CHARLES WAUGHAM, LA HISTORIA NO CONTADA (y IV)

Con estos precedentes, cualquiera le hubiese augurado a Waugham un futuro posbélico de lo más negro. Sin embargo, la luz le llegó de la fuente más inesperada. Todo se lo debió a un tío suyo que, siendo Charlie niño, esquivaba el hambre con toda clase de trapicheos, generalmente ilegales, por el Shambles de Manchester.

El viejo Joe – que así se llamaba – era un sinvergüenza del tipo entrañable, siempre poniendo de los nervios a la sufrida madre de Charlie con tanto chanchullo. Ella no paraba de gritarle y arrojarle vasos a su cabezota pero, en el fondo, sentía por él un indisimulado afecto. Al fin y al cabo, no dejaba de ser su hermano menor, el díscolo de la familia que agitaba y conmovía su corazón a partes iguales.

Charlie también quería al tío Joe, pero por un motivo bien distinto: cada domingo le llevaba al parque siguiendo un trayecto que, invariablemente, desembocaba en algún pub donde se dedicaba a beber con sus amigos y el joven a gastar su asignación cariándose los dientes con dulces y chucherías. Luego, les observaba jugar a los dardos y, de vez en cuando, hasta le reservaban alguna tirada.

Justo antes de la guerra, Joey tuvo la primera idea brillante en toda su maldita vida. Forzada, en todo caso. A fin de evitar el más que posible reclutamiento, hizo las maletas, se despidió de la familia con un “hasta la vista” y se embarcó desde Liverpool para el Nuevo Mundo. Días después, pondría su pie en Ellis Island y, tras pasar el chequeo de rutina, desapareció en aquella tierra de promisión.

Es de suponer que el muy granuja se integraría a la perfección entre la muchedumbre de pequeños delincuentes y macarras que se apelotonaban entre Mulberry y Canal Street. Varios años después de la muerte de su madre y hermana, Charlie recibió la fabulosa noticia en forma de carta remitida desde Chicago. Su tío había amasado una considerable fortuna transportando melaza desde Canadá hasta el otro lado de la frontera, para allí transformarla en el matarratas con el que se emborrachaban los yanquis durante la prohibición.

En su respuesta, el sobrino le puso al día de las bajas que había sufrido la familia, su paso por el frente y todo lo demás. Todo aquello debió conmoverlo porque, poco después, sus cartas comenzaron a llegar con más frecuencia y, casi siempre, incluyendo recortes del Chicago Tribune o algún otro periódico en los que se leía su nombre asociado al de un tal Bugs Moran, envueltos ambos en la guerra de bandas por el control de la ciudad. Charlie coleccionaba con avidez aquellos pedazos de papel y se deleitaba con las fotos que mostraban el cadáver fresco de algún tipo agujereado a base de Thomson.

Pasaron los años hasta que, al final, sucedió lo que suele ser inevitable en estos casos. Coincidiendo con el fin de la prohibición, el tío Joe pasó a igualmente a mejor vida. Lo acribillaron a balazos en el transcurso de un enfrentamiento con pistoleros de una facción rival. Afortunadamente, había dejado sus asuntos en orden, incluyendo el testamento que aseguró el futuro de su sobrino. El viejo irlandés le legaba una renta anual vitalicia por valor de 2.000 libras, nada más y nada menos.

Su albacea le hizo llegar todo el papeleo, debidamente sellado y legalizado, así como las últimas palabras de su tío, escritas en el hospital donde apuró sus últimas horas entre estertores. “Charlie, hijo mío – le decía –, eres lo único que me queda de mi hermana. Estoy a punto de dar el último salto, el que me llevará al otro mundo. He vivido la vida como me ha dado la real gana y no puedo decir que me arrepienta de cosa alguna. Ahora tengo que rendir cuentas con el mandamás de allá arriba y tengo entendido que es incluso más carcamal que los de aquí abajo. Y si no me da su bendición, no importa, le invitaré a un trago y ya nos las arreglaremos. Sé que tú y yo no hemos llegado a conocernos muy bien pero quiero decirte algo, Charlie: vive, goza de la vida hasta las últimas consecuencias, exprímela y mándalos a todos al carajo. Es la única lección que puedo darte. Eres lo más parecido a un hijo que he tenido nunca así que quiero dejarte algún dinero para que puedas llevar esta simple teoría a la práctica. Aprovéchalo.”

Desde entonces, Waugham pasaría cada primero de mes por una oficina del Lloyd´s a cobrar su herencia, de la que siempre apartaba algunas guineas destinadas a proveer de cerveza a su padre. Viéndose rico de la noche a la mañana, ya nada le ataba a una Inglaterra en la que se sentía como un auténtico extranjero. Necesitaba escapar de ahí tanto como un pez liberado del anzuelo necesita volver al agua. Se decidió por un lugar conocido y lo suficientemente cercano en caso de arrepentimiento. Tomó el expreso para Calais y voilá.

Sí, voilá. Así fue como, por segunda vez en su vida, Charles Waugham se echó el petate al hombro, exclamó un “Hooray pour la France! Farewell, Angleterre!” y se dejó caer en el ciudad de la generación perdida donde quiso encontrarse más a gusto, más barato, y pasar a la posteridad como otro de esos excéntricos ingleses que inundan las bibliotecas con novelas paridas lejos de sus casas. Pero París lo acogió con la natural frialdad que depara hacia los extraños.

Armado de su pensión, se refugió en un agujero de Montmartre, demasiado lejos de una bohemia que, por inexistente, ya se resistía a acogerlo en su seno. Pobre literato frustrado, cuya vida social se reducía a los esporádicos encuentros con borrachos de barra, obreros amargados, fulanas desgastadas y perdidas de toda clase y condición a la caza de un convite. Amistades licuadas sobre el serrín del embaldosado, tan perecederas como los cigarrillos que se extinguían amontonados en los ceniceros.

Inglés condenado al eterno papel de turista en una permanente visita autoguiada, anclado en la rutina fácil de la mediocridad, el paseo mañanero, la comida rápida de tugurio, las primeras copas vespertinas y el cada vez más arduo esfuerzo de hurgar en el tiempo a fin de encontrar el momento propicio para emborronar alguna página con palabras difusas destinadas a nadie. Hundido en la inercia, ¿qué esperaba Charles Waugham de la vida?, ¿qué podía él ofrecer más allá de una novela caduca de relevancia en un tiempo que demandaba letras de sangre?

Podéis encontrar la respuesta a estas y otras preguntas sumergiéndoos en la lectura de La Estrella de Samarcanda o, si sois lo suficientemente temerarios, acercándoos a la barra de alguna de las tabernas de la calle Lévisse. En ellas aún puede percibirse el aliento áspero del bueno de Charlie.

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