SERGEI WYRUBOV, LA HISTORIA YA CONTADA (II)

La revolución de febrero no supuso mayor sorpresa para Wyrubov – en realidad, para nadie – pues abscesos insurreccionales habían erupcionado y seguirían haciéndolo sobre la piel del oso ruso. Lo que verdaderamente inquietó al fiel monárquico en aquella ocasión fue el abandono institucional al que se vio sometido el zar. Acompañando a la angustiada emperatriz en el Palacio Alejandro del complejo residencial de Tsarkoe Selo, recibió atónito la noticia de la abdicación de su rey. Por un instante, confió en que su hermano Miguel lograra hacerse con el destino del Imperio y calmar los ánimos revolucionarios aceptando la instauración de un régimen constitucional. Pero todo fue en vano. Los apoyos con los que Nicolás II hubiera podido contar se esfumaron tan rápido como la esperanza del sostenimiento de un régimen que se desintegró como un soplido en una tormenta.

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Aquellos días en la residencia imperial constituyeron una auténtica pesadilla para los allí congregados. Aislados del resto del mundo, ignorantes de cuanto acontecía en el exterior, se sabían presos sin condena previa. Una desbordada emperatriz, ataviada con un conjunto blanco de enfermera, atendía sin descanso a sus hijos enfermos, en especial a Tatiana, aquejada de una neumonía que mantuvo en vilo a un Wyrubov asaeteado de malos recuerdos. Finalmente, el conde Benckendorff y él consiguieron ponerse en contacto con Rodzianko, el presidente de la Duma, quien envió al general Kornilov como interlocutor con la misión de evaluar la situación en palacio. Las intenciones del nuevo Gobierno quedaron meridianamente claras cuando, tres días más tarde, Kornilov repitió visita para poner a la emperatriz bajo arresto domiciliario. Todos los integrantes del séquito de la familia imperial fueron invitados a irse o quedarse, según fuera su elección. Por supuesto, su alma caballeresca apresuró a Wyrubov a aseverar que su vida estaba a disposición de su señora y reina, a la que no abandonaría bajo ningún concepto.

Cuando, al día siguiente, el depuesto zar logró llegar, tras numerosas vicisitudes, a Tsarkoe Selo, Wyrubov tuvo la ocasión de maravillarse ante el espectáculo del derrumbamiento súbito de la institución a la que había dedicado toda su vida. Al cruzar las puertas de entrada al Palacio Alejandro, un guardia espetó al recién llegado “¿Quién va?” a lo que el interpelado respondió con voz atiplada “Nicolás Romanov”. El gesto pusilánime del rey destronado constituía la muestra palpable de la fragilidad y la evanescencia de esa Rusia que él creía imperecedera. Los días siguientes transcurrieron en una especie de sopor nervioso. El singular grupo de reclusos se reunía en el Salón de Té al calor del samovar, una representación ajustada de la familia ordinaria rusa quemando las horas de un indolente domingo. La inactividad y la indefinición hacían mella en el estado anímico de todos, pero muy especialmente de Wyrubov quien, como buen adalid, rezongaba indisimuladamente ante la ausencia de respuesta a la adversidad.

Pronto le llegaría la oportunidad de mostrarse útil. A comienzos de abril, recibieron la sorpresiva visita del príncipe Lvov, presidente del nuevo Gobierno Provisional. Contrariamente a lo que cabía esperar, no mostró interés en hablar con el zar sino que, reunidos en el Gran Salón, dirigió toda su atención hacia el mismísimo Wyrubov a quien propuso, recordando sus brillantes servicios al Estado, unirse al recién nombrado ejecutivo en calidad de Secretario del Tesoro. El dilema quedaba planteado: unir su destino al de la familia imperial o aprovechar la oportunidad de servir a su patria una vez más. Unas breves palabras de su soberano zanjaron la cuestión:

-Sergei, amigo mío, Rusia te necesita en estos momentos de crisis. Aquí no puedes hacer nada.

Nunca volvió a escuchar la voz del último de los Romanov. Ahora, tan sólo le quedaba despedirse de Alejandra, a quien encontró descansando en su tocador opalado de la Sala Malva. Las presentes tribulaciones habían repercutido en su físico que parecía ahora marchito y fláccido. Sin embargo, a pesar de la lividez de su rostro, la mirada permanecía lúcida, plena de la determinación que mostrara antaño cuando se le ofrecía a la vista encantadoramente embozada en sus vestidos de verano estilo Imperio. Su fidelidad a la monarquía descansaba sobre la base del amor que profesaba a su emperatriz. Porque no había duda, amaba y amaría siempre a esa mujer.

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Desde la ventana abierta de la habitación llegaba el perfume de las flores de tilo que, mezcladas con el amargo aroma del comino seco que envolvía la estancia, anunciaba la llegada de la primavera y el fin de una época de libreas, lujos y autoridad divinamente emanada. Como era costumbre entre los miembros de la Corte, hablaron en francés. Voltaire debía estar revolviéndose de gozo en su tumba, pensó Wyrubov.

–Majestad, he venido a anunciaros mi marcha. Las autoridades de Petrogrado reclaman mi presencia.
–Lo sé, mi querido Sergei – realmente no sabía –. Has de hacer lo que mejor conviene al Imperio en este tiempo de zozobra.
–Mi señora, parto con sumo dolor sabiéndoos a merced de la chusma.
–Es el mismo Dios quien nos está poniendo a prueba, Sergei – oírle pronunciar su nombre de pila por segunda vez consecutiva le estremeció –. Debemos ser fuertes y encarar la desgracia con entereza. Quiera el Cielo que llegue pronto el día en que la monarquía regrese para salvar a nuestra patria del caos. En ese momento, amigo mío, habré de solicitar tu ayuda.
–En cualquier instante, en cualquier lugar, Majestad –. Se inclinó para besar su mano y aspirar el halo profético que despedía. Aquel revelador misticismo era todo lo que él necesitaba para mantener la esperanza. Fuera la premonición o fuera la demencia la que hablaba por su boca, él no habría de fallarla.

Continuará…

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