SERGEI WYRUBOV, LA HISTORIA YA CONTADA (III)

Así fue como Sergei Wyrubov abandonó la residencia y familia imperiales para trasladarse de nuevo a la capital. Acometió sus responsabilidades en el gobierno con una calculada negligencia que, a decir verdad, pasó desapercibida entre el enredo burocrático que afectaba a toda iniciativa que ponía en marcha el gabinete de Lvov. La sustitución de éste por Kerenski tras la desastrosa ofensiva de julio no mejoró en absoluto las cosas. Por descontado, Wyrubov apoyaba los esfuerzos de guerra pero estaba convencido de que el gobierno provisional habría de llevar a Rusia al desastre. De ahí su indiferencia ante cualquier derrotero que pudiera tomar la situación política. En su opinión, ya sólo existía un modo de salvar a la patria: un acto inspirado por Dios, un cataclismo bíblico que diera paso al renacer de una Rusia en comunión con la sagrada imagen. Por de pronto, debía hacer cuanto estuviera en su mano por salvaguardar la integridad de los Romanov.

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De este modo, consiguió convencer a Kerenski de la necesidad de trasladar a los “prisioneros del Estado” lejos de San Petersburgo. Por más que le desagradara la presencia de aquel hombrecillo tocado con la gorrita de proletario, hubo de reconocer que el líder menchevique había dado un interesante giro ideológico que Wyrubov bien podría aprovechar para sus propios fines. La propuesta de un exilio acomodado en Livadia, la residencia favorita del zar a orillas del Mar Negro, en Crimea, pareció ser bien recibida por el antiguo social-revolucionario. Allí, pensó Wyrubov, estarían alejados de los rigores del invierno y, en todo caso, era el emplazamiento ideal para planear una hipotética salida del país. O una posible restauración del viejo orden.

A pesar de la rigurosa censura que afectaba a toda comunicación con Tsarkoe Selo, Wyrubov se arriesgó a enviar varias notas a la emperatriz anunciándole sus intenciones. Ella le respondió agradecida, deseándole doushevny mir, paz del alma. Los preparativos para la marcha comenzaron en mayo y todo hacía prever una tranquila mudanza. Nada más lejos de la realidad. En el mismo momento de la partida, la guardia del Palacio Alejandro recibió contraorden de embarcar a la augusta familia en un tren especial – con vagones de primera y coche restaurante – con destino a Tyumen. De allí, tomaron un vapor hasta Tobolsk, dejando anecdóticamente atrás la villa de Pokrovskoye, lugar de nacimiento del mismísimo Rasputín quien, al parecer, había preconizado a la emperatriz que algún día sus pasos la dirigirían hasta allí.

Cuando recibió la noticia de que la familia imperial se encontraba prisionera en Siberia, Wyrubov montó en cólera. Acusó públicamente a Kerenski de ser un simple peón en manos de los soviets y presentó su dimisión inmediata. Se recluyó en su casa a la espera de una señal, la señal. Intuía que sus movimientos estaban siendo vigilados pero sabía que nadie prestaría excesiva atención a las actividades de un viejo servidor de la monarquía privado de influencias entre los nuevos detentadores del poder. Sus escasas amistades en la Duma lo mantenían puntualmente informado del devenir político en la ciudad. Acogió con esperanza el putsch de Kornilov aunque desconfiaba con razón de la excesiva egolatría de los militares. Sus Cruces de San Jorge no obedecían a más zar que su propia ambición. No, la degeneración debía continuar hasta alcanzar su paroxismo.

Así, en aquella húmeda mañana del 26 de octubre, mientras dejaba atrás la estatua del fatídico francés, se dijo a sí mismo que el día había llegado. Entró en la catedral y rogó a Cristo que intercediera por su amada Rusia.

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Llegó el invierno sin que ningún bolchevique llamara a la puerta de su casa. Le enrabietaba de un modo infantil que ningún rojo sediento de sangre se acordara del peligroso contrarrevolucionario que Wyrubov escondía en su interior. ¿Acaso él no era merecedor del denigrante trato que los soviéticos reservaban a todo aquel que se guiaba por la decencia? Toda la agitación que percibía desde su domicilio se limitaba al monótono ajetreo de las troikas y otros trineos que surcaban el manto de nieve que ya cubría la Perspectiva Nevsky. Su vida de anacoreta parecía pasar desapercibida. Subsistía vendiendo algún objeto de valor a los escasos mercaderes que aún se arremolinaban bajo las arcadas del bazar de Gostinnor Dvor. Ningún guardia rojo prestaba la menor atención a esos pequeños trapicheos. Decididamente, la represión bolchevique tardaba en desatarse. Muy probablemente, Lenin y su camarilla dedicaban la totalidad de sus esfuerzos a buscar una paz humillante con Alemania. A pesar de la escasez de alimentos, no tenía mayor problema en agenciarse diariamente un par de arenques y algo de mijo que cocía en agua antes de llevarlo a la boca. Por lo demás, los días transcurrían sin grandes sobresaltos.

Finalmente, la puerta sonó el día de Navidad, trayéndole el mejor regalo que podía desear. La abrió sin temor, casi jubiloso ante lo que preveía encontrar, pero se sorprendió al ver ante sí a un joven embutido en una desgastada pelliza de piel de cordero, con el rostro sucio y tembloroso por el intenso frío que azotaba la ciudad. Casi sin resuello, el muchacho preguntó:

–¿Es usted Sergei Antipovitch Wyrubov?
Al verle asentir con la cabeza, el extraño visitante echó mano a uno de los bolsillos de sus raídos pantalones, del que extrajo un sobre que entregó al anciano barbudo de planta imponente que le había sido descrito.
–De parte de una amiga común que se encuentra retenida en Tobolsk.
Acto seguido, dio media vuelta apresuradamente y se dispuso a marchar. Wyrubov lo interrumpió:
–Un momento. ¿Quién eres, chico?

El muchacho se giró y se limitó a pronunciar un lacónico “lo siento, es peligroso” antes de trotar escaleras abajo. Preso de una incontenible emoción, Wyrubov se olvidó del mensajero y cerró la puerta con un sonoro estruendo. Sus manos se agitaban al contacto con el amarillento papel. No era posible, “una amiga común”. Por fin, se decidió a abrir el sobre y leer la carta que contenía.

Continuará…

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