CHARLES WAUGHAM, LA HISTORIA NO CONTADA (I)

Son muchos los lectores que se han interesado acerca de la azarosa vida y escasa obra del verdadero protagonista de la Estrella de Samarcanda, Charles Waugham. Y es que resulta difícil no simpatizar con el bueno de Charlie tras seguir sus andanzas por media Europa en busca de unos quiméricos diamantes. Averigüemos, pues, algo más acerca del pasado de este veterano de la Gran Guerra, exiliado borrachín en París y eterno aspirante a escritor.
imagesCA78O39ICharles Patrick Waugham nació en el seno de una familia católica de Manchester. El padre, protestante de nacimiento aunque convertido a la fe papista por una mezcla de amor y resignación, era un acomodado capataz de la construcción que usó su desmedida pasión por la cerveza y la ginebra como sabotaje contra cualquier posibilidad de ascenso en el escalafón social. Su madre, ferviente devota irlandesa, atendía rosario en mano a los clientes de la tienda de cosméticos en la que se desempeñaba como dependienta. Los frecuentes deslices etílicos del sr. Waugham en horas de trabajo lo condenaron a una inestabilidad laboral que trajo como consecuencia directa el abandono de su confortable casa en la céntrica Oxford Street por un sucedáneo de hogar en el suburbio de Saint Peter´s Fields. Gracias a esta obligada mudanza y la consiguiente readecuación de su clase social, el joven Charles y su hermana menor tuvieron la oportunidad de convivir con otros jóvenes correligionarios, verdaderos hijos de la plebe.

Por su parte, la señora Waugham – Mary Ann Mullway de soltera – se limitaba a mantener el tipo ante los desaguisados que provocaban los disolutos hábitos de su marido. Entre esquivar bofetadas a destiempo y desvivirse por pagar puntualmente el alquiler, instruía a sus hijos en la verdadera fe, convencida de que el calvario en vida cotizaba al alza en el reino de los cielos. Por lo demás, la infancia y juventud de Charles habían transcurrido del modo más anodino. Cursó la educación secundaria en un colegio javeriano sin pena ni gloria. Fue, precisamente, en la biblioteca del centro donde se despertaron sus primeras inquietudes literarias. Noches de insomnio frente a la libreta pariendo obras de teatro que jamás atravesarían las paredes de su habitación, lápices desgastados de tanto retocar versos inspirados en el deseo del cuerpo de la mujer, alguna que otra incursión prosística sin verdadera línea argumental, sin punto de partida ni final.

En enero de 1916, con los 18 años recién cumplidos, su virginal e inofensiva adolescencia se vio truncada por la llamada a filas. El imperio necesitaba movilizar a toda la carne de cañón disponible en su lucha por mantener al Kaiser alejado de la tentación de meter sus teutónicas narices en las colonias regentadas por el buen rey Jorge. Con todo, resultaba complicado para el joven Charles entender los motivos por los cuales las monarquías europeas se habían enzarzado en un baile de muerte que duraba ya dos años. Por mucho que la Casa Real Británica hubiera adoptado el nombre de Windsor, el actual inquilino de Buckingham no dejaba de ser descendiente de boches. La madre del mismísimo Guillermo II, máxima encarnación de la malignidad prusiana, estaba emparentada con la zarina rusa, alemana de nacimiento ella misma, y con el fallecido Eduardo VII. Y a pesar de tanta consanguinidad entre los altos dignatarios, el continente seguía en danza al son de los cañones. Tal vez la política internacional no era sino el reflejo de las relaciones de familia en la vida ordinaria, pensaba él. Ejemplos de ello los tenía en su propia casa, donde se andaba a la greña día sí y día también. Validaba esta teoría el hecho de que, en medio de la rabieta, todos se acusaban mutuamente de haber iniciado las hostilidades al tiempo que manifestaban su firme voluntad de paz.

Pero tal vez existían motivos que se mantenían ocultos de la propaganda oficial por razones poderosas: la conspiración internacional judía, el cáncer socialista, los inescrutables designios de Dios… Acaso reyes, emperadores, zares, sultanes y hasta presidentes de repúblicas no eran sino meros comparsas en un juego que se decidía en las sombras. Serían las sombras que parían los humos de las fábricas de la Krupp en la cuenca del Ruhr, de la Schneider o Renault francesas, del conglomerado industrial que se extendía desde Birmingham hasta Newcastle. De la Bolsa de Londres, la Compañía de las Indias y el deseo de todo europeo de que el globo terráqueo girara en torno a su bolsillo en lugar de alrededor del sol. Valedores del progreso humano a través de la acumulación de capital.

En cualquiera de los casos, acabó luciendo el uniforme y gorra caquis de soldado de primera. La visión del vástago alzado en armas atrajo por primera vez la orgullosa mirada del padre. Borracho de vanidad y Beefeater (la ocasión lo merecía) dedicó varios días a pasear a su hijo por el barrio y presentarlo a sus colegas del pub, mientras le hacían trasegar cerveza tras cerveza. Por el contrario, la mentalidad irlandesa materna no veía con agrado el hacerse matar en nombre del anglicanismo. La guerra era un asunto entre protestantes heréticos, un saco en el que incluía igualmente a los franceses, quienes ya habían renegado de Dios hacía siglo y medio. No, señor, nada se le había perdido a su chiquillo en aquella contienda. Pero el torbellino engullía a todo hombre apto para la lucha sin distinción, sin misericordia para la llorosa madre que, sentada en el diván, contemplaba resignada la foto en sepia del fruto de sus entrañas vestido con la ropa que marca “producto exclusivo del Estado”.

Llegó así al frente occidental, durante una primavera a caballo entre sectores tranquilos y la retaguardia, cultivando esa anómala relación forzosa entre los hombres que sólo se da en tiempos de guerra, la camaradería. Dentro de su batallón, hizo piña con un grupo de chicos de Manchaster y el Lancaster, entre los que se encontraba un viejo compañero de colegio, Billy Simons. Aquellos fueron meses de asueto bélico, de iniciación al vino tinto ante la falta de una cerveza gala aceptable. Pero ya en los despachos de burócratas y sedes de almirantazgos y generalatos se tramaba el modo de activar el espíritu de la tropa. Los franceses se estaban partiendo el pecho ante los alemanes en Verdún, punto simbólico de resistencia del gallo ante cualquier afán de profanar su corral. Así pues, para aliviar el esfuerzo de sus aliados, el carnicero Joffre envió al IV ejército a echarles una mano por el norte.

El verano comenzaba a insinuarse y los campos que rodeaban Arras hasta el río Somme se veían inundados por un sol de justicia que había conferido a la tierra un tono pardusco. Desde el camión que los transportaba al matadero, Waugham y sus camaradas contemplaban con anhelo el manto de hierba que los acompañaba, interminable como una cinta corredora. El ardor púber que se agitaba en ellos los urgía a fundirse en aquel verde eterno más que a jugar a la guerra. Pero si algo es de aprendizaje obligatorio en el ejército es la premisa básica de que el soldado no puede disponer de su propia vida bajo ninguna circunstancia. Sus deseos quedan presos de los designios de una voluntad más alta, alejada de los dictados de un sentido común que decía que aquel cúmulo de hormonas en movimiento se encontraría mejor dando rienda suelta a sus instintos más básicos que actuando de meros comparsas en una obra de destrucción que en muy poco les concernía.

Supieron que el viaje llegaba a su término cuando el verde se tornó gris. El espectáculo estaba servido. Decenas de miles de soldaditos de plomo (literales a tenor de las 25 libras de material que cargaba cada uno a sus espaldas) tomaron posición en un entramado de trincheras que se extendía como un dédalo de surcos en la arrugada piel de un anciano. Un ensordecedor estruendo dio paso a ocho días de preparación artillera antes del lanzamiento de la gran ofensiva. Fue una semana de locura auditiva. Si el infierno tiene sonido debía parecerse mucho al que atormentó a los congregados en el Somme aquel mes de junio de 1916. El ruido de los cañones a sus espaldas aturdía sus conciencias y hacía hervir la tierra como un volcán en erupción. Los jodidos alemanes las debían estar pasando canutas.

Continuará…

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