, contempló la parte de sus pantorrillas que no cubría su mauve peignoir y se compadeció de sí misma. La piel arrugada que recubría su renqueante osamenta parecía una funda gastada a punto de desprenderse. Se echó las manos al lumbar, estirando la columna como si quisiera romperla. El cuerpo exhausto reaccionó con un aullido lacerante pero insonoro. Recordó que una vez fue bella y, el hecho de que aún no hubiera cumplido los cincuenta, no contribuía precisamente a aceptar de buen grado que ya no lo era.

Se calzó los pies y caminó pesadamente hasta la cómoda en busca de sus cigarrillos. Encendió uno, dando una larga bocanada del tabaco turco. Exhaló el humo y tosió arrítmicamente. Más calmada, apartó las pesadas cortinas de rojo organdí y abrió las puertas que daban acceso a la balconada. Recibió con un escalofrío de satisfacción el chorro de aire frío que le brindó el otoño húngaro. Aun así, no se arriesgó a salir al exterior sin antes cubrirse con su salto de cama de moaré. Cruzó el empedrado hasta la balaustrada sobre la que se arrellanó para contemplar el despertar de la ciudad.

Aparentemente, la Budapest que tenía frente a sí no difería mucho de la que conoció años antes, cuando presumía de ser la segunda capital de un imperio bicéfalo. Cierto que, tras la guerra, los bolcheviques de Béla Kun (casualmente, había llegado a sus oídos que el miserable rojo había sido ejecutado por el mismísimo Stalin; un acto de justicia divina, no cabía duda) intentaron reproducir en Hungría la apestosa revolución que con tanto éxito ensayaran en su amada Rusia. Pero, afortunadamente, los soviets magiares fueron borrados del mapa. Los fracasos del comunismo en sus intentonas de extenderse como una voraz mancha de aceite a lo largo del continente encorajinaban el corazón de Silvie Sven. Sabía que Rusia era diferente, una nación de extremos nunca integrada del todo en Europa. Pero mantenía la esperanza de que el cáncer rojo, constreñido en el interior de las fronteras de su añorada patria, acabara extinguiéndose por falta de apoyos.

Era igualmente cierto que la derrota del comunismo en centro Europa no había conllevado la vuelta al antiguo orden. No, la guerra se había encargado de cambiar la faz del continente, de desterrar – ¿para siempre? – las ancestrales monarquías que dirigieran, bajo la tutela de Dios, las vidas de millones de personas. Aquí, Horthy había frenado la marea revolucionaria. Sí, pero a qué precio. Como alguien había dicho o diría más adelante, al precio de instaurar un reino sin rey, gobernado por un regente que no era sino un almirante en un país sin salida al mar.

Sven liberó su mente de elucubraciones y dudas. Tenía una misión que llevar a cabo, una tarea que le encomendara la que fue su amiga y reina. Una mujer a la que había prestado juramento de obediencia eterna, por encima de la vida y de la muerte. Muerte que se la había llevado de la forma más cruel junto a toda su familia en una infame ciudad siberiana. Así lo habían recogido todas las crónicas. Así se anunció la sangrienta ejecución de Alejandra Feodorovna, su esposo Nicolás y todos sus hijos. Se debía en cuerpo y alma a su memoria. Nada ni nadie impediría que cumpliera con obediencia ciega su último encargo.

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Retornó a la habitación, ya inundada por la tenue luz de una mañana brumosa, y se dispuso a organizarse para la marcha. Se preparó ella misma un reconfortante baño caliente, que prolongó hasta que el servicio entró en activo. Eligió vestirse con un discreto traje sastre que se enjaretó con un cinturón a fin de ceñirlo a su anatomía enclenque. Invirtió varios minutos en domar su larga cabellera cana que acabó recogiendo en un moño. Más difícil fue camuflar sus arrugas e imperfecciones faciales tras una capa de maquillaje del que procuraba no abusar.

Para finalizar, se perfumó concienzudamente con White Rose de Atkinson, otro de los usos que tomara prestados de su zarina. Aún recordaba sus palabras al calificar el precioso contenido de la botellita de cristal: “limpio como perfume, infinitamente dulce como eau-de-toillette”. Limpio, dulce, epítetos que ya apenas usaba.

Por fin, relativamente satisfecha con el resultado obtenido, demandó de la cocina un desayuno a la anglaise, a los que también se había acostumbrado en Tsarkoe Selo, una corte anglicanizada en sus hábitos por la emperatriz nieta de la reina Victoria. Pasó el resto de la mañana despachando correspondencia, rellenando toda clase de informes comerciales y firmando facturas. Al fin y al cabo, llevaba una semana hospedada en la lujosa mansión neoclásica que, desde lo alto de la colina del Castillo de Buda, servía de delegación centroeuropea de la firma Yildiz. Todo un emporio comercial dedicado a la exportación de tabaco turco, y puesto en pie – de la noche a la mañana – por un impenetrable grupo de exiliados rusos en Estambul.

Poco se conocía acerca de los propietarios de tan lucrativo negocio. Tan sólo que, a diferencia de la mayor parte de la comunidad ruso-blanca que languidecía en la ciudad sin rumbo ni futuro, estos hacían alarde de una discreción justificada por la rápida acumulación de riqueza y la consiguiente necesidad de mantener este éxito oculto a los ojos de la opinión pública. Mucho menos se sabía de los entresijos de la empresa, camuflados por una opacidad rayana en la paranoia. Las malas lenguas rezaban que la Yildiz no era sino una fachada para el tráfico de opio a gran escala desde el lejano Oriente hasta los puertos del Mediterráneo.

 

SERGEI WYRUBOV, LA HISTORIA YA CONTADA (y V)

Poco podía imaginar entonces que el reducido grupo que le anunciara en su carta Alejandra Feodorovna, congregado a orillas del Mar Negro, se convertiría en el último vestigio de los Romanov. Meses después les llegaron las noticias del traslado de la familia imperial a Ekaterimburgo y, para mayor horror de tan singulares exiliados, el fusilamiento de los prisioneros.
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Finalmente, a los soldados rusos les resultó sencillo alzar sus fusiles para dar muerte a un símbolo que ya no era más que un cadáver del pasado. La reina y el rey habían caído. Y para él, inútil alfil de una partida perdida de antemano, sólo quedaba el recuerdo de la deshecha emulsión de su vida entre la aristocracia y la tarea de llevar a cabo una misión sin objeto.

La guerra civil dio comienzo sin contar con Wyrubov, que sólo veía a los paladines de los ejércitos blancos – los Kolchak, Kornilov y Denikin – como meros usurpadores de la causa monárquica. A pesar de todos los reveses, incluyendo la huida de la Emperatriz Madre y su séquito, permaneció en territorio ruso junto con su ahora inseparable Silvie Sven, a quien abrazaba como a la hija que nunca tuvo. La insólita pareja se mantuvo unida gracias al más poderoso de los vínculos: un diamante del tamaño de un corazón humano, una joya clandestina que bombeaba una risible esperanza de resurrección para un viejo de azul exangüe y una joven prematuramente senil.

Sí apoyaron con vehemencia los últimos esfuerzos de guerra del general Wrangel a quien, sin embargo, ocultaron la existencia de su lucrativo secreto. Por muy blanco que fuera su credo, no dejaba de tratarse de otro militar que, en caso de victoria, a buen seguro juraría mayor lealtad a sus galones y a su ego que a una Casa Real difunta. Difícil hubiera sido, en todo caso, transformar a la Estrella de Samarcanda y sus compañeras en dinero contante y sonante con que financiar al ejército del barón en medio de una Crimea sitiada.

La rapidez con que cayó la avalancha roja sobre este último reducto de resistencia eliminó cualquier duda que pudieran albergar Wyrubov y Sven en cuanto a sus futuros movimientos. La pareja acabó acompañando a los restos de la debacle hasta Constantinopla, donde encontraron acomodo entre la numerosa comunidad de emigrés rusos que dormitaba en la cuna bizantina.
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Como la colada salida de un horno alto, la revolución que había sacudido su patria se fue enfriando hasta tornarse sólida como el acero. Un acero que serviría de apodo a la mano dirigente que comandaría al nuevo régimen durante más de un cuarto de siglo. Al mismo tiempo, se fueron congelando las pasiones que una vez guiaron a Wyrubov aunque, a pesar de todo, soñaba con la fe de un niño en el triunfo de una causa extinta.

Con los años, corrieron rumores de que en la nueva Estambul se escondía un fabuloso tesoro que una vez perteneciera a la zarina de todas las Rusias. Fueron muchos los que dieron crédito a ésta y otras fábulas que generaron la muerte de los Romanov y el consiguiente éxodo de quienes alguna vez compartieron sus vidas con la de la familia que poseyó el más vasto imperio sobre la tierra. Pero nadie podía imaginar que, tras esa leyenda, se encontraba una singular pareja conformada por un reservado viejo ruso de barba y cabellos blancos y una mujer mucho más joven que preservaban su anonimato con igual celo.

Llevaban ambos una vida de acomodada reclusión, gracias a los réditos que les proporcionaba una lucrativa compañía tabaquera que dirigían en la sombra. A su alrededor, orbitaba un pequeño ejército de compatriotas, irredentos monárquicos que funcionaban a modo de guardia de corps. Bajo sus pies, enterrada en vida, aún brillaba una Estrella que aguardaba un destino incierto.

SERGEI WYRUBOV, LA HISTORIA YA CONTADA (IV)

Mi muy querido amigo, ¿cómo te encuentras? Ruego a Dios cada día para que te conserve con buena salud. Quiero agradecerte sinceramente tus esfuerzos tendentes a ponernos a mí y a mi familia a salvo en nuestra residencia de verano. ¡Qué lejos quedan los felices y tranquilos días que pasábamos a bordo del Standard! Sin embargo, el Cielo quiso que recaláramos en este infausto lugar, donde no hay embarcación alguna que nos conduzca a la libertad. A pesar de todo, hacemos cuanto está en nuestra mano por mantenernos firmes y unidos. El cautiverio no impide que procuremos llevar una vida lo más normal posible. Yo sigo dando sus lecciones de historia al zarevitch, y a las niñas no les faltan sus clases de alemán. Por las tardes nos juntamos alrededor del piano y Tatiana nos reconforta con su saber hacer al teclado. Ahora, mientras te escribo estas líneas puedo contemplar desde el zaguán de nuestra modesta casa cómo los chicos lenvantan un muñeco de nieve. Pronto será Navidad y a ninguno le faltará su regalo.

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Te estarás preguntando por qué no has recibido noticias mías hasta ahora. Has de saber que todas nuestras comunicaciones están férreamente controladas por el comisario al mando de la guarnición que nos custodia, a pesar de lo cual mantenemos un contacto regular con todos nuestros fieles amigos. Son éstas notas estrictamente personales y nada comprometedoras. En tu caso, amigo mío, he preferido mantenerte alejado de la lista de sospechosos que a buen seguro han confeccionado los bolcheviques con nuestros interlocutores. Si Dios quiere, la misiva que ahora tienes en tus manos te habrá llegado de forma clandestina gracias al celo de una persona que ha arriesgado su vida para remitirla sin el conocimiento de nuestros enemigos. Comprenderás que deba mantener su nombre en el más estricto anonimato.

Recordarás, mi querido Sergei, que la última vez que nos vimos te aseguré que algún día recurriría a ti para requerirte un último y decisivo servicio a la Corona. Pues bien, ese día ha llegado. Ahora te emplazo a que honres el juramento que me hiciste aquel entonces.

En este lúgubre momento en que los revolucionarios se han hecho con el control del territorio patrio, y el caos y el terror reinan en nuestros pueblos y ciudades, nuestra amada Rusia necesita más que nunca la vuelta de su emperador. Sólo el regreso de la monarquía y la guía de Nuestro Señor Jesucristo pueden liberarnos de esta ignominia. Pero, para ello, soy consciente de que necesitaremos considerables fondos para ampliar nuestra reducida lista de aliados, aglutinar bajo una misma bandera todas las fuerzas leales a la tradición y, por último, restaurar la gloria imperial. Eres tú, Sergei, quien habrá de llevar a cabo esta tarea.

Para ello te confío el tesoro más preciado que jamás haya soñado el hombre: los diamantes de la Reina. Se encuentra entre ellos el más grande y único que nadie haya visto. Su historia es igualmente singular: en 1868, nuestros ejércitos entraron en la ciudad de Samarcanda con motivo de la campaña que habría de extender nuestras fronteras hasta los lejanos e inhóspitos desiertos del Asia Central. En el transcurso de la batalla que siguió a tal acontecimiento, fue hecho prisionero Abdul Malik Tura, hijo del emir de Bujará quien, a cambio de su liberación, ofreció la Estrella de Samarcanda, pues tal es el nombre de la joya, al General Abramov. Reza la leyenda que fue el mismo Aladino quien la robó del palacio de la esposa de algún poderoso sultán de Arabia.

Sea como fuere, a su regreso a Rusia la piedra fue entregada personalmente a la emperatriz María Alejandrovna. Afortunadamente, nunca llegaría a formar parte del Tesoro Imperial que ahora descansa en el Kremlin a merced de los rojos. Desde aquel entonces, junto con otros diamantes menores atesorados a lo largo de los años, ha ido pasando sucesivamente a las manos de cada emperatriz, sin ser jamás vista en público. Sin duda Dios, en su infinita sabiduría, quiso que así fuera.

Tras tu partida de Tsarkoe Selo, yo escondí las joyas en el interior de una vieja matriuska que, acto seguido, confié a mi joven y más fiel amiga, Silvie Sven. El mismo día que me pediste autorización para abandonar el Palacio Alejandro, yo solicité a Silvie, muy a su pesar, partir igualmente y proteger el tesoro con su vida. Las autoridades le facilitaron un salvoconducto con el que pudo dirigirse a Crimea. Hace una semana, recibí una nota suya en la que me aseguraba haber alcanzado su destino sana y salva. Más aun, ha conseguido reunirse con la Emperatriz Madre, María Feodorovna, el Gran Duque Alejandro y la Gran Duquesa Xenia, el príncipe Yussupov y otros amigos.

Es en vosotros, aquellos que nos son más cercanos, nuestra familia, en quien depositamos toda nuestra confianza. El secreto de la Estrella no ha de propagarse más allá de este reducido círculo. Y tú, Sergei, habrás de convertirte en el albacea del tesoro que restituirá nuestros derechos. Sé que ningún soldado ruso se atrevería a alzar su fusil contra nuestras personas. Dios jamás permitiría tal sacrilegio. Por ello, nuestra liberación es una mera cuestión de tiempo. Sin embargo, el retorno al orden pasado será indiscutiblemente una cuestión de fondos, fondos que la venta de la Estrella y sus hermanas pequeñas nos ayudarán a conseguir. Ese será tu cometido, Sergei, hacer de estos diamantes el instrumento del renacer monárquico.

No vaciles en tratar con la calaña si ello sirve a nuestro propósito. Negocia, si es necesario, con los mercaderes judíos de Occidente. Muchos de ellos son auténticos expertos en piedras preciosas.

Por sobre todo, mantente en guardia contra aquellos que, portando nuestro estandarte, combatirán al enemigo a cambio de réditos materiales. Si algo hemos aprendido en estos infaustos días es que nuestro círculo de aliados, tanto dentro de nuestra ingrata patria como en el exterior, es mucho más reducido de lo que pensábamos. Ruego a Dios para que Inglaterra, Francia y el resto de naciones que un día llamamos amigas recuperen por fin la cordura y nos brinden su apoyo en la lucha contra el bolchevismo. Y ya que el derecho y la justicia no les incitan a actuar, que sea entonces el oro.

Siempre fuiste un gran administrador. Parte pues sin más demora, reúnete con Silvie, hazte cargo de la Estrella de Samarcanda y usa el precio que logres de su venta para comprar lealtades.

Estaremos esperando. Silvie te indicará cómo podrás contactar con nosotros discretamente.

Que el Señor te acompañe y te ayude a triunfar en esta empresa.

Tu amiga, Alejandra

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Era de locos. Un cuento de hadas. La princesa solicitando al abnegado caballero el hallazgo del Grial, la búsqueda del tesoro, la batalla por la liberación de un reino subyugado por las malas artes del perverso mago bolchevique. Aun así, qué mayor honra para el Bogatir que montar de nuevo en su brioso corcel y cabalgar al servicio de su reina. Si bien, en esta ocasión, el héroe ruso hubo de cambiar la montura animal por el caballo de hierro que, en el transcurso de cuatro jornadas, lo llevó a su destino en la península de Crimea, escenario de tantas batallas. ¿Sería la torre Malakov de Sevastopol, histórico enclave defensivo contra las agresiones externas, la fortaleza que acogería el inicio de tan peculiar reconquista? ¿Blandiría su espada el eslavo Lancelot en la ciudad del cólera para erradicar la epidemia roja?

En cualquier caso, justo es reconocer que Sergei Wyrubov no enfrentó excesivas dificultades a lo largo de su periplo. Su anciano aspecto y la documentación falsa que le proporcionó un antiguo comisario de la Okrana (reconvertido en funcionario de aduanas bolchevique) mantuvieron alejadas a las hordas enemigas.

SERGEI WYRUBOV, LA HISTORIA YA CONTADA (III)

Así fue como Sergei Wyrubov abandonó la residencia y familia imperiales para trasladarse de nuevo a la capital. Acometió sus responsabilidades en el gobierno con una calculada negligencia que, a decir verdad, pasó desapercibida entre el enredo burocrático que afectaba a toda iniciativa que ponía en marcha el gabinete de Lvov. La sustitución de éste por Kerenski tras la desastrosa ofensiva de julio no mejoró en absoluto las cosas. Por descontado, Wyrubov apoyaba los esfuerzos de guerra pero estaba convencido de que el gobierno provisional habría de llevar a Rusia al desastre. De ahí su indiferencia ante cualquier derrotero que pudiera tomar la situación política. En su opinión, ya sólo existía un modo de salvar a la patria: un acto inspirado por Dios, un cataclismo bíblico que diera paso al renacer de una Rusia en comunión con la sagrada imagen. Por de pronto, debía hacer cuanto estuviera en su mano por salvaguardar la integridad de los Romanov.

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De este modo, consiguió convencer a Kerenski de la necesidad de trasladar a los “prisioneros del Estado” lejos de San Petersburgo. Por más que le desagradara la presencia de aquel hombrecillo tocado con la gorrita de proletario, hubo de reconocer que el líder menchevique había dado un interesante giro ideológico que Wyrubov bien podría aprovechar para sus propios fines. La propuesta de un exilio acomodado en Livadia, la residencia favorita del zar a orillas del Mar Negro, en Crimea, pareció ser bien recibida por el antiguo social-revolucionario. Allí, pensó Wyrubov, estarían alejados de los rigores del invierno y, en todo caso, era el emplazamiento ideal para planear una hipotética salida del país. O una posible restauración del viejo orden.

A pesar de la rigurosa censura que afectaba a toda comunicación con Tsarkoe Selo, Wyrubov se arriesgó a enviar varias notas a la emperatriz anunciándole sus intenciones. Ella le respondió agradecida, deseándole doushevny mir, paz del alma. Los preparativos para la marcha comenzaron en mayo y todo hacía prever una tranquila mudanza. Nada más lejos de la realidad. En el mismo momento de la partida, la guardia del Palacio Alejandro recibió contraorden de embarcar a la augusta familia en un tren especial – con vagones de primera y coche restaurante – con destino a Tyumen. De allí, tomaron un vapor hasta Tobolsk, dejando anecdóticamente atrás la villa de Pokrovskoye, lugar de nacimiento del mismísimo Rasputín quien, al parecer, había preconizado a la emperatriz que algún día sus pasos la dirigirían hasta allí.

Cuando recibió la noticia de que la familia imperial se encontraba prisionera en Siberia, Wyrubov montó en cólera. Acusó públicamente a Kerenski de ser un simple peón en manos de los soviets y presentó su dimisión inmediata. Se recluyó en su casa a la espera de una señal, la señal. Intuía que sus movimientos estaban siendo vigilados pero sabía que nadie prestaría excesiva atención a las actividades de un viejo servidor de la monarquía privado de influencias entre los nuevos detentadores del poder. Sus escasas amistades en la Duma lo mantenían puntualmente informado del devenir político en la ciudad. Acogió con esperanza el putsch de Kornilov aunque desconfiaba con razón de la excesiva egolatría de los militares. Sus Cruces de San Jorge no obedecían a más zar que su propia ambición. No, la degeneración debía continuar hasta alcanzar su paroxismo.

Así, en aquella húmeda mañana del 26 de octubre, mientras dejaba atrás la estatua del fatídico francés, se dijo a sí mismo que el día había llegado. Entró en la catedral y rogó a Cristo que intercediera por su amada Rusia.

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Llegó el invierno sin que ningún bolchevique llamara a la puerta de su casa. Le enrabietaba de un modo infantil que ningún rojo sediento de sangre se acordara del peligroso contrarrevolucionario que Wyrubov escondía en su interior. ¿Acaso él no era merecedor del denigrante trato que los soviéticos reservaban a todo aquel que se guiaba por la decencia? Toda la agitación que percibía desde su domicilio se limitaba al monótono ajetreo de las troikas y otros trineos que surcaban el manto de nieve que ya cubría la Perspectiva Nevsky. Su vida de anacoreta parecía pasar desapercibida. Subsistía vendiendo algún objeto de valor a los escasos mercaderes que aún se arremolinaban bajo las arcadas del bazar de Gostinnor Dvor. Ningún guardia rojo prestaba la menor atención a esos pequeños trapicheos. Decididamente, la represión bolchevique tardaba en desatarse. Muy probablemente, Lenin y su camarilla dedicaban la totalidad de sus esfuerzos a buscar una paz humillante con Alemania. A pesar de la escasez de alimentos, no tenía mayor problema en agenciarse diariamente un par de arenques y algo de mijo que cocía en agua antes de llevarlo a la boca. Por lo demás, los días transcurrían sin grandes sobresaltos.

Finalmente, la puerta sonó el día de Navidad, trayéndole el mejor regalo que podía desear. La abrió sin temor, casi jubiloso ante lo que preveía encontrar, pero se sorprendió al ver ante sí a un joven embutido en una desgastada pelliza de piel de cordero, con el rostro sucio y tembloroso por el intenso frío que azotaba la ciudad. Casi sin resuello, el muchacho preguntó:

–¿Es usted Sergei Antipovitch Wyrubov?
Al verle asentir con la cabeza, el extraño visitante echó mano a uno de los bolsillos de sus raídos pantalones, del que extrajo un sobre que entregó al anciano barbudo de planta imponente que le había sido descrito.
–De parte de una amiga común que se encuentra retenida en Tobolsk.
Acto seguido, dio media vuelta apresuradamente y se dispuso a marchar. Wyrubov lo interrumpió:
–Un momento. ¿Quién eres, chico?

El muchacho se giró y se limitó a pronunciar un lacónico “lo siento, es peligroso” antes de trotar escaleras abajo. Preso de una incontenible emoción, Wyrubov se olvidó del mensajero y cerró la puerta con un sonoro estruendo. Sus manos se agitaban al contacto con el amarillento papel. No era posible, “una amiga común”. Por fin, se decidió a abrir el sobre y leer la carta que contenía.

Continuará…

SERGEI WYRUBOV, LA HISTORIA YA CONTADA (II)

La revolución de febrero no supuso mayor sorpresa para Wyrubov – en realidad, para nadie – pues abscesos insurreccionales habían erupcionado y seguirían haciéndolo sobre la piel del oso ruso. Lo que verdaderamente inquietó al fiel monárquico en aquella ocasión fue el abandono institucional al que se vio sometido el zar. Acompañando a la angustiada emperatriz en el Palacio Alejandro del complejo residencial de Tsarkoe Selo, recibió atónito la noticia de la abdicación de su rey. Por un instante, confió en que su hermano Miguel lograra hacerse con el destino del Imperio y calmar los ánimos revolucionarios aceptando la instauración de un régimen constitucional. Pero todo fue en vano. Los apoyos con los que Nicolás II hubiera podido contar se esfumaron tan rápido como la esperanza del sostenimiento de un régimen que se desintegró como un soplido en una tormenta.

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Aquellos días en la residencia imperial constituyeron una auténtica pesadilla para los allí congregados. Aislados del resto del mundo, ignorantes de cuanto acontecía en el exterior, se sabían presos sin condena previa. Una desbordada emperatriz, ataviada con un conjunto blanco de enfermera, atendía sin descanso a sus hijos enfermos, en especial a Tatiana, aquejada de una neumonía que mantuvo en vilo a un Wyrubov asaeteado de malos recuerdos. Finalmente, el conde Benckendorff y él consiguieron ponerse en contacto con Rodzianko, el presidente de la Duma, quien envió al general Kornilov como interlocutor con la misión de evaluar la situación en palacio. Las intenciones del nuevo Gobierno quedaron meridianamente claras cuando, tres días más tarde, Kornilov repitió visita para poner a la emperatriz bajo arresto domiciliario. Todos los integrantes del séquito de la familia imperial fueron invitados a irse o quedarse, según fuera su elección. Por supuesto, su alma caballeresca apresuró a Wyrubov a aseverar que su vida estaba a disposición de su señora y reina, a la que no abandonaría bajo ningún concepto.

Cuando, al día siguiente, el depuesto zar logró llegar, tras numerosas vicisitudes, a Tsarkoe Selo, Wyrubov tuvo la ocasión de maravillarse ante el espectáculo del derrumbamiento súbito de la institución a la que había dedicado toda su vida. Al cruzar las puertas de entrada al Palacio Alejandro, un guardia espetó al recién llegado “¿Quién va?” a lo que el interpelado respondió con voz atiplada “Nicolás Romanov”. El gesto pusilánime del rey destronado constituía la muestra palpable de la fragilidad y la evanescencia de esa Rusia que él creía imperecedera. Los días siguientes transcurrieron en una especie de sopor nervioso. El singular grupo de reclusos se reunía en el Salón de Té al calor del samovar, una representación ajustada de la familia ordinaria rusa quemando las horas de un indolente domingo. La inactividad y la indefinición hacían mella en el estado anímico de todos, pero muy especialmente de Wyrubov quien, como buen adalid, rezongaba indisimuladamente ante la ausencia de respuesta a la adversidad.

Pronto le llegaría la oportunidad de mostrarse útil. A comienzos de abril, recibieron la sorpresiva visita del príncipe Lvov, presidente del nuevo Gobierno Provisional. Contrariamente a lo que cabía esperar, no mostró interés en hablar con el zar sino que, reunidos en el Gran Salón, dirigió toda su atención hacia el mismísimo Wyrubov a quien propuso, recordando sus brillantes servicios al Estado, unirse al recién nombrado ejecutivo en calidad de Secretario del Tesoro. El dilema quedaba planteado: unir su destino al de la familia imperial o aprovechar la oportunidad de servir a su patria una vez más. Unas breves palabras de su soberano zanjaron la cuestión:

-Sergei, amigo mío, Rusia te necesita en estos momentos de crisis. Aquí no puedes hacer nada.

Nunca volvió a escuchar la voz del último de los Romanov. Ahora, tan sólo le quedaba despedirse de Alejandra, a quien encontró descansando en su tocador opalado de la Sala Malva. Las presentes tribulaciones habían repercutido en su físico que parecía ahora marchito y fláccido. Sin embargo, a pesar de la lividez de su rostro, la mirada permanecía lúcida, plena de la determinación que mostrara antaño cuando se le ofrecía a la vista encantadoramente embozada en sus vestidos de verano estilo Imperio. Su fidelidad a la monarquía descansaba sobre la base del amor que profesaba a su emperatriz. Porque no había duda, amaba y amaría siempre a esa mujer.

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Desde la ventana abierta de la habitación llegaba el perfume de las flores de tilo que, mezcladas con el amargo aroma del comino seco que envolvía la estancia, anunciaba la llegada de la primavera y el fin de una época de libreas, lujos y autoridad divinamente emanada. Como era costumbre entre los miembros de la Corte, hablaron en francés. Voltaire debía estar revolviéndose de gozo en su tumba, pensó Wyrubov.

–Majestad, he venido a anunciaros mi marcha. Las autoridades de Petrogrado reclaman mi presencia.
–Lo sé, mi querido Sergei – realmente no sabía –. Has de hacer lo que mejor conviene al Imperio en este tiempo de zozobra.
–Mi señora, parto con sumo dolor sabiéndoos a merced de la chusma.
–Es el mismo Dios quien nos está poniendo a prueba, Sergei – oírle pronunciar su nombre de pila por segunda vez consecutiva le estremeció –. Debemos ser fuertes y encarar la desgracia con entereza. Quiera el Cielo que llegue pronto el día en que la monarquía regrese para salvar a nuestra patria del caos. En ese momento, amigo mío, habré de solicitar tu ayuda.
–En cualquier instante, en cualquier lugar, Majestad –. Se inclinó para besar su mano y aspirar el halo profético que despedía. Aquel revelador misticismo era todo lo que él necesitaba para mantener la esperanza. Fuera la premonición o fuera la demencia la que hablaba por su boca, él no habría de fallarla.

Continuará…