SERGEI WYRUBOV, LA HISTORIA YA CONTADA (IV)

Mi muy querido amigo, ¿cómo te encuentras? Ruego a Dios cada día para que te conserve con buena salud. Quiero agradecerte sinceramente tus esfuerzos tendentes a ponernos a mí y a mi familia a salvo en nuestra residencia de verano. ¡Qué lejos quedan los felices y tranquilos días que pasábamos a bordo del Standard! Sin embargo, el Cielo quiso que recaláramos en este infausto lugar, donde no hay embarcación alguna que nos conduzca a la libertad. A pesar de todo, hacemos cuanto está en nuestra mano por mantenernos firmes y unidos. El cautiverio no impide que procuremos llevar una vida lo más normal posible. Yo sigo dando sus lecciones de historia al zarevitch, y a las niñas no les faltan sus clases de alemán. Por las tardes nos juntamos alrededor del piano y Tatiana nos reconforta con su saber hacer al teclado. Ahora, mientras te escribo estas líneas puedo contemplar desde el zaguán de nuestra modesta casa cómo los chicos lenvantan un muñeco de nieve. Pronto será Navidad y a ninguno le faltará su regalo.

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Te estarás preguntando por qué no has recibido noticias mías hasta ahora. Has de saber que todas nuestras comunicaciones están férreamente controladas por el comisario al mando de la guarnición que nos custodia, a pesar de lo cual mantenemos un contacto regular con todos nuestros fieles amigos. Son éstas notas estrictamente personales y nada comprometedoras. En tu caso, amigo mío, he preferido mantenerte alejado de la lista de sospechosos que a buen seguro han confeccionado los bolcheviques con nuestros interlocutores. Si Dios quiere, la misiva que ahora tienes en tus manos te habrá llegado de forma clandestina gracias al celo de una persona que ha arriesgado su vida para remitirla sin el conocimiento de nuestros enemigos. Comprenderás que deba mantener su nombre en el más estricto anonimato.

Recordarás, mi querido Sergei, que la última vez que nos vimos te aseguré que algún día recurriría a ti para requerirte un último y decisivo servicio a la Corona. Pues bien, ese día ha llegado. Ahora te emplazo a que honres el juramento que me hiciste aquel entonces.

En este lúgubre momento en que los revolucionarios se han hecho con el control del territorio patrio, y el caos y el terror reinan en nuestros pueblos y ciudades, nuestra amada Rusia necesita más que nunca la vuelta de su emperador. Sólo el regreso de la monarquía y la guía de Nuestro Señor Jesucristo pueden liberarnos de esta ignominia. Pero, para ello, soy consciente de que necesitaremos considerables fondos para ampliar nuestra reducida lista de aliados, aglutinar bajo una misma bandera todas las fuerzas leales a la tradición y, por último, restaurar la gloria imperial. Eres tú, Sergei, quien habrá de llevar a cabo esta tarea.

Para ello te confío el tesoro más preciado que jamás haya soñado el hombre: los diamantes de la Reina. Se encuentra entre ellos el más grande y único que nadie haya visto. Su historia es igualmente singular: en 1868, nuestros ejércitos entraron en la ciudad de Samarcanda con motivo de la campaña que habría de extender nuestras fronteras hasta los lejanos e inhóspitos desiertos del Asia Central. En el transcurso de la batalla que siguió a tal acontecimiento, fue hecho prisionero Abdul Malik Tura, hijo del emir de Bujará quien, a cambio de su liberación, ofreció la Estrella de Samarcanda, pues tal es el nombre de la joya, al General Abramov. Reza la leyenda que fue el mismo Aladino quien la robó del palacio de la esposa de algún poderoso sultán de Arabia.

Sea como fuere, a su regreso a Rusia la piedra fue entregada personalmente a la emperatriz María Alejandrovna. Afortunadamente, nunca llegaría a formar parte del Tesoro Imperial que ahora descansa en el Kremlin a merced de los rojos. Desde aquel entonces, junto con otros diamantes menores atesorados a lo largo de los años, ha ido pasando sucesivamente a las manos de cada emperatriz, sin ser jamás vista en público. Sin duda Dios, en su infinita sabiduría, quiso que así fuera.

Tras tu partida de Tsarkoe Selo, yo escondí las joyas en el interior de una vieja matriuska que, acto seguido, confié a mi joven y más fiel amiga, Silvie Sven. El mismo día que me pediste autorización para abandonar el Palacio Alejandro, yo solicité a Silvie, muy a su pesar, partir igualmente y proteger el tesoro con su vida. Las autoridades le facilitaron un salvoconducto con el que pudo dirigirse a Crimea. Hace una semana, recibí una nota suya en la que me aseguraba haber alcanzado su destino sana y salva. Más aun, ha conseguido reunirse con la Emperatriz Madre, María Feodorovna, el Gran Duque Alejandro y la Gran Duquesa Xenia, el príncipe Yussupov y otros amigos.

Es en vosotros, aquellos que nos son más cercanos, nuestra familia, en quien depositamos toda nuestra confianza. El secreto de la Estrella no ha de propagarse más allá de este reducido círculo. Y tú, Sergei, habrás de convertirte en el albacea del tesoro que restituirá nuestros derechos. Sé que ningún soldado ruso se atrevería a alzar su fusil contra nuestras personas. Dios jamás permitiría tal sacrilegio. Por ello, nuestra liberación es una mera cuestión de tiempo. Sin embargo, el retorno al orden pasado será indiscutiblemente una cuestión de fondos, fondos que la venta de la Estrella y sus hermanas pequeñas nos ayudarán a conseguir. Ese será tu cometido, Sergei, hacer de estos diamantes el instrumento del renacer monárquico.

No vaciles en tratar con la calaña si ello sirve a nuestro propósito. Negocia, si es necesario, con los mercaderes judíos de Occidente. Muchos de ellos son auténticos expertos en piedras preciosas.

Por sobre todo, mantente en guardia contra aquellos que, portando nuestro estandarte, combatirán al enemigo a cambio de réditos materiales. Si algo hemos aprendido en estos infaustos días es que nuestro círculo de aliados, tanto dentro de nuestra ingrata patria como en el exterior, es mucho más reducido de lo que pensábamos. Ruego a Dios para que Inglaterra, Francia y el resto de naciones que un día llamamos amigas recuperen por fin la cordura y nos brinden su apoyo en la lucha contra el bolchevismo. Y ya que el derecho y la justicia no les incitan a actuar, que sea entonces el oro.

Siempre fuiste un gran administrador. Parte pues sin más demora, reúnete con Silvie, hazte cargo de la Estrella de Samarcanda y usa el precio que logres de su venta para comprar lealtades.

Estaremos esperando. Silvie te indicará cómo podrás contactar con nosotros discretamente.

Que el Señor te acompañe y te ayude a triunfar en esta empresa.

Tu amiga, Alejandra

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Era de locos. Un cuento de hadas. La princesa solicitando al abnegado caballero el hallazgo del Grial, la búsqueda del tesoro, la batalla por la liberación de un reino subyugado por las malas artes del perverso mago bolchevique. Aun así, qué mayor honra para el Bogatir que montar de nuevo en su brioso corcel y cabalgar al servicio de su reina. Si bien, en esta ocasión, el héroe ruso hubo de cambiar la montura animal por el caballo de hierro que, en el transcurso de cuatro jornadas, lo llevó a su destino en la península de Crimea, escenario de tantas batallas. ¿Sería la torre Malakov de Sevastopol, histórico enclave defensivo contra las agresiones externas, la fortaleza que acogería el inicio de tan peculiar reconquista? ¿Blandiría su espada el eslavo Lancelot en la ciudad del cólera para erradicar la epidemia roja?

En cualquier caso, justo es reconocer que Sergei Wyrubov no enfrentó excesivas dificultades a lo largo de su periplo. Su anciano aspecto y la documentación falsa que le proporcionó un antiguo comisario de la Okrana (reconvertido en funcionario de aduanas bolchevique) mantuvieron alejadas a las hordas enemigas.

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