SERGEI WYRUBOV, LA HISTORIA YA CONTADA (y V)

Poco podía imaginar entonces que el reducido grupo que le anunciara en su carta Alejandra Feodorovna, congregado a orillas del Mar Negro, se convertiría en el último vestigio de los Romanov. Meses después les llegaron las noticias del traslado de la familia imperial a Ekaterimburgo y, para mayor horror de tan singulares exiliados, el fusilamiento de los prisioneros.
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Finalmente, a los soldados rusos les resultó sencillo alzar sus fusiles para dar muerte a un símbolo que ya no era más que un cadáver del pasado. La reina y el rey habían caído. Y para él, inútil alfil de una partida perdida de antemano, sólo quedaba el recuerdo de la deshecha emulsión de su vida entre la aristocracia y la tarea de llevar a cabo una misión sin objeto.

La guerra civil dio comienzo sin contar con Wyrubov, que sólo veía a los paladines de los ejércitos blancos – los Kolchak, Kornilov y Denikin – como meros usurpadores de la causa monárquica. A pesar de todos los reveses, incluyendo la huida de la Emperatriz Madre y su séquito, permaneció en territorio ruso junto con su ahora inseparable Silvie Sven, a quien abrazaba como a la hija que nunca tuvo. La insólita pareja se mantuvo unida gracias al más poderoso de los vínculos: un diamante del tamaño de un corazón humano, una joya clandestina que bombeaba una risible esperanza de resurrección para un viejo de azul exangüe y una joven prematuramente senil.

Sí apoyaron con vehemencia los últimos esfuerzos de guerra del general Wrangel a quien, sin embargo, ocultaron la existencia de su lucrativo secreto. Por muy blanco que fuera su credo, no dejaba de tratarse de otro militar que, en caso de victoria, a buen seguro juraría mayor lealtad a sus galones y a su ego que a una Casa Real difunta. Difícil hubiera sido, en todo caso, transformar a la Estrella de Samarcanda y sus compañeras en dinero contante y sonante con que financiar al ejército del barón en medio de una Crimea sitiada.

La rapidez con que cayó la avalancha roja sobre este último reducto de resistencia eliminó cualquier duda que pudieran albergar Wyrubov y Sven en cuanto a sus futuros movimientos. La pareja acabó acompañando a los restos de la debacle hasta Constantinopla, donde encontraron acomodo entre la numerosa comunidad de emigrés rusos que dormitaba en la cuna bizantina.
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Como la colada salida de un horno alto, la revolución que había sacudido su patria se fue enfriando hasta tornarse sólida como el acero. Un acero que serviría de apodo a la mano dirigente que comandaría al nuevo régimen durante más de un cuarto de siglo. Al mismo tiempo, se fueron congelando las pasiones que una vez guiaron a Wyrubov aunque, a pesar de todo, soñaba con la fe de un niño en el triunfo de una causa extinta.

Con los años, corrieron rumores de que en la nueva Estambul se escondía un fabuloso tesoro que una vez perteneciera a la zarina de todas las Rusias. Fueron muchos los que dieron crédito a ésta y otras fábulas que generaron la muerte de los Romanov y el consiguiente éxodo de quienes alguna vez compartieron sus vidas con la de la familia que poseyó el más vasto imperio sobre la tierra. Pero nadie podía imaginar que, tras esa leyenda, se encontraba una singular pareja conformada por un reservado viejo ruso de barba y cabellos blancos y una mujer mucho más joven que preservaban su anonimato con igual celo.

Llevaban ambos una vida de acomodada reclusión, gracias a los réditos que les proporcionaba una lucrativa compañía tabaquera que dirigían en la sombra. A su alrededor, orbitaba un pequeño ejército de compatriotas, irredentos monárquicos que funcionaban a modo de guardia de corps. Bajo sus pies, enterrada en vida, aún brillaba una Estrella que aguardaba un destino incierto.

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