LA ESTRELLA DE SAMARCANDA: UNA HISTORIA DE EXILIO (II)

No era, desde luego, la primera vez que departían. Durante la campaña ucraniana y, más concretamente, durante los últimos meses de resistencia desesperada en Crimea, Wyrubov había gozado con cierta frecuencia de la compañía del militar. Su conducta ejemplar en la lucha contra el ejército negro makhnovista y contra los propios bolcheviques le había hecho digno merecedor del oficioso título de líder de la contrarrevolución blanca que ostentaba.

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Fiel monárquico irredento; incorruptible por naturaleza; leal al viejo orden; paladín, en definitiva, del añejo sentido de la justicia ligado al honor y el temor a Dios. Cualidades todas éstas más que suficientes para que Wyrubov le hubiese revelado los detalles de la misión que le había encomendado su reina.

Más de una vez estuvo tentado de hacerlo durante las asfixiantes noches a la orilla del Mar Negro, con una Silvie Sven manteniendo un reverente silencio mientras ambos hombres rememoraban días mejores, tiempos en los que a la amargura de la derrota de 1905 o de las catástrofes de la Gran Guerra no le seguía la destrucción del statu quo.

Pero cuando Wyrubov desviaba la conversación hacia los avatares de la presente contienda, insinuando su deseo de participación activa en la defensa, el barón se mostraba reservado. Incluso manteniendo el debido respeto hacia el viejo, acababa saliendo del paso con algún gesto consolador o alguna frase condescendiente que irritaba sobremanera al Bogatir.

Wyrubov acabó hastiado de verse relegado a un papel de comparsa en la retaguardia y decidió pagar la falta de confianza de Wrangel con la misma moneda. Ser tratado como un vulgar chiquillo al que se aparta de los asuntos de los mayores debió herir profundamente su orgullo pero justo es reconocer que el espíritu de Sergei albergaba un sentimiento mucho más primario sobre el que cimentar su animadversión hacia el barón: la envidia.

Lo que el Bogatir encontraba verdaderamente insoportable eran las mismas cualidades del noble que él tanto admiraba. Envidia sentía por la popularidad de la que gozaba entre sus hombres, por la notoriedad pública que le deparaba el liderazgo pero, sobre todo, por que aquel caballerete lechuguino le había usurpado un protagonismo en el combate contra el diablo rojo que sólo a él correspondía. Así lo había querido María su reina pero, claro está, Wrangel no estuvo presente en el reparto de cometidos de la Feodorovna.

De nuevo cara a cara en la habitación del hotel de Pera en el que se refugiaba el antiguo comandante del Ejército del Cáucaso, Sergei sintió la misma envidia hacia aquella marcial figura de dos metros de altura que había profesado en suelo ruso. Wrangel le brindó una bienvenida altivamente cordial, escuchó con atención la historia del anciano y, superada la incredulidad inicial, prorrumpió en un alarde de entusiasmo militarista. En breves minutos, ya había ideado un plan de reconquista tan ambicioso y audaz como el que desplegara Napoleón tras su salida de Elba. Movía su bigotillo espasmódicamente al tiempo que imaginaba su particular vuelo del águila, soñando con hollar el Kremlin incluso en menos de cien días.

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Tal vez en otras circunstancias, Wyrubov se hubiera contagiado del fervor y la ilusión que había despertado en su interlocutor pero, en realidad, no podía sentir sino alarma por el conspicuo personalismo del barón. Tomó té tras té sin poder disimular el absceso de profética egolatría producido por la renovada esperanza que entrañaba la fortuna que Sergei decía poseer. En unos instantes, Piotr Wrangel se había encaramado al estatus de libertador de todas las Rusias y el destello de sus ojillos grises venía a decir que se reservaba la corona de nuevo zar para sí mismo.

Continuará…

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