CHARLES WAUGHAM, LA HISTORIA NO CONTADA (II)

Por fin amainó la tormenta y llegó el amanecer del 1 de julio. El silencio se hacía insoportable ante la espera, de un modo tal que animaba a gritar expulsando la angustia contenida. Sin embargo, todos aguardaban expectantes el momento del ataque, electrizados de un modo casi sexual, paralizados en sus puestos, rumiando el pavor ante lo desconocido. A su lado, Waugham pudo ver la cara contraída de Simons. Los ojos de éste, agazapados en las cuencas, buscaban la complicidad del amigo con un aire de aprensión. Inclinó la barbilla en dirección a sus pantalones y la volvió a alzar. Se había orinado encima. Waugham intentó un gesto fallido de disculpa ofreciéndole una sonrisa sardónica y, antes de que cualquiera de los dos pudiera articular palabra, se oyó el estallido de una mina. Era la señal.The_Battle_of_the_Somme_film_image1Silbaron los pitos y los hombres empezaron a trepar las escalas hacia el exterior de la trinchera. Pusieron pie en tierra y se dispusieron a avanzar con una irreal parsimonia. Eran las 7:30 de la mañana y el sol apenas asomaba en el horizonte. Mirada al frente, los componentes de la Fuerza Expedicionaria Británica ofrecían a sus ocultos espectadores germanos una inusitada coreografía de movimientos lentos y acompasados. Todo el mundo en la compañía preveía una exigua audiencia por parte alemana. La intensa lluvia de proyectiles que precedió a la excursión los debía haber hecho pedazos. Y, sin embargo, el paseo por la tierra de nadie apenas duró unos minutos, los justos para que las ametralladoras del otro lado encontraran la distancia adecuada para escupir sus salvas de muerte.

Los atacantes respondieron al inesperado traqueteo apretando el paso mientras caían uno tras otro como bolos de una bolera. Súbitamente, arreció una lluvia de balas que convirtió lo que había sido un ataque ordenado en una desbandada. El confundido ejército de cascos planos era incapaz de distinguir el silbido de los proyectiles de los silbatos de sus sargentos. ¿Cómo era posible semejante resistencia al otro lado? ¿En qué profundo agujero se habían escondido los hunos durante los últimos días? Tantas toneladas de metal arrojado sin encontrar la carne receptora del enemigo.

Waugham sintió un ardiente pellizco en la cara y Simons se escoró hacia él con una mueca de dolor. Al primero, una bala le había acariciado la mejilla derecha, mientras a su compañero otro proyectil le había atravesado la nalga izquierda. Ambos se abrazaron y dieron media vuelta en busca de la salvación. Corrieron, cojearon o gatearon en medio de la debacle, tropezando continuamente con el reguero de compañeros caídos. Tras una carrera que se hizo eterna lograron alcanzar la acogedora trinchera que les había visto partir. Gradualmente, el sonido de las balas dio paso a un ensordecedor griterío. Un coro de lamentos se alzaba intentando en vano alcanzar el cielo. Muecas de dolor, rictus de muerte, cuerpos contraídos ofrecían pinceladas de lo que alguien llamó el efecto purgador de la guerra.

Minutos antes, un surtido de representantes de la juventud británica aguardaba su paso a la gloria frente al campo del honor. Instantes después, ni el mismísimo John Bull hubiera sido capaz de pronunciar un “God Save the King” ante la visión sanguinolenta de 50.000 de sus compatriotas desparramados a lo largo de unos cientos de metros de tierra extranjera. La peor masacre jamás sufrida por el ejército británico en toda su historia. Una descolorida y desgarrada Union Jack saludaba a los caídos por el rey. Entre ellos, se encontraba casuísticamente la totalidad de los amigos de Waugham, salvo un Simons embarazosamente herido.

Raras son las ocasiones en medio de un conflicto bélico en las que una amistad tan sólida y tempranamente forjada se rompe de un modo tan repentino con la desaparición de la práctica totalidad de sus componentes. Aquel primero de julio marcaría uno de los dos puntos de inflexión en la vida de Waugham. Pocos días después y con varios puntos de sutura en el rostro, se reencontraría en el lugar del delito con un Simons de culo parcheado pero andar intacto. Como únicos supervivientes de la efímera cuadrilla, desarrollaron un vínculo que se iría fortaleciendo a medida que se sucedían los días de frente. Unos lazos que se forjaban ante el desamparo provocado por lo desconocido. Una complicidad silenciosa rubricada por la magnitud de una tragedia que los desbordaba.
707d6f1e95027111340084c5ea4c25e9Y es que, lejos de amilanarse por el desastre sufrido, los galones confortablemente instalados en sus mansiones de Neully y las afueras de París se obstinaron en prologar la ofensiva durante meses. Matones de la talla de Haig, Neville o Petain siguieron conspirando para vaciar sus patrias de cunas. Para ellos, todo eran decisiones tomadas en comandita y acompañadas por un buen brandy o un scotch con soda. Para miles de chavales casi imberbes y todavía púberes, las firmas estampadas bien al abrigo de los obuses significaban su paso seguro al paraíso de los mártires anónimos.

Los dos camaradas se curtieron entre ataque y contraataque, ahogados en el barro, soportando las inclemencias del tiempo, devorados por los piojos y amenazados por el tifus. Para cuando acabó el año, los dos veteranos habían desarrollado una de esas amistades tan típicamente anglosajonas, rayana en la dependencia mutua. Era una relación fundamentada en la conciencia compartida de saberse afortunados y que, justa o injustamente, de entre todos los posibles candidatos, el destino los había seleccionado a ellos para mantenerles con vida. Así pues, su conexión era fruto de sus ansias de supervivencia. En los momentos de descanso, cuando el frente no era más que un rumor lejano aunque siempre presente, se deslizaban por las suaves pendientes de la ebriedad hasta el lecho de olvido y descanso que sólo el alcohol es capaz de proporcionar; tanto como de arrebatar, vicio caprichoso.

Continuará…

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